Nikté —tercera y última parte.
El sonido de la tormenta lo apurĂł. Las gotas golpeaban como piedras la piel desnuda de ambos. Yunuen tomĂł de la mano a la mujer que lo acompañaba —esa nueva, la Ăşltima, la que pensaba que por fin le devolverĂa algo de sentido. CorrĂan por el pasillo estrecho del hotel, y al llegar a la habitaciĂłn 18, empapados, Ă©l deslizĂł la tarjeta. Una luz verde parpadeĂł. Entraron.
La habitaciĂłn estaba tibia, limpia, iluminada por un par de lámparas tenues. El ruido de la lluvia afuera era casi reconfortante. Yunuen cerrĂł la puerta tras Ă©l y suspirĂł. Ella —la otra— reĂa, diciendo algo sobre cĂłmo la tormenta los habĂa sorprendido justo cuando comenzaban a “calentarse”. Él sonriĂł, fingiendo escucharla. Se sentĂa extrañamente ausente. Como si algo lo jalara hacia otro lugar, dentro de ese mismo lugar.
No la de la mujer con la que llegĂł.
Su mirada se alzĂł hacia el espejo del fondo.
Sentada al borde de la cama, las piernas cruzadas con elegancia, el cabello cayendo como hiedra negra hasta tocar sus muslos. Nikté. Envuelta en sombra, en seda, en dolor encarnado. Lo miraba. No con rencor, sino con calma. Con esa paz letal que precede a los huracanes.
—¿QuĂ© es esto...? —balbuceĂł, de pronto sintiendo un escalofrĂo como si hubiese pisado su propia tumba.
La otra mujer —la nueva— ya no estaba. No habĂa ni rastro de ella. Ni voz. Ni risa. Ni perfume barato.
Y la habitaciĂłn ya no era la misma.
Ahora olĂa a flores muertas.
NiktĂ© se levantĂł. Sus pasos eran suaves, casi felinos. El vestido negro que usaba parecĂa hecho de humo espeso. Sus ojos brillaban como carbones encendidos por la venganza. En su mano izquierda, algo relucĂa. No era un cuchillo. Era una aguja de bordado. Larga. Fina. Afilada como su memoria.
—¿CreĂas que podĂas coger y amar al mismo tiempo, Yunuen? —preguntĂł con voz baja, sedosa, mientras se acercaba—. ÂżCreĂste que podĂas mentir con dulzura y salir ileso?
Yunuen retrocediĂł, tropezando con la pared.
—Bienvenido a tu sueño, amor mĂo. AquĂ no hay más verdad que la mĂa.
—Desnúdate —ordenó ella.
Yunuen no supo por quĂ© obedecĂa. Quizás por miedo. Quizás por deseo. Quizás porque, en algĂşn rincĂłn de su alma, sabĂa que lo merecĂa. NiktĂ© no lo tocĂł aĂşn. Solo lo observĂł mientras se despojaba de su ropa mojada, mientras sus mĂşsculos temblaban de frĂo... o de anticipaciĂłn.
Ella se acercó lentamente, dejando que sus dedos —largos, delicados, uñas negras como cuchillas— le recorrieran el pecho.
—Sigues teniendo el cuerpo que me hizo enloquecer... pero ahora lo usaré para arrancarte el alma —susurró, y entonces lo besó.
Un beso profundo. Hambriento. Como si en ese roce quisiera absorberle los años que le robĂł. Yunuen respondiĂł. ÂżCĂłmo no hacerlo? Estaba desnudo frente al abismo y el abismo tenĂa el rostro de la mujer a la que le mintiĂł, a la que usĂł, a la que traicionĂł.
Nikté lo empujó con una firmeza deliciosa sobre la cama. Se subió encima de él. Su vestido se deshizo como niebla. No llevaba nada debajo.
—No te dejarĂ© morir sin que entiendas lo que es ser poseĂdo por el odio —le dijo, montándolo, enterrándose su carne como una daga de carne y fuego.
El vaivén de su cadera era lento, pero profundo. Cada movimiento era un juicio.
—Esto... no es amor —decĂa mientras lo montaba—. Esto es castigo.
Yunuen gemĂa, confundido entre la excitaciĂłn y el miedo. Pero NiktĂ© no buscaba su placer. Buscaba grabarse en su conciencia para que incluso en su muerte, la llevara dentro.
—No me olvidarás... ni en tu otra vida —le murmurĂł al oĂdo.
Cuando Ă©l alcanzaba el clĂmax, justo en ese instante de entrega ciega, NiktĂ© lo sostuvo por el cuello con una mano.
