Capítulo XXXV: El regreso de Seth a Morthal
¿Has llegado hasta aquí? Wow! Gracias! No sé ni qué decir...
a) ¿Y el capítulo?
b) No, si yo no lo leí.
>a) Adelante, que lo disfrutes.
>b) Ah... que estás aquí por error. Ya veo. Este es el último capítulo del libro, así que he escrito esto para evitarte spoilers. Y ya que estás aquí, ¿por qué no le echas un ojo? Puedes hacerlo en Tumblr desde el ÍNDICE o leernos en otras plataformas, como AO3, Wattpad, Inkspired o Inkitt.
Ya había caído la tarde cuando Seth llegó a Morthal. Desmontó a Sombra, su caballo, y lo hizo desaparecer. Había entrado por la parte de atrás, movido por la nostalgia. Quería volver a ver los restos de la Cabaña del Taumaturgo, lo único que le quedaba allí de Alicent.
Bordeó el jardín, observando con apatía entre la niebla los restos del edificio que el fuego había devorado. A cada paso que daba, brotaba un recuerdo. Cada recuerdo hacía daño. En el castillo había sido fácil desprenderse de la culpa, pero ahora que estaba lejos de la influencia de su padre sentía que lo devoraba por dentro, como si él fuera una manzana y tuviera un gusano. Esa culpa tenía tal poder en él que, desde que había vuelto a Myrwatch no había sido capaz de mantener la mirada a Joric.
Myrwatch. Solo había pasado una noche allí, pero el recuerdo de Alicent estaba por todas partes. Era insoportable. Tanto que hasta visitar a su madre parecía más agradable que pasar allí solo la Saturalia. Tanto que ya habría partido a Soledad, si no fuera porque tenía algunas cuentas que ajustar. Ahora que era el adalid de Molag Bal, estaba dispuesto a cumplir con su cometido a cualquier precio. No permitiría que la muerte de Alicent fuera en vano.
Se detuvo cuando dos figuras aparecieron entre la bruma. Reconoció a Thonir, pero este no lo vio. Se acababa de dar la vuelta y se marchó rápido en dirección al aserradero. Sintió un tirón en el brazo. Seth giró la cabeza, sorprendido. El latido de asombro dolió en su pecho cuando reconoció a la mujer
—¿Lami? —preguntó, confundido.
La madre de Alicent lo miró desde el interior del chal que cubría su cabeza y sus hombros. Había vuelto a perder peso. No lo había dejado de hacer desde el ataque de los nigromantes.
¿Así es como me veré yo en un tiempo? Sabía que no. Aun así, una risa burlona en su cabeza le hizo desear que así fuera. Que los demás supieran que la había querido de verdad, lo suficiente como para que su aspecto lo evidenciara.
No digas tonterías.
Lami se quitó la capucha y Seth tuvo que contenerse para no retroceder un paso. El ambiente frío no ayudaba; quizá con un poco de sol se hubiera visto de otra forma. Su rostro estaba tan cadavérico como rojos estaban sus ojos, sus manos también tenían un ligero temblor. Pero Lami no parecía sudorosa, así que no estaba enferma.
Skooma. Seth no había probado nunca aquella droga, pero conocía sus efectos. Aunque el Skooma estaba prohibido en todo el Imperio, sobraban sitios donde comprarlo. Sobre todo en Skyrim, donde la situación era tan difícil que siempre había alguien necesitado de evadirse de la realidad. Por ejemplo, de perder a un hijo. A Seth se le hizo un nuevo nudo en el estómago. Él también había perdido a un hijo. Lo había matado.
—¿Qué…? ¿Qué querías? —preguntó, tras carraspear, fingiendo normalidad.
—Voy a pedir una nueva partida de ingredientes —empezó Lami, con un tono de urgencia—. Hace semanas que no haces un pedido. Si me acompañas puedo tomarte nota y…
Seth tiró del brazo por impulso, para soltarse. No lo pudo evitar. No, ya no necesitaba ingredientes. Ya no había nadie que los preparase para él. La miró en silencio y Lami le devolvió la mirada expectante, con los ojos tan abiertos que, sumado a su aspecto entre la bruma, daba auténtico miedo.
Ante la ausencia de respuesta, Lami siguió.
—Me vendría muy bien el dinero, tengo que… tengo que reconstruir la casa, y para eso hace falta mucho dinero, y…
Y estaba mintiendo. Mientras hablaba, había empezado a rascarse un brazo a la vez que miraba a su alrededor con ojos agitados. Seth suspiró, suponiendo que necesitaba el dinero para la droga. Lami lo miró angustiada.
—Por favor. Cualquier pedido estará bien, por muy pequeño que sea.
La mirada de aquella mujer lo estaba incomodando demasiado. Estaba cargada de expectativas. Seth desató una pequeña bolsa de monedas de su zurrón y se la dio. No era mucho, porque no había ido allí con la intención de gastar, pero tendría suficiente para una botella.
Lami la cogió entre ambas manos, pero no se molestó en contar las monedas. Forzó una sonrisa. Por algún motivo, sus ojos seguían brillando con desesperación. Seth supuso que estaría así hasta que pudiera aliviarse el mono.
—Yo… Muchas gracias, Seth. Dime lo que quieres y lo anotaré en el pedido. Podrás venir a recogerlo…
—No quiero nada —interrumpió, incómodo—. Solo… La Cabaña del Taumaturgo… Es lo único que me queda de Alicent. Por favor, reconstrúyela.
Lami se quedó sin habla. Apretó los dedos alrededor de la bolsa de séptims y se le escaparon un par de lágrimas. Después de eso se volvió a cubrir con el chal y se marchó, dejándolo allí, pasmado.
Seth cruzó los restos del puente principal, derrumbado durante el ataque de los nigromantes. Todavía no lo habían restaurado. Al otro lado, la villa estaba completamente desierta. Cuando los edificios calcinados aparecían entre la bruma, el pueblo parecía abandonado. Morthal nunca había vuelto a ser la misma desde aquel día.
Se superpuso a la mala sensación que le dejó el camino hasta el Salón de la Luna Alta. Tras hablar con Movarth la noche anterior, Seth había tomado una determinación. Quizá no lo había perdido todo, sino casi todo. A fin de cuentas, Idgrod seguía viva. Había perdido la cordura, sí, pero, con suerte, eso podría jugar en su favor.
Ya casi había llegado cuando escuchó dos voces entre la niebla. Discutían.
—¿Por qué Falion sigue en la corte, Aslfur? —increpó la voz de Benor.
—Benor —Aslfur sonaba conciliador—. Entiendo tu preocupación, pero debemos mantener la calma. Falion tiene el respaldo de la jarl.
—¡Y eso me preocupa! —Benor alzó la voz—. ¿Por qué lo protege? Su magia es oscura, trae el mal al pueblo, ¿qué más tenemos que perder para que entre en razón?
Si no fuera por el mal cuerpo que tenía tras el encuentro con Lami, Seth habría sonreído. Al menos el plan para volver las sospechas de los vecinos en contra de Falion estaba yendo como esperaba. Había pasado los últimos meses esparciendo rumores y, por fin, el malestar estaba germinando. Era cuestión de tiempo que lo hiciera, tras lo ocurrido. El pueblo necesitaba un chivo expiatorio; Seth se había asegurado de que ese título lo ostentase otro. Falion, concretamente. El mago de la corte sospechaba de él desde hacía tiempo, tras el ataque de los nigromantes. Tanto que hasta se atrevió a acusarlo de practicar magia negra durante una clase, la última que habían tenido. Con ello, había firmado su propia sentencia.
Cuando escuchó que unos pasos se alejaban, Seth retomó la marcha. Aslfur estaba apoyado contra la entrada del Salón de la Luna Alta, pensativo.
—Seth, cuánto tiempo —saludó el nórdico. Su tono, cansado, reflejó sorpresa.
—He visitado a la familia —compartió, y miró discretamente a su alrededor para asegurarse de que no había nadie escuchando—. No quería irme con el pueblo todavía en reconstrucción, pero necesitaba un respiro después de todo lo que ha pasado este año.
—Ya, lo entiendo. Tampoco me habría sorprendido que te hubieras ido para siempre —admitió Aslfur antes de abrir la puerta de la casa comunal.
Seth entró después que el padre de Idgrod y ambos caminaron en dirección al trono.
—Aslfur, antes no puede evitar oír lo que te dijo Benor. ¿Llegasteis a investigar a Falion? Me cuesta decir esto, pues ha sido un buen mentor, pero siempre ha sido… raro.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Aslfur con suspicacia.
Seth cargó un suspiro de dramatismo.
—Hay… detalles. En su día, Alicent me contó que él parecía muy interesado en su familia. Le hacía muchas preguntas sobre su padre —forzó un silencio y carraspeó, fingiendo incomodidad—. Además está lo que vi. Tenía una gema negra en casa, Aslfur. Sabes lo que eso significa, ¿verdad?
La mirada del nórdico se endureció. Claro que lo sabía. Las gemas de alma negras eran un artefacto prohibido. Arrancaban las almas humanas y las convertían en consumibles que los brujos podían usar para dar más poder a sus encantamientos.
—¿Estás seguro de eso? —preguntó el administrador cuando ya habían llegado a la altura del trono.
Seth asintió y Aslfur se hizo a un lado, con el ceño fruncido. Seth, por su parte, se dirigió al trono, hasta quedar frente a la jarl. Era una Idgrod Cuervo Viejo muy diferente a la que lo había recibido por primera vez en aquella misma sala, hacía poco más de un año. Su presencia seguía imponiendo respeto, pero su sabia mirada se había teñido de paranoia.
—Veo que has vuelto —saludó despacio, lo estudió con recelo.
Seth inclinó la cabeza en señal de respeto.
—Aunque no por mucho tiempo, jarl Idgrod. Pasaré otra temporada en Soledad, probablemente un mes.
¿Buscando el regazo de mamá después de sufrir a papá? Seth ignoró el pensamiento, forzando la apariencia de calma que necesitaba para hacer su petición.
—¿Y por qué has vuelto?
—Tengo asuntos que tratar. Asuntos importantes —la jarl lo estaba tratando de una forma tan fría que Seth se tensó— ¿No soy bienvenido? —preguntó, tanteando el terreno.
Idgrod Cuervo Viejo lo observó en silencio, antes de mirarlo a los ojos. A pesar de todo, su mirada seguía imponiendo respeto.
—Eres un chico intrigante, Seth Athan. Te has vuelto indispensable para nosotros y es innegable la ayuda económica que nos has aportado tras la catástrofe. Pero Falion tiene razón cuando apunta que la tragedia siguió tu llegada. Y mi pequeña Idgrod no deja de repetir que te acompaña una sombra oscura.
En un arrebato de orgullo, Seth perdió la compostura y alzó una ceja, altanero. Aunque lo que había dicho era verdad, ella no tenía ninguna prueba.
—¿A qué viene eso?—se defendió—. No busque enemigos donde no los tiene, jarl Idgrod. En vez de verme como lo que no soy, ¿por qué no me mira como lo que podría ser?.
—¿Y qué podrías ser? —preguntó la jarl con un cinismo afilado, aferrada al reposabrazos de su trono.
Se le alzaron las comisuras al escuchar esa pregunta. Había practicado aquel momento.
—Aproveché el tiempo que pasé con mi familia en Soledad para hacer una propuesta formal. Ahora que sé que ellos están de acuerdo con mi decisión, solo falta que usted lo esté también.
Aunque su expresión se mantuvo plana, la jarl se acomodó mejor sobre el trono, revelando que sí estaba interesada en lo que él tuviera que decir.
—Te escucho. Aunque antes quisiera dejar bien claro que, por más dificultades que estemos pasando, Morthal no está en ven…
—No es eso, mi jarl —interrumpió Seth, ignorando la mirada de advertencia que la mujer le dedicó por hacerlo—. Se trata de su hija.
El semblante de la jarl se volvió vulnerable en cuanto Seth terminó de hablar. Saltaba a la vista que eso era lo último que esperaba oír.
—¿Qué pasa con mi niña?
—Me gustaría casarme con ella.
Idgrod Cuervo Viejo se quedó en silencio, sorprendida. Tardó casi un minuto en recuperar el habla y, cuando lo hizo, habló muy despacio.
—¿Quieres… casarte… con mi Idgrod? ¿Por qué?
Seth suspiró, teatrero. Se llevó una mano a la nuca y bajó la mirada a las botas, fingiendo nerviosismo. Un entreacto de vulnerabilidad previo a erguirse y adoptar la seriedad del joven lord que debía ser ante su mirada.
—No crea que no estoy al tanto de las noticias. Son tiempos oscuros para todos, no solo en Morthal, sino en toda Skyrim —Seth se llevó las manos a la espalda, para dar más seriedad a su enunciado—. Con una guerra civil en ciernes… Nadie sabe lo que pasará el día de mañana, mi jarl. Su hija Idgrod es… —vaciló. No necesitó fingir el paso de la tragedia por su mirada y su voz, no en aquel momento. No cuando el dolor de la pérdida era cierto y la reflexión subyacente, una verdad a medias—. Idgrod es todo lo que me queda, aunque ya no siga siendo ella misma. Solo quiero asegurarme de que, pase lo que pase, estará a salvo. Mi familia no es como la suya, Jarl Idgrod. No dependemos de un título. Ambos sabemos que yo tengo más posibilidades que usted de asegurarle una buena vida si estalla el conflicto.
—¿Quieres que crea que no haces esto por mi título? —preguntó la jarl, incrédula.
Seth apretó la mandíbula y la miró en silencio, antes de suspirar. Pagó su cinismo con condescendencia.
—Con todo respeto, es solo un título. Un título en un pequeño pueblo en ruinas, además. Y no crea que no la admiro, porque lo hago. Puedo imaginar que incluso una comarca tan deshabitada como esta es más difícil de gobernar de lo que aparenta. Pero lo cierto, le guste o no, es que usted no es mucho más poderosa aquí de lo que mi familia lo es en la capital, y sin necesidad de ningún título. —La jarl lo miró en silencio, con una ceja alzada. Tras analizar su mirada, Seth decidió subir la apuesta—. Mi madre está de acuerdo, pero no del todo feliz. Usted sabe cómo funcionan las cosas. Ella quería que me case con Ingun Espino Negro pero… —apretó los puños y desvió la mirada, amagando tristeza y frustración. Ingun pertenecía a otra de las familias más ricas de Skyrim y quería ser alquimista; Seth confió en que la jarl entendiera el conflicto interno que aquello le podría causar—. Lo único que quiero es cuidar de su hija, jarl Idgrod. Déjeme hacerlo, por favor. Por la memoria de Alicent. Y por la de Joric. Tu hija es lo único que me queda de ellos.
La mención de Joric pareció funcionar, porque la expresión de Idgrod Cuervo Viejo se suavizó. La jarl desvió la mirada, ausente.
—Saber que a Idgrod no le faltaría de nada incluso cuando yo ya no esté… —musitó—. Eso es más de lo que he podido siquiera soñar desde que perdió la cordura.
Seth apretó los puños tras la espalda, tenso.
—¿Eso es un sí?
—Las cosas han empeorado para ella —contestó con una evasiva, volviendo a mirarlo—. A veces corretea por ahí y habla con Alicent y con su hermano. Otras incluso contigo, aunque no estés. Como si nada hubiera cambiado. Todo apunta a que irá a peor con el paso del tiempo.
Seth frunció el ceño, curioso y extrañado. Aquello no era lo que esperaba oír. Había estado demasiado liado como para descubrir cómo habían cambiado las cosas para Idgrod desde el ataque de los nigromantes. A decir verdad, lo había evitado activamente, acobardado por la idea de tener que confrontarla.
—¿Conmigo?
—Contigo. Siempre que juega a ese juego que le regalaste, al ajedrez, habla contigo.
Seth miró inconscientemente hacia las escaleras y sintió un interés sincero por saber qué se iba a encontrar. Idgrod era una rareza entre los mortales. Una mente tocada por dos daedra; Hermaeus Mora y Sheogorath, destino y locura.
—¿Quieres subir a verla? —ofreció la jarl.
—¿Puedo?
—Vé —invitó. A continuación Seth la escuchó hablar en voz baja, para sí misma—. Quizá a tu lado… con el tiempo… vuelva a ser ella misma… —murmuró, pero Seth fingió no oír nada y puso rumbo al cuarto de Idgrod.
Subió lentamente las escaleras, escuchando el crujido de la madera vieja bajo sus pasos. La petición estaba hecha, solo quedaba esperar. La jarl era inteligente, aceptaría la propuesta. No encontraría a nadie mejor. Ni tampoco a nadie peor. Tarde o temprano, Idgrod Cuervo Viejo tendría que aceptar que Seth era la solución a sus problemas y él se haría con el control de la Comarca del Hjaal.
Cerró la puerta al entrar y encontró a Idgrod tumbada en la cama, sumida en la lectura de La Habitación Cerrada. La chica reaccionó al ruido levantando la mirada, pero no lo miró a él, sino a la puerta. Tras esto, dejó caer la cabeza y suspiró por la nariz. Lo hizo tan fuerte que Seth la oyó. Era como si estuviera esperando a alguien más. Seth apretó los labios, incómodo.
—¿Por qué parte vas? —empezó, con la intención de romper el hielo. Había leído aquel libro hacía algún tiempo.
Idgrod sonrió de un modo críptico, indescifrable.
—Aunque Yana sabe que su maestro es un hombre malvado y horrible, se resiste a creer que pueda usar el asesinato como método didáctico —dijo con la voz apagada y la mirada clavada en él, de tal forma que Seth sintió que lo atravesaba.
Le mantuvo la mirada sin dejarse intimidar, a la vez que contenía un escalofrío. Estuvieron casi un minuto así, en silencio, hasta que Seth se hartó y bufó, siendo el primero en romper el contacto visual. Se acercó a la mesa del escritorio, sobre el que estaba el tablero de ajedrez. Sacó la silla y se sentó, apoyando el antebrazo en una de las esquinas del espaldero.
—¿Qué crees que sabes, Idgrod? —preguntó directo, sin miedo a su respuesta.
Dijera lo que dijera, siempre la podría acusar de loca, pero no estaba preparado para su reacción. Donde esperaba un reproche, la chica abrió los ojos de par en par y le entró un tembleque. Bajó la mirada a su propio hombro y recorrió su propio brazo, antes de alzar de forma lenta la mirada hacia el techo, donde la dejó clavada. Aunque Seth miró en la misma dirección, no vio nada. Sí que está loca, pensó decepcionado.
—Tú también los conoces, ¿verdad? —preguntó tras el silencio, con un hilo átono de voz.
Seth parpadeó un par de veces antes de entrecerrar los ojos, tras comprender que se refería a los daedra.
—No sé de qué estás hablando, Idgrod —replicó de forma seca.
Su vieja amiga bajó la mirada, lentamente, desde el techo hasta él. Luego la posó en la pared a sus espaldas e Idgrod esbozó una sonrisa sabihonda.
—¿Ah no? Tu sombra ha cambiado desde la última vez que te vi.
La forma en que lo dijo le hizo dudar. Tocada por el destino y la locura, se repitió, ¿es posible que esté pasando algo por alto? Invocó un hechizo simple que amplificó sus sentidos y entonces lo vio. O mejor, lo pudo percibir. Había haces de energía verde por toda la habitación, expandiéndose como tentáculos, uno de los cuales estaba sobre el hombro de Idgrod, donde ella había mirado antes con espanto. La mayor cantidad de energía pendía sobre sus cabezas, donde ella clavó la mirada. Seth contuvo un nuevo escalofrío mientras se giró, para encarar a su sombra. Parpadeó un par de veces, sin dar crédito a lo que vieron sus ojos. De entre sus rizos salían dos cuernos finos y no muy largos, con una sutil curvatura a media asta. De repente la sombra abrió los ojos. Unos iris del color de la nieve, gélidos como los de su padre, le devolvieron la mirada. Seth apartó la vista por acto reflejo y, al hacerlo, vio otra sombra al lado. Una que no correspondía a ninguno de los allí presentes. Era más pequeña, como de un animal, y salió corriendo al ser percibida.
¿Qué demonios…?
Estaba por encarar a Idgrod cuando la puerta del cuarto se abrió. Aslfur se asomó y los miró con gesto grave, antes de relajar los hombros.
—¿Está todo bien? —preguntó, mirando a su hija.
Seth se giró hacia Idgrod, a tiempo de verla asentir.
—Si queréis tomar algo…
—Está todo bien, papá —lo cortó Idgrod.
Aslfur asintió antes de irse, pero dejó la puerta abierta. Seth permaneció mirando a Idgrod, que le devolvió la misma sonrisa sabihonda de antes. Pero aunque sonreía, sus ojos estaban cargados de odio.
—Tu madre dice que has estado practicando al ajedrez —comentó Seth, buscando cambiar de tema.
—¿Quieres jugar? —preguntó Idgrod. De nuevo, tenía esa expresión indescifrable que le ponía los pelos de punta. Estaba muy cambiada.
—Claro…
Respondió sin demasiado entusiasmo, todavía con la cabeza dando vueltas a lo que acababa de ver. Idgrod montó el ajedrez sobre la cama mientras él contemplaba su propia sombra, en silencio. El hechizo se terminó antes de que ella hubiera colocado todas las piezas y su sombra volvió a ser normal, pero el malestar no abandonó a Seth. Preferiría no haber descubierto aquello; vivir con la incertidumbre de que su padre pudiera espiar cada uno de sus pasos era mejor que hacerlo con la certeza de que lo hacía.
Cuando Idgrod colocó la última pieza, comenzaron la partida. Aunque supuso que sería tan fácil como siempre, en esta ocasión Seth encontró a una rival formidable. Se fue estresando poco a poco al comprobar que daba igual lo que hiciese, porque Idgrod parecía ir siempre un paso por delante. En un momento dado, cuando Idgrod consiguió llevar a uno de sus peones a la octava línea, Seth estaba tan frustrado que volcó el tablero, impidiendo el jaque mate. Lo hizo despacio y sobre la cama, para no formar un estruendo. Luego miró a Idgrod a los ojos, tan cabreado como ofendido.
—Estás haciendo trampa. Ya has visto esta partida —acusó.
Era la única forma que se le ocurría de que Idgrod pudiera ganarle. Tensó la mandíbula y frunció el ceño, esperando que ella lo negara. Pero, en lugar de eso, Idgrod solo se rió en un tono bajo y lo volvió a mirar igual, con el odio en las pupilas, pero también con una satisfacción que no logró entender.
—Ah, si eso fuera todo, Seth.
Idgrod volvió a mirar al techo y Seth sintió que los pelos se le ponían de punta.
—¿Qué más has visto? —preguntó, con una mala sensación creciendo en el pecho.
—Tu futuro —respondió ella, volviendo a reír de aquella manera lunática.
Seth sintió cómo se le encogía el estómago.
—Idgrod, estás loca… —acusó entre dientes.
Fuera lo que fuera, no lo quería saber. Lo supo por la forma en la que sonreía.
—Quizá sí, quizá no. No lo podrías saber, pero yo sé algo que tú no. Cuando el ojo de Hermaeus Mora se abra e intentes comer una torre, un peón se convertirá en reina. Y entonces no podrás evitar el jaque mate. Pero no importa. Nada lo hace, porque cuando él nos mire, todos estaremos condenados.
Esta vez Seth no pudo contener el escalofrío que, como un soplo helado, entró por su nuca y bajó por su espalda.















