'Somebody to die for.'
Quizá lo entendéis, quizá no lo queráis entender o simplemente no sepáis entenderlo: me siento como una piedra que realiza las tres funciones vitales. Un ser inerte, vacío, pero que intenta vivir. Y lo único que necesito, es alguien. Alguien, sólo eso. Un alguien que se muera por abrazarme tanto como yo desespero por morderle el labio. Dejarle mis sudaderas o hacer que me las olvido en su casa para que tengan su olor. Darnos cada uno las palomitas, y taparnos los ojos en la escena más terrorífica de nuestra película de terror favorita.
Se que no lo entendéis, o a lo mejor os dais tan por aludidos leyendo eso, que preferís creer la mentira de que no necesitáis a nadie para ser felices. Pero es eso, una mentira. Claro que sí, no necesitamos a nadie para ser felices; pero necesitamos esa persona a la que acudir, quien no te va a juzgar nunca, la que confía en ti. ¿Sabéis lo que digo? ¿Esa sensación de que haces las cosas por alguien? Ya sabéis, cuando tienes esa cuerda invisible que te tira de la cama por las mañanas, que te obliga a ir a por todas.
Dejad de pensar que soy un exagerado, un romántico, que estoy loco o que me vaya a vomitar esta cursilada a otro lado, por favor.
Cerrad los ojos, escuchad mentalmente vuestra canción favorita; ahora imaginaos en vuestra casa ideal, volviendo del trabajo que siempre has soñado tener. Abrid la puerta. ¿Quién está ahí?













