Háblame del accidente. ¿Recuerdas algo?
Todo. A veces me parece como si hubiese sido ayer. Fue un viernes, había estudiado semanas completas para ese examen, jamás me había sentido tan inseguro. Creí que fallaría.
Aceleré el ritmo de mi caminar una vez que me hallé alrededor del barrio, como un niño pequeño, exaltado y ansioso por llegar a casa con una buena noticia entre tanto daño y caos de los cuales osaba alimentarme a diario. Renuncié a los festejos de fin de semana, a mi buen confidente dentro de una botella y a los excesos con el único propósito de alcanzar la máxima calificación. Me resguardé bajo llave por más de diez días junto a la tortura de un estrés que hacía hincapié en la presión personal y social que me continuaban acