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@midnightrain2806

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ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤTodavía me salta el impulso de buscarte cuando pasa algo bueno. Se me queda la frase en la garganta, el chiste a mitad de camino y la memoria viva de lo que fuimos. Te extraño, claro que te extraño. Pero la calma de esta casa me confirma que estamos mejor así.
Es una nostalgia limpia, sin ganas de regreso. Extraño la complicidad de los primeros meses, no la decadencia que vino después. Estamos mejor así: tú a salvo en tu distancia, yo entera en mi paz, sin la condena de tener que sostener lo que ya estaba muerto.
Qué amargo el vacío, y qué rotundo el alivio de saber que estamos mejor así.
Quiero vivir en ti. En el lugar donde nacen tus sonrisas antes de que lleguen a tu boca, en los pensamientos que todavía no le pertenecen a nadie, en el instante exacto en que decides buscar mi mano sin darte cuenta. Quiero vivir en la versión de ti que solo aparece cuando estamos solos, en tu risa sin cuidado, en tu voz dormida, en la forma en que pronuncias mi nombre cuando ya no estás intentando ser fuerte para nadie. Si algún deseo tengo, es ese: hacer de tu corazón un hogar y pasar el resto de mi vida aprendiendo cada rincón de él.
Agosto es noviembre drenándome la sangre en la penumbra. Es diciembre haciéndose hielo en el centro de nuestra cama mientras yo intentaba calentar tus manos con el aliento que me quedaba. Es el aire seco de enero rajándome los labios mientras me obligaba a sonreírte para no asustarte, y es la humedad rancia de febrero ahogándome el pecho mientras me hacía chiquita para no molestarte con mis ganas de estar viva.
Fue la helada continua.
No te merecías ni un solo plan cancelado. Ni un solo suspiro dedicado a la esperanza de lo que podíamos ser. Te quedó grande agosto, te quedó grande mi cuerpo, y lo más miserable de todo es que prefieres convencerte de que fui yo la que destruyó el hogar, solo para no admitir que tú jamás tuviste con qué encender una sola llama.

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Agosto se nos volvió vinagre en los labios y tú ni te enteraste, porque estabas demasiado ocupado midiendo las gotas de afecto que te atrevías a soltar. Cancelé la vida entera esperando que un día dijeras "ven", y cuando por fin estiraste la mano, descubrí que tus dedos ni siquiera sabían apretar. No te perdí a ti: me perdí yo tratando de caber en la palma de un hombre que le tiene fobia a la profundidad.
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤHay personas que nacen con el alma estrecha y las manos cortadas. Aman con tacañería, midiendo cada milímetro de afecto como si la ternura fuera una moneda que se les fuera a acabar en cualquier momento. Él era así. Guardaba la pasión en un frasco con tapa hermética y caminaba por la vida con el freno de mano puesto, aterrorizado de despeinarse, aterrorizado de sentir algo que no pudiera controlar. Y luego estaba yo... yo, que nunca supe querer a medias tintas. Mi amor siempre fue un despliegue sin prudencia, un caudal entero volcado sobre las sábanas, un grito limpio en mitad de un cuarto en silencio.
Al principio creí que mi devoción lo salvaría de su propia aridez. Qué ingenuidad la mía. Para él, mi forma de querer jamás fue un refugio; fue una amenaza. Un ultimátum que no supo ni quiso responder. Mi entusiasmo le parecía una burla a su apatía; mi profundidad, un pozo en el que le daba vértigo mirarse. No soportaba el contraste. Cada vez que yo le entregaba el mundo entero en una mirada, él no veía amor: veía su propia pequeñez expuesta bajo una luz implacable. Le avergonzaba no alcanzar las expectativas que nadie le había impuesto salvo su propio reflejo en mis ojos. Y en lugar de crecer, en lugar de aprender a sostener lo que tenía enfrente, prefirió culparme a mí. Decidió que el problema era que yo pesaba demasiado, que hablaba demasiado, que sentía demasiado.
Y yo, que en ese entonces vivía para la pura ilusión de salvarnos, cometí la aberración más trágica de mi vida: le creí.