Y con la otra, la aguja que habĂa estado oculta entre las sábanas, la deslizĂł por debajo de su lengua, clavándola con precisiĂłn en el mĂşsculo inferior de la boca.
Pero fue un gemido ahogado, hĂşmedo, brutal.
La sangre le inundĂł la garganta. TosiĂł.
—No te matĂ© cuando me mentiste. No te matĂ© cuando me cogĂas sin amor. Te mato ahora porque no quiero que tu voz vuelva a nombrarme jamás.
Con paciencia, con una dulzura escalofriante, comenzĂł a coserle la lengua al paladar.
Yunuen se convulsionaba, pero ella lo montaba todavĂa. Hasta que su sexo sintiĂł la muerte subiendo por la columna de Ă©l.
Se detuvo. Lo besĂł en la frente.
Y clavó la aguja por última vez…
El cuerpo temblĂł. Se arqueĂł. Y se quedĂł quieto.
Nikté se levantó, llena de sangre.
Fue entonces cuando volviĂł la tormenta afuera.
La habitaciĂłn se vaciĂł.
El sueño comenzó a desvanecerse.
Pero en el mundo real, Yunuen despertĂł gritando.
Y sin poder articular palabra alguna.
La lengua intacta. La verga aĂşn entre sus piernas. Viva. Hinchada. Erecta.
Pero algo temblaba en sus entrañas.
Lo supe. Porque yo ya estaba ahĂ.
Él no me vio al principio. TenĂa los ojos clavados en la mujer nueva, esa pobre criatura que dormĂa desnuda a su lado, ajena, confiada, ignorante del monstruo al que le habĂa entregado el corazĂłn esa noche. Yo estaba parada al pie de la cama. Silenciosa. Casi etĂ©rea. Pero cada cĂ©lula de mi cuerpo brillaba con un solo propĂłsito: la ejecuciĂłn final.
Yunuen se frotĂł el rostro. MurmurĂł algo que no entendĂ. Se incorporó… y entonces me vio.
—¿Nikté? —su voz tembló como una cuerda podrida.
Qué hermoso fue ese instante.
El momento en que su inconsciente se rindió ante la verdad: nunca salió del sueño.
Me subĂ a la cama como una gata salvaje.
Su nueva muñeca abriĂł los ojos. Quiso gritar. Pero con un simple chasquido mĂo, ella volviĂł a dormir.
—No estoy aquà por ella —le dije a Yunuen, sentándome a horcajadas sobre su cuerpo, desnuda, hambrienta, letal—. Vengo por lo que me quitaste.
Él intentó moverse. Yo lo inmovilicé con mi mirada.
—No voy a matarte aún. No tan rápido. Primero, vas a darme algo a cambio de lo que me robaste.
TomĂ© esa verga suya que un dĂa me jurĂł exclusiva.
La recorrĂ con la lengua, lentamente, como si todavĂa pudiera encontrar una pizca de amor escondida en su piel.
Él gimió. Como un perro vencido. Como un niño confundido.
Se erectĂł aĂşn más, estaba ya en la cumbre. La daga de carne blanca, brillante, salivando la perversiĂłn que lo componĂa y que muchas veces negĂł en una doble moral.
Claro que sĂ, estaba muy excitado. Porque hasta en el borde del abismo, los traidores quieren sentir placer.
—Te haré venirte con esto una última vez —le dije—. Y después te lo arranco.
Me restregué sobre él como si estuviera haciendo el amor con un cadáver.
Y mientras su cuerpo me llenaba, yo reĂa.
Me reĂa porque sabĂa que era la Ăşltima vez que ese trozo inĂştil de carne serĂa usado para dañar a una mujer.
Cuando se vino, supe que era el momento.
De un tirón, con mis uñas largas, negras, filosas, le abrà el vientre bajo.
Y con la delicadeza de una amante vengada, le arranqué la verga.
Solo se retorciĂł como un gusano.
La sangre salpicĂł mi vientre, mis senos erectos, mi boca.
Yo lo miraba morir, sosteniendo su virilidad en mi mano, como un trofeo sagrado.
—Ahora sĂ, Yunuen… ya no podrás coger más mentiras.
—Él murió por mis manos. Pero tú, querida, morirás por haber amado su sombra.
Y se fue. Tranquila. Como un suspiro innecesario.
La habitaciĂłn dieciocho quedĂł en silencio.
El ocĂ©ano allá afuera rugĂa.
La luna, fiel espectadora, brillaba como nunca.
SalĂ desnuda, empapada de sangre, con su verga aĂşn tibia entre mis dedos.
Nikté ya tiene su justicia.
Y me fui sonriendo... Agradecida porque habĂa ya un monstruo menos habitando mi tierra.