No soy mala odiando.
De hecho,
he aprendido a hacerlo con una facilidad vergonzosa.
Cuando alguien me hiere, cuando alguien pronuncia mi nombre
como si nunca hubiera conocido mi voz,
arranco el cariño de raíz
O al menos eso me gusta creer.
Porque hay dos nombres
que siguen orbitando en mi pecho
como estrellas muertas
ya no iluminan,
pero su luz sigue llegando hasta mí.
Las odié.
O intenté odiarlas.
Repetí una y otra vez
que me habían abandonado,
que habían construido una historia
donde yo era el monstruo,
la culpable,
la herida y el cuchillo al mismo tiempo.
Y hubo noches
en las que las escuché tanto
que empecé a preguntarme
si tal vez tenían razón.
Tal vez sí fui cruel.
Tal vez sí fui egoísta.
Tal vez sí rompí algo
sin darme cuenta.
Pero rebusco entre los recuerdos
como quien busca una carta perdida
en una casa incendiada,
y solo encuentro risas,
mensajes a medianoche,
secretos compartidos,
y la absurda certeza
de que las quise de verdad.
Eso es lo que más odio.
No las palabras.
No la traición.
No la forma en que aprendieron a pronunciar mi nombre
con decepción.
Lo que más odio
es seguir sintiendo lástima.
Seguir extrañándolas.
Seguir imaginando
que si hubiera insistido un poco más,
si hubiera corrido detrás de ustedes,
si hubiera gritado más fuerte,
tal vez el universo habría elegido otro final.
Pero los universos no retroceden.
Y ustedes,
mis dos constelaciones favoritas,
fueron también mi mayor catástrofe.
A veces levanto la vista al cielo
y me pregunto
si las estrellas sienten culpa
cuando dejan de brillar juntas,
o si simplemente aceptan
que algunas luces
estaban destinadas
a convertirse en recuerdos.