Empecé a hacerme pequeña. Pequeña hasta volverme transparente. Me puse a limar cada uno de mis bordes filosos, a morderme la lengua hasta probar la sangre para no decir cosas que a él pudieran parecerle demasiado intensas. Apagué la luz que me encendía el pecho cuando descubría algo hermoso; Bajé el volumen de mi risa, suavicé mis ademanes, convertí mis pasiones en murmullos casi inaudibles. Me fui mutilando por partes. Recorté mis ansias, engaveté mis sueños y me tragué mi propio fuego solo para no calentar la habitación más de la cuenta. Me encogí los hombros, me apreté el alma y metí un océano entero adentro de un frasco de vidrio para que su amor mediocre no se sintiera humillado por su propia falta de fondo.
Qué rabia me da acordarme de todo lo que aplacé por él. Aplacé mi propia existencia a la espera de que un día se armara de valor y me mirara sin miedo. Vivía suspendida en el aire, aguardando esa llamada, ese gesto, ese segundo en el que por fin decidiera habitar el matrimonio con la misma entereza con la que yo me estaba muriendo por dentro. Me amoldé a sus silencios, a sus ausencias disimuladas, a esa tibieza cobarde que se vestía de prudencia. Me acostumbré a vivir de migajas, convencida de que si lograba volverme lo suficientemente silenciosa, lo suficientemente dócil, un día él se sentiría lo suficientemente hombre como para quererme sin resentimiento, pero la mediocridad no se cura con sacrificio.
Cuanto más pequeña me hacía yo, más grande y estorbosa se volvía su incapacidad de estar a la altura. Mi silencio no lo volvió más sabio, solo lo volvió más cómodo. Mi pequeñez no le dio valentía, solo le dio una excusa para seguir siendo un fantasma.
El matrimonio no se rompió con un estruendo; Se nos fue desarmando en las manos, despacio, agrio, como una botella de vino que se deja abierta bajo el sol de agosto y se vuelve imbebible. Se nos resbaló entre las sábanas frías de una cama donde ya solo dormían dos desconocidos jugando a la simulación de un hogar.
Hoy lo entiendo con una claridad que me quema los dientes: nunca fue mío. Ni cuando nos prometimos la vida entera, ni cuando me abrazaba por la espalda en la penumbra, ni cuando yo me deshacía los huesos intentando caber en la palma de su mano. No puedes perder a alguien que jamás tuvo el coraje de quedarse. No puedes conservar nada en una casa construida sobre la cobardía. Me destruí a mí misma para no eclipsar su sombra, y al final, ni aun habiéndome quedado hecha cenizas, él fue capaz de amar las ruinas que dejó.
No tienes idea de lo que provocas en mí.
Entro a cualquier lugar convencida de que voy a mantener la compostura. Entonces sonríes y, de pronto, empiezo a negociar con todas las promesas que alguna vez me hice. Es ridículo lo rápido que el mundo se reorganiza a tu alrededor. Primero desaparecen las conversaciones. Después el ruido. Luego cualquier pensamiento absurdo que estuviera ocupando mi cabeza antes de que me miraras de esa manera.
Quédate cerca.
Esa es toda la confesión.
Quédate cerca, porque tus manos tienen una gravedad de la que nunca he sabido escapar. Quédate cerca, porque cada centímetro entre nosotros se siente innecesario. Quédate cerca, porque no confío en mí lo suficiente como para fingir indiferencia cuando tu boca dibuja esa sonrisa que siempre parece saber algo que yo todavía no.
He amado antes.
Pero nada me preparó para desear a alguien que se siente como encender un fósforo en una habitación saturada de gasolina.
Tú no exiges devoción.
Simplemente existes, y mi corazón se ofrece por voluntad propia.
Si esto termina con mis manos temblando cada vez que me besas, entonces que sea la parte sensata de mí la que se rinda primero.
Amo que hayas existido.
Amo la mujer que fui mientras esperaba que un día me miraras como yo te miraba a ti. La recuerdo con una ternura inmensa. Tenía una fe inquebrantable en nosotros. Era capaz de convertir cualquier gesto en una promesa, cualquier silencio en una pausa, cualquier duda en un mal momento. Si alguien hubiera intentado convencerla de que se estaba quedando sola en una historia de dos, habría sonreído y lo habría defendido con tanta seguridad. Amo haber conocido esa versión de mí, aunque no sé si algún día volveré a ser tan valiente o tan ingenua.
Amo todas las veces que elegí quedarme un poco más. Cada ocasión en la que pensé que solo faltaba tiempo. Cada despedida que interpreté como un "todavía no". Qué mujer tan terca era. Qué forma tan hermosa tenía de insistir.
Amo que nunca me prometieras demasiado. Habría sido mucho más sencillo enfadarme contigo. En cambio, me dejabas vivir de posibilidades. Nunca había suficiente para construir un futuro, pero tampoco tan poco como para renunciar de una vez.
Qué estrategia tan elegante, siempre me pregunté si fue intencional.
La parte más triste fue descubrir todo lo que estaba dispuesta a negociar con tal de seguir creyendo que algún día iba a pasar.
Negocié mis tiempos.
Negocié mis dudas.
Negocié la paz con la que me iba a dormir.
Negocié la mujer en la que me estaba convirtiendo.
Y tú ni siquiera me lo pediste. Lo hice sola... Eso fue lo más devastador.
Amo que nunca terminaras de elegirme.
Eso me obligó a elegirme yo. Llegó el día en que ya no podía seguir negociando conmigo misma. Empezó a dolerme más la persona en la que me convertía cuando te esperaba que la idea de perderte. Me descubrí haciendo las mismas preguntas, imaginando las mismas conversaciones, encontrando excusas nuevas para una historia que llevaba demasiado tiempo pidiéndome paciencia.
Entonces entendí algo que todavía me cuesta decir en voz alta: no fui yo quien dejó de amarte. Fuiste tú quien volvió el amor un lugar inhabitable.
Qué ironía. Después de todo lo que sentí por ti, después de todas las veces que encontré una razón más para quedarme, terminaste regalándome la única salida posible.
Gracias a ti ya no puedo amarte. Y esa es, probablemente, la última cosa que amo de ti.
A veces me dicen que soy complicada y ya ni siquiera me esfuerzo en llevar la contraria. Asiento con la cabeza, sonrío un poco, dejo que cada quien saque sus conclusiones. Es curioso lo rápido que una palabra puede convertirse en una identidad. Después de escucharla tantas veces, terminé preguntándome si tendrían razón. Si realmente había algo en mí que hacía imposible quedarse.
Lo pensé durante años.
Hasta que empecé a darme cuenta de que el problema nunca aparecía al principio.
Al principio soy un desastre hermoso. Hablo demasiado, me río fuerte, hago preguntas, quiero saber cuál fue la canción que más te rompió el corazón, qué hacías de niña cuando estabas aburrida, cuál fue la última vez que lloraste sin esconderte de nadie. Me gusta conocer a la gente. Me gusta esa sensación de descubrir un universo entero dentro de una persona. Me emociono. Me ilusiono. Bajo la guardia con una facilidad que hasta a mí me sorprende.
Y luego... luego pasa algo. Ni siquiera sé decirte qué.
No hay una pelea. No hay una traición. No hay una frase que lo cambie todo. Es mucho más absurdo que eso. Un día despierto y siento que ya me viste demasiado. Empiezo a recordar todo lo que te conté, todo lo que dejé escapar sin pensar, y una parte de mí entra en pánico. Me pregunto si ahora sabes demasiado, si ya tienes suficiente información para hacerme daño, para cansarte de mí, para descubrir que no soy tan interesante como parecía cuando todavía quedaban cosas por descubrir.
Es agotador vivir con una cabeza que convierte la cercanía en una alarma.
Porque yo también quiero quedarme... Eso es lo que nadie entiende.
No desaparezco con alivio. Desaparezco llorando. Me convenzo de que necesito espacio y, mientras lo hago, extraño a la persona de la que me estoy alejando. Miro el teléfono diez veces, escribo mensajes que nunca envío, imagino conversaciones que podrían arreglarlo todo y, cuando tengo la oportunidad de decir "te extraño", termino diciendo "he estado ocupada".
Ni siquiera soy buena escapando. Solo soy muy buena fingiendo que elegí irme.
Después los veo alejarse de verdad y siento unas ganas inmensas de correr detrás, de decirles que esperen un momento, que esto no era lo que quería, que solo necesitaba un poco más de tiempo para convencerme de que no iban a romperme igual que los demás. Pero ya es tarde. Ellos creen que perdí el interés. ¿Cómo los culpo? Yo también lo habría pensado.
Me duele que piensen que nunca los quise lo suficiente.
Si supieran... Si pudieran escuchar el ruido que hace mi cabeza cada vez que alguien empieza a importarme.
Si entendieran que cada paso hacia atrás nunca fue una falta de amor, sino un exceso de miedo.
He pasado tanto tiempo intentando protegerme que ya ni siquiera sé de qué.
Hay días en los que me gustaría apagar esa parte de mí, sentarme frente a alguien y permanecer ahí, sin calcular la salida, sin medir mis palabras, sin revisar cada gesto buscando señales de abandono. Debe sentirse muy bonito querer a alguien sin estar preparándote, al mismo tiempo, para perderlo.
Nunca he conocido esa tranquilidad y estoy cansada.
Cansada de convertirme en mi propio obstáculo. Cansada de extrañar personas que todavía siguen en mi vida. Cansada de cerrar puertas que nadie estaba intentando atravesar con violencia. Cansada de tratar el cariño como si fuera una amenaza.
No soy una persona difícil de querer.
Soy una persona que aprendió a esconderse tan bien, que incluso cuando alguien consigue encontrarme, yo ya estoy buscando otro lugar donde nadie pueda alcanzarme.
Lo peor es que, mientras corro, sigo esperando que alguien tenga la paciencia de seguirme. Y qué injusto es pedirle eso a alguien, cuando ni yo misma sé hacia dónde estoy huyendo.

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Me cuesta aceptar que durante tanto tiempo creí que era difícil de querer. Lo repetí tantas veces que terminó sonando como una descripción y no como una herida. Era más sencillo pensar que el problema estaba en mí, en mi forma de querer, en mi manera de entrar y salir de la vida de las personas, que detenerme a entender qué era lo que realmente ocurría. Nunca me faltó amor. Me faltó tranquilidad.
Cuando alguien empieza a conocerme de verdad, ocurre algo dentro de mí que todavía no sé nombrar. Un día puedo pasar horas hablando, contando historias que nunca había contado, dejando que alguien vea rincones que normalmente mantengo cerrados. Me gusta esa versión de mí. La siento ligera, casi valiente. Después despierto con la sensación de haber ido demasiado lejos, releo conversaciones, recuerdo cada cosa que dije, imagino cómo pudieron interpretarla y, sin darme cuenta, empiezo a levantar distancia. No aviso. Ni siquiera lo planeo. Simplemente dejo de estar tan cerca como el día anterior.
Siempre me pregunté cómo era posible extrañar a alguien mientras era yo quien se alejaba. Esa contradicción me ha acompañado durante años. Quiero que se acerquen, aunque una parte de mí permanece pendiente de cualquier movimiento, como si estuviera esperando la confirmación de un miedo que ni siquiera sé explicar. Entonces me vuelvo reservada, respondo menos, comparto menos, sonrío igual, aunque ya estoy calculando cuánto tardaré en desaparecer un poco. Desde afuera debe parecer indiferencia. Desde aquí adentro se siente como supervivencia.
Más de una vez escuché que soy complicada. Nunca discutí esa idea. Era más fácil asentir que intentar explicar algo que ni yo comprendía del todo. Además, ¿cómo le dices a alguien que el cariño no te asusta, pero la permanencia sí? ¿Cómo explicas que la cercanía empieza a pesar justo cuando se vuelve segura? Ni siquiera suena lógico mientras lo escribo y, aun así, llevo años viviendo de esa manera.
Lo peor es que las personas terminan creyendo que no las quería lo suficiente. Ojalá hubiera sido tan simple. La distancia nunca habló de ellas. Hablaba de mí, de la facilidad con la que convierto cualquier vínculo en un lugar del que siento que debo escapar antes de que cambie de forma. Nunca encontraba una razón concreta. Bastaba con sentirme demasiado vista para empezar a esconder partes de mí otra vez, como si conocerme por completo significara perder el derecho a seguir siendo querida.
Con el tiempo entendí que nunca fui inalcanzable para los demás. Fui inalcanzable para mí. Cada vez que alguien estaba a punto de llegar, yo cambiaba el lugar donde esperaba ser encontrada. Me movía un poco, después otro poco más, convencida de que seguía protegiéndome, cuando en realidad solo estaba aprendiendo nuevas maneras de sentirme sola.
Todavía no sé cómo se deja de vivir así. Supongo que nadie despierta una mañana con todas las puertas abiertas. Imagino que será un proceso lento, incómodo, lleno de días en los que volveré a esconderme por costumbre y otros en los que lograré quedarme cinco minutos más. De momento eso es todo lo que puedo ofrecerme: dejar de correr cada vez que alguien se acerca lo suficiente para conocerme y dejar de confundir la distancia con la única forma posible de estar a salvo.
ㅤㅤ( . . . ) Nunca entendí cómo podías besarme y seguir necesitando comprobar que el mundo seguía lleno de posibilidades.
Me quedé esperando un cambio que nunca prometiste. Eso también lo aprendí tarde.
No quería que dejaras de mirar a otros por obligación. Quería que un día dejaras de hacerlo sin darte cuenta. Que algo dentro de ti dijera: "ya encontré a quien estaba buscando". Qué ridículo se siente escribirlo ahora.
Hubo momentos en los que pensé que estabas a punto de elegirme. De verdad lo creí. Bastaba una conversación más, un viaje más, una despedida menos. Siempre encontraba una razón para pensar que esta vez sería distinta, pero nunca lo fue.
Y no sabes cuánto me avergüenza reconocer el tiempo que pasé esperando una decisión que nunca estuvo en tus planes.
Lo más triste es que jamás competí contra ellos, competí con la posibilidad... Con esa puerta que siempre dejabas abierta por si algún día aparecía alguien mejor que yo.
Yo, mientras tanto, seguía cerrando todas las mías.
Perdóname por no haber encontrado otra manera. Créeme, la busqué.
Di vueltas sobre la misma idea durante noches enteras, imaginando finales distintos donde tú te quedabas, yo también, y ninguno de los dos terminaba roto. Nunca los encontré.
Me fui el día en que entendí que seguir significaba perderme un poco más.
No dejé de quererte, pero dejé de reconocerme... Y qué injusto fue descubrir que, para volver a mí, tenía que alejarme de la persona con la que más quería quedarme.
Ojalá hubiera sabido salvarnos a los dos. En cambio, apenas pude salvarme a mí.
Perdóname por eso.
líbrame de todo mal, de aquel que llega sin anunciarse y del que hace demasiado ruido para ocultarse.
líbrame de la violencia evidente, porque aprenderé a reconocerla.
pero, sobre todo, líbrame del falso bien; del bien que me pide renunciar a mí para merecerlo, del bien que convierte la culpa en una forma de obediencia, del bien que bendice el miedo y lo llama prudencia, del bien que premia el silencio y lo llama virtud, del bien que exige sacrificios que jamás se atrevería a ofrecer por sí mismo.
líbrame de las palabras que parecen consuelo mientras vacían lentamente una vida, de las manos que aprietan con delicadeza, de las voces que corrigen hasta que olvido el sonido de la mía, de las puertas que nunca se cierran, porque aprendí a no intentar salir.
concédeme el don del discernimiento, que no confunda resignación con paz, ni costumbre con destino, ni dependencia con amor, ni devoción con miedo, ni obediencia con bondad.
