Cassian la observó en silencio un momento, como si midiera cada palabra antes de pronunciarla. El leve susurro de las glicinas movidas por la brisa llenó el hueco de su pausa.
—No se trata de decidir por él —dijo al fin, con una calma que contrastaba con la agitación de ella—. Guiar no es dictar un camino, sino caminar cerca, lo bastante para que sienta tu presencia y lo bastante lejos para que pueda equivocarse y levantarse por sí mismo.
Sus ojos recorrieron las flores, y una leve sonrisa, apenas perceptible, curvó sus labios.
—Así son las cosas. Por mucho amor que sintamos por alguien o algo, no podemos controlarlo todo. Mi propia madre intentó burlarse del destino. Intentó revertir mi ceguera con un ritual que le arrebató la existencia de este plano, ¿y para qué? Ahora mis ojos son prácticamente artefactos malditos vivientes. Yo no pedí tenerlos pero me tocó vivir con ellos. Tu hijo no pidió nacer con ese don, pero lo tiene. Eso no se puede borrar.
Bajó la mirada hacia ella, con un tono que buscaba anclarla. Sabía que estaba siendo duro, pero no podía endulzar la realidad. Ella había venido por su ayuda, por sus consejos y guías, no para que él le diera palmaditas de consolación. Si iba a ser su mentor en este proceso, tendría que cantarle las verdades.
—Cuando llegue el momento, él elegirá. Y tu labor será estar allí, no para detenerlo, sino para que sepa que siempre puede volver… si lo necesita.
Cassian volvió la vista hacia el sendero que se extendía más allá del jardín, como si ese simple gesto resumiera la idea de dejar ir.
—¿Continuamos donde lo dejamos?