"La malasangre": análisis
La obra La malasangre fue publicada en 1981, aunque su estreno en el teatro llegó en agosto de 1982. La historia, sin embargo, está ambientada en 1840, cuando estaba vigente la dictadura de Juan Manuel de Rosas (desde la década de los 30 hasta 1852).
La malasangre cuenta la historia de una familia argentina acomodada. El padre, Benigno, desempeña un rol tiránico en la casa. La madre, Candelaria, es una mujer sumisa cuya prioridad es contentar a su marido para evitar el conflicto. Otro personaje importante es Fermín, el criado de la casa, de carácter sádico y cómplice de Benigno. Por último, la protagonista es la hija de Benigno y Candelaria, Dolores. Esta joven, pese a su privilegio, se siente a disgusto en su casa y esconde un carácter rebelde que las circunstancias de la historia acabarán destapando.
Para la educación de Dolores, Benigno contrata a un hombre jorobado, Rafael, al que promete dar techo y comida mientras dure su trabajo. La elección de Rafael como profesor de Dolores no es inocente y tiene mucho que ver con su defecto físico, sobre el que Benigno se burla desde el primer momento y por el que está tranquilo con respecto a su hija, pues piensa que ella nunca se enamoraría de un hombre así. En una lectura más profunda, los motivos de Benigno para elegir a Rafael van más allá de lo estético: “la oposición de Benigno no tiene motivación específica más allá de evidenciar el alcance de su poderío, esta necesidad de ejercer el poder y hacer sentir su fuerza a los otros” (Featherston 2014: 75).
Dolores, en su situación de represión y con un espíritu rebelde que desea salir, se toma la elección de su padre como un desafío. En la primera clase de Rafael, intenta seducirlo. Su intento resulta frustrado, pero poco a poco, los dos empiezan a desarrollar un sentimiento real hacia el otro. Deciden que quieren huir de esa casa donde los dos se sienten encerrados e infelices. El desenlace es trágico, ya que la familia descubre su plan y Rafael es asesinado antes de que puedan huir.
Toda la historia está contada en clave alegórica, de modo que el espectador argentino de la época entiende que se está hablando del periodo rosista: “la década que inicia en el 40, una vez despejado el escenario de todo posible competidor, se caracterizó además por los fracasos de todo intento opositor” (Featherston 2014: 96). Esta oposición política y su represión se manifiesta en la obra en la figura del carro. El sonido del carro interrumpe varias escenas a lo largo de la obra, generando reacciones en los personajes, especialmente en Dolores y Rafael, que recuerdan con ese estímulo el clima de amenaza y tensión en el que se encuentran. Cristina Andrea Featherston contempla toda la simbología del carro, tanto los elementos literarios como las alusiones externas, de manera que “el espectador se halla bombardeado por signos recurrentes que le permiten asociar lo que las mismas palabras dicen: carro, Benigno, melones, amenazas, autoritarismo, imposibilidad de vivir” (2014: 88).
La malasangre tiene un matiz íntimo, cierta nota que remite al Romanticismo. Es por ello que se señala a menudo el relato de El matadero, de Esteban Echeverría, como antecedente de la obra. En el célebre relato de Echeverría, emblema del Romanticismo argentino, la escena violenta y visceral acaba con la muerte del personaje intelectual, un desenlace que se repite en La malasangre con el asesinato de Rafael.
Otra obra nacional con la que se compara La malasangre es Amalia, de José Mármol. Al igual que Gambaro, Mármol escoge el año 1940 para ambientar una historia de amor entre dos jóvenes. El romance no es más que un pretexto para plasmar y difundir la represión política de la época:
La elección de ese periodo histórico está por tanto relacionada con el objetivo de derrocar al tirano mostrando una de las épocas más sangrientas y represivas del régimen rosista, describiendo el heroísmo de los ciudadanos antirrosistas ante esa situación y la tragedia que los convierte en mártires y símbolos del destino de la nación. (Ferrer Plaza 2018: 87)
Para hacer más clara la realidad a la que alude la obra, Gambaro se vale de toda una simbología. Este código empieza en el uso del color. Todo es rojo: el decorado, el vestuario de los personajes en distintos tonos. El uso del rojo evoca la violencia y la sangre que aparece de manera explícita en algunas escenas, como aquella donde Fermín aparece en la habitación de Dolores con una bolsa después de que haya pasado el carro que anuncia melones y saca la mano ensangrentada. La vida que ansían Dolores y Rafael cuando planean fugarse, en cambio, es blanca: buscan la paz.
Otro plano donde se manifiesta la simbología es la onomástica de la obra. Los nombres están escogidos con una motivación irónica, como en el caso de Benigno, el personaje más malvado de la historia. El nombre de Rafael, por otra parte, remite al arcángel bíblico: “Rafael significa «Dios ha sanado». Fue el arcángel que sanó al patriarca Tobías, por lo que es el patrono de los enfermos y mutilados de guerra” (Burgos 2016: 26). Hay también, por tanto, algo irónico en la elección de su nombre, debido al defecto físico que identifica al personaje.
Por último, el nombre de Dolores es menos irónico y más literal. El propio personaje se da cuenta en varios momentos de la obra de que su sino debe de estar marcado por su nombre: “Me llamo Dolores. ¿Es mi destino ese? ¿El dolor?” (Gambaro 1999: 104). Dolores es rebelde e inteligente, intenta huir de la vida en la que se siente atrapada, pero está condenada a sufrir. Al final, incluso culpa a su madre de ponerle ese nombre y sentenciarla a un destino trágico: “Me pusiste un buen nombre. El nombre es el destino” (1999: 120).
La última escena está marcada por la traición de Candelaria hacia su hija. Nora Glickman dedica un artículo a estudiar la complicada relación maternofilial de La malasangre y su importancia en el desenlace de la obra. En su estudio se recalca que Dolores y Candelaria han tenido, a lo largo de la historia, una dinámica irregular. Normalmente, Candelaria trata de acercarse a ella y Dolores la rechaza, asqueada por su actitud sumisa frente a Benigno. Sin embargo, Dolores también pasa por momentos en los que necesita a su madre cerca y Candelaria le da la espalda.
Esta relación de tira y afloja culmina al principio de la escena VIII, cuando Dolores descubre que Rafael está muerto porque su madre ha descubierto su plan de huida y los ha delatado. Dolores estalla contra su madre y la ataca por su cobardía, que esta vez ha conducido a la muerte de una persona querida para ella. Es una escena desgarradora en la que la ruptura del vínculo entre madre e hija se hace definitiva:
El dolor de la hija es más trágico todavía, porque se comporta como si hasta el final hubiera estado aguardando que su madre la llegara a comprender: “¿A mí me hiciste esto?” (106), es decir, ¿a tu propia, tu única hija, traicionaste de este modo? Y concluye que tanta humillación se debe a su “miedo de vivir a través de mí” (106), como si el coraje que la hija demuestra fuera demasiado tremendo para un ser tan frágil y tímido como su madre. (Glickman 2002: 437)
La reacción natural de Candelaria ante el peligro es como la de un animal presa: esconderse o adaptar sus conductas para agradar a la persona que supone la amenaza, que siempre es Benigno. Según Glickman, ese carácter persigue a la madre hasta la última escena: “Habituada a esconderse tras su bordado para no ver, ni oír, porque no entiende lo que sucede, la madre le aconseja a su hija que actúe de igual modo” (2002: 437). Pero Dolores no es como su madre y siempre ha rechazado ese comportamiento suyo, fruto del miedo.
Por eso, Dolores continúa su rebelión: enciende todas las velas de la sala para no seguir viviendo en la oscuridad, aparece Benigno y ella no se doblega ante él, le replica y le grita. Dolores deja claro a sus padres que se quedará en su casa porque ellos han frustrado su huida, pero nunca olvidará lo que le han hecho ni dejará que lo olviden ellos: lo que siente hacia sus padres ya no es nada de lo que debería sentir una hija.
Dolores se despoja de “la mala sangre” que hereda de sus padres: de la cobardía de la madre y del despotismo del padre. El pronunciamiento final de Dolores, librada finalmente del yugo de sus progenitores, reafirma su independencia: “¡Yo me callo, pero el silencio grita!” (Glickman 2002: 437)
Esta última frase pronunciada por Dolores, solo seguida por el “Qué silencio…” de Benigno (Gambaro 1999: 123), se considera una de las más impactantes de la obra y da lugar a muchas interpretaciones. El silencio puede ser la resistencia al poder, no solo por parte de Dolores, sino por parte del pueblo argentino hacia la dictadura. El silencio puede ser la forma de victoria que escoge Dolores, pero también puede ser una manera de dejar ganar a sus padres:
Se hace presente en este final la ambigüedad gambariana. […] El suspiro final de Benigno podría connotar la recuperación de su tranquilidad, aun a fuerza de haber obstaculizado, con una muerte, la huida de su hija. En esta lectura el triunfo estaría del lado del dictador. El suspiro final estaría motivado por el alivio ante el retiro de Dolores. […] Este tipo de puesta, si bien está autorizada por el texto, debe debilitar el grito final de Dolores: “Yo me callo pero el silencio grita” (123). La resistencia al poder se podrá realizar pero Benigno parece creer que se pueden seguir guardando las apariencias. (Featherston 2014: 88)
Pese a todo, lo más llamativo de La malasangre es que transmite el mensaje deseado esquivando la censura. Para ello, Griselda Gambaro crea un universo íntimo y aprovecha recursos de distinta índole que sabe que su público identificará y relacionará con la realidad sobre la que verdaderamente escribe: la dictadura rosista.