si alguna vez la verdad llega para desordenarlo todo, dame el valor de abrirle la puerta.
si alguna vez el dolor resulta ser el precio de la libertad, no permitas que regrese voluntariamente a mi prisión.
haz que desconfíe de todo aquello que no admite preguntas, de toda certeza que castiga la duda, de toda fe que necesita enemigos para sostenerse, de toda promesa que exige mi desaparición para cumplirse.
hazme recordar que la luz también puede cegar, que una venda blanca sigue siendo una venda, que una jaula cubierta de flores no deja de ser una jaula, que un altar construido sobre el miedo jamás será un lugar sagrado.
cuando mi corazón quiera aferrarse a aquello que ya conozco, enséñale a preferir la verdad antes que la comodidad.
cuando mi memoria embellezca aquello que me rompió, devuélvele sus grietas.
cuando mi miedo cambie de nombre para parecer sabiduría, llámalo por el suyo.
y si alguna vez dejo de reconocer el camino, si alguna vez olvido quién era antes de aprender a hacerme pequeña, si alguna vez confundo el amor con la desaparición, ven a buscarme. aunque sea a través de un silencio, aunque sea en un sueño, aunque sea con una verdad que me obligue a empezar de nuevo.
líbrame de todo mal.
pero, sobre todo,
líbrame del falso bien.
amén.
Nunca me ha interesado ser una mujer fácil de consumir.
No hablo de belleza. Tampoco de deseo. Hablo de esa versión femenina que el mundo acepta con facilidad: silenciosa cuando conviene, correcta cuando la observan, impecable sin parecer que invirtió demasiado esfuerzo, suficientemente fuerte para inspirar, aunque nunca tanto como para incomodar.
Durante mucho tiempo pensé que las tendencias nacían del gusto. Después entendí que también nacen del control.
La psicología social lleva décadas estudiando cómo los grupos regulan la conducta mediante recompensas y castigos. Rara vez hace falta prohibir algo de manera explícita. Basta con elogiar un comportamiento hasta convertirlo en aspiración colectiva y ridiculizar todo lo que se salga de ese margen. El resultado es elegante. Nadie obliga. Nadie impone. Sin embargo, millones de personas terminan caminando hacia el mismo lugar convencidas de haber llegado por voluntad propia.
Las mujeres conocemos ese mecanismo desde mucho antes de aprender su nombre.
Cada generación recibe instrucciones distintas, aunque todas prometen exactamente lo mismo: si haces esto, serás suficiente.
Hubo una época en la que había que ser discreta. Después llegó la exigencia de ser sexy, pero sin parecer disponible. Más tarde apareció la mujer que lo tenía todo bajo control: exitosa, saludable, productiva, emocionalmente inteligente, con una casa impecable, una rutina de cinco de la mañana y una piel tan perfecta que parecía no conocer el cansancio.
Cambian los uniformes, pero la vigilancia permanece.
Por eso me causa tanta curiosidad la palabra "vulgar". No por el "insulto" en sí, sino por la facilidad con la que se utiliza para disciplinar a una mujer. Vulgar si habla demasiado alto. Vulgar si disfruta su cuerpo sin pedir permiso. Vulgar si se enfada. Vulgar si dice una grosería. Vulgar si tiene demasiados tatuajes, demasiado maquillaje, demasiada risa, demasiada ambición. La palabra cambia de significado según quien la pronuncie; su función, en cambio, permanece intacta.
Reducir.
Corregir.
Recordarnos que siempre existe una versión más aceptable de nosotras mismas.
Yo no quiero vivir persiguiendo esa versión.
No quiero calcular cada gesto pensando en cómo será interpretado. No quiero suavizar mi voz para parecer amable, esconder mi enojo para resultar agradable ni convertir mi personalidad en una superficie pulida donde nadie pueda lastimarse.
Prefiero conservar las esquinas.
La ciencia describe la homeostasis como la capacidad de un sistema para mantener un equilibrio interno frente a los cambios. El orden busca conservarse. Cuando algo altera ese equilibrio, el propio sistema despliega mecanismos para devolver todo a su estado anterior.
Las sociedades hacen algo parecido.
Cada vez que una mujer ocupa un espacio que históricamente no le pertenecía, aparecen fuerzas que intentan corregir la desviación. A veces llegan disfrazadas de consejo. Otras, de tendencia, y en ocasiones, de preocupación.
"Te verías más bonita si..."
"Serías más elegante si..."
"Nadie te tomaría en serio con..."
La frase cambia, aunque la intención apenas se mueve.
No me interesa convertirme en una excepción admirable. Me interesa cuestionar la regla que necesita excepciones para seguir existiendo.
Quizá por eso dejé de obsesionarme con parecer correcta.
Hay días en los que uso el labial más rojo que encuentro. Otros salgo sin maquillaje. A veces visto de negro durante semanas. Otras compro una blusa absurda solo porque me hace reír. Hay temporadas en las que mi casa parece una biblioteca y otras en las que las tazas se acumulan sobre el escritorio mientras escribo durante horas.
No busco coherencia. Busco libertad.
La resistencia no siempre tiene el aspecto que imaginamos. En ocasiones empieza cuando una mujer deja de pedir disculpas por ocupar demasiado espacio.
Cuando habla sin reducir el volumen de su voz.
Cuando deja de editar su personalidad para resultar digerible.
Cuando acepta que jamás podrá cumplir todas las expectativas que existen sobre ella y, en lugar de agotarse intentándolo, decide construir una vida donde el criterio más importante sea el propio.
No aspiro a ser el nuevo modelo de feminidad. Desconfío de cualquier modelo que pretenda ser universal.
Aspiro, más bien, a vivir de una forma que vuelva inútiles las etiquetas. Que si alguien decide llamarme vulgar, exagerada, intensa, difícil o impropia, esas palabras describan únicamente los límites de quien las pronuncia y no los míos.
Después de todo, la historia nunca avanzó gracias a las mujeres que cabían perfectamente dentro del marco. Avanzó gracias a las que tuvieron el valor de desbordarlo.

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¿Puedes hacerme un favor?
Respóndeme como antes...
No hace falta que sea una conversación larga. Dime cualquier tontería. Pregúntame cómo estuvo mi día, qué comí, si sigo dejando los libros abiertos sobre la cama o si todavía me pierdo en los museos hasta olvidar la hora. Haz una de esas preguntas pequeñas que parecían no tener importancia y, sin embargo, sostenían el mundo entero.
Quiero comprobar una cosa, quiero saber si todavía existes.
Llevo tanto tiempo intentando encontrarte que empiezo a pensar que te imaginé.
Sé que suena ridículo. Tu cara sigue siendo la misma. Tu voz también. Si escuchara una grabación tuya, la reconocería entre cientos. Si te cruzara en cualquier ciudad, sabría que eres tú antes de verte de frente. Nunca tuve problemas para recordar tu rostro.
Lo que olvidé fue cómo se sentía estar contigo.
Eso sí desapareció.
A veces me pregunto si tú también lo notaste. Si hubo una mañana en la que te miraste al espejo y pensaste: "ya no soy el hombre que ella conoció". O si todo pasó tan despacio que ni siquiera alcanzaste a darte cuenta.
Yo sí.
Al principio te defendía incluso cuando no estabas presente. Decía que estabas cansado, que atravesabas un momento difícil, que ya volverías a ser el de siempre. Lo decía con tanta seguridad que terminé creyéndomelo.
Me habría gustado que me desmintieras.
Que un día entraras por la puerta y me abrazaras igual que antes, sin esa distancia rara que empezó a crecer entre nosotros. Ni siquiera sé cuándo apareció. Un día simplemente estaba ahí, sentada con nosotros durante la cena, acostándose en medio de la cama, respondiendo por ti cuando ya no encontrabas palabras.
Qué extraño. Extraño a alguien que nunca se fue.
¿Te das cuenta de lo absurdo que suena?
Nunca tuve que aprender a vivir sin ti.
Tuve que aprender a vivir sin el hombre que eras mientras seguías ocupando tu lugar.
Todavía recuerdo una tarde en la que me miraste y pensé: ahí está. Volviste. Bastó una sonrisa para convencerme de que todo había sido una mala racha. Esa noche dormí tranquila por primera vez en mucho tiempo.
Al día siguiente ya no estabas otra vez, y no hablo de irte de casa. Hablo de ti.
De ese tú que conocía mis silencios mejor que nadie.
Del que se daba cuenta cuando fingía estar bien.
Del que podía leerme sin hacer preguntas.
¿Dónde aprendiste a dejar de verme?
Esa pregunta me acompaña desde hace meses.
La llevo conmigo igual que una fotografía vieja. La saco de vez en cuando, la observo un rato y vuelvo a guardarla, esperando descubrir algún detalle que antes había pasado por alto.
Nunca aparece, solo apareces tú. O, mejor dicho, el recuerdo de ti.
Qué injusto fue enamorarme de una versión tuya que ya no iba a volver.
Todavía hablo de ti como si fueras esa persona. Me descubro diciendo "a él le gustaría este restaurante" o "seguro se reiría con esto". Después me detengo. Me doy cuenta de que hace tanto no te conozco que ni siquiera sé si esas cosas siguen siendo ciertas.
Quizá ya no te guste el café como antes.
Quizá ya no escuches la misma música.
Quizá ya no sonrías de esa manera.
Quizá nunca dejaste de hacerlo y simplemente dejaste de hacerlo conmigo.
Esa posibilidad me parte el pecho, no imaginas cuánto.
Hubo un tiempo en el que yo era el lugar al que corrías para contar cualquier cosa. Recuerdo esa confianza con una claridad que casi lastima. Me llamabas por cualquier motivo. Me enviabas fotografías solo para decir "mira esto". Yo también lo hacía. Era tan fácil encontrarnos.
Después empezó el silencio. Se instaló como se instala el polvo sobre los muebles: despacio, sin pedir permiso, hasta que un día descubres que todo está cubierto y ya no recuerdas el color original.
Nunca te pregunté si eras feliz.
Fíjate qué curioso.
Me preocupé tanto por recuperarte que olvidé preguntarte si tú también te habías perdido.
Tal vez por eso nunca entendimos qué estaba pasando.
Yo seguía hablándole al hombre del principio.
Tú ya eras otro.
Y los dos insistíamos en llamarnos por el mismo nombre.
Todavía quisiera sentarme contigo una última vez, no para volver, ni para arreglar nada. Solo para conocerte otra vez; Preguntarte quién eres ahora, escuchar tus respuestas como si fuéramos dos desconocidos.
Quizá descubriría que ya no tenemos nada en común.
Quizá entendería, por fin, que el hombre al que sigo extrañando dejó de existir mucho antes de que nuestra historia terminara.
Aunque, si soy completamente sincera...
Hay una parte de mí que sigue esperando un milagro pequeño.
Que un día levantes la vista, sonrías de esa forma que ya casi olvidé y digas mi nombre con la misma calidez de antes.
No para que volvamos, en serio. Solo para confirmar que no inventé al hombre del que me enamoré. Porque, algunas noches, el recuerdo se vuelve tan lejano que empiezo a asustarme.
Y lo único que quisiera preguntarte es si, en algún rincón de ti, todavía vive aquel hombre que me enseñó que amar podía sentirse como llegar a casa.
las mariposas monarca cruzan fronteras sin comprender el significado de las líneas que los hombres dibujan sobre los mapas. migran porque permanecer también puede ser una forma de morir. cada otoño cargan la memoria de generaciones enteras en unas alas que parecen demasiado frágiles para sostener semejante distancia, del mismo modo en que los migrantes cargan un hogar que ya no cabe en las manos, pero sí en el cuerpo. ambos viajan impulsados por una certeza silenciosa: que existe un lugar donde la vida todavía es posible. quizá por eso ninguna migración habla únicamente de partida; toda migración es, antes que nada, un acto obstinado de esperanza y de supervivencia.