- Como un Vega Sicilia Gran Reserva del 82, te lo digo yo. Así era.
El hombre acodado en la barra de la taberna se llamaba Juan y así contaba lo que le había sucedido unos días atrás en la boda de un pariente. El sorprendido interlocutor se llamaba Aarón y apenas podía meter baza, tal era la vehemencia de su compañero de esa tarde. Estaba comenzando a anochecer en Galilea y pronto te tendrían que retirar si no querían tener problemas con los soldados del joven Herodes Antipas. Sin embargo, la conversación aún se alargó unos minutos.
- Pues sí, mi querido Aarón –seguía hablando Juan, cuya nariz se iba tornando más y más rojiza con cada trago- allí estaba yo, sentado junto a Ezequiel, Isaías y Tomás, con un palo encendido en la mano y rascándonos la barriga mientras hablábamos de un viaje que uno había hecho a Roma, que lo había encontrado todo muy estropeado, que cuando la república todo iba mejor, pero que ahora con el jovencito este hasta olía mal... En fin, que hablando y hablando nos pimplamos un odre de vino tras otro y cuando enviamos al mozo a la tinaja a por más nos dijo que nada, que se había acabado. Isaías me susurró entonces al oído que el hijo del carpintero de Belén, el cornudo, ahora se dedicaba a la distribución de vinos al por mayor, que porqué no íbamos a preguntarle, que estaba por allí sentado. La cuestión es que para allá que me fui.
- Para, para, ¿tu me hablas del Mesías? ¿El enviado?
- No sé de qué me hablas, yo te hablo del hijo de José y María, que distribuye vinos por toda la provincia y que ahora quiere expandirse a Samaria y a Idumea.
- No, es el Mesías, que morirá por nosotros, vas a ver, el hijo de Dios, el que anuncian las escrituras. El de las Bienaventuranzas.
- Ah. Bueno, fui para allá y le dije: “oye, ¿eres Jesús?”, me respondió muy serio que sí, mirándome muy fijamente a los ojos (para mí que se había tomado algo, la verdad, porque tenía los ojos como transparentes). Entonces le pregunté si tenía algo de vino en la carreta, que se nos había acabado. Se levantó muy solemne, muy despacio, se metió el pelo por detrás de la oreja y miró a su madre, María (ya sabes, María, que es un poco frescales, la de Belén)
- Sí, eso mismo dije yo, “la virgen, qué se habrá metido este”.
- No, digo que es la Virgen María, la madre de Dios.
- No sé de quién más es madre, allí estaba sólo el tal Jesús, el de los vinos. Miró a su madre, decía, como si lo tuviesen preparado y ella se puso de pie, mandó callar a los músicos y dijo a voz en cuello: “a continuación, mi hijo Jesús, que es artista, como regalo para los novios, hará un truco de magia, traed una tinaja grande llena de agua”. Jesús, muy solemne, abrió los brazos sobre las tinajas de agua, destapó una y pidió a su madre que le atase las manos y los pies muy fuerte con una cuerda de esparto que allí había. Hecho esto su madre le metió en la tinaja llena de agua y le encerró en ella. El silencio se apoderó del respetable público y, tras unos minutos de angustia generalizada, el muchacho salió de la tinaja hecho una sopa pero ileso. A mí la cosa me impresionó, pero no me había resuelto el problema del vino, que era lo que me había movido originalmente de mi asiento, así que se lo recordé, “oye, chico, qué hay de lo mío”. Jesús me miró y sonrió. Se levantó, miró a sus discípulos, y dijo, visiblemente animado: “¡Qué hostias, es viernes!”, al tiempo que chasqueaba los dedos.
- No, digo que obró un milagro.
- No, no, te digo que un mozo bajó de la carreta seis cajas de botella de Vega Sicilia Gran Reserva del 82.
El sol ya se ponía entre los montes de Galilea mientras nuestros amigos Juan y Aarón salían tambaleándose de aquel lúgubre figón en el que esta conversación fue escuchada, como tantas otras conversaciones de tantos bares a lo largo y ancho de la historia de nuestro viejo, cada vez más viejo, mundo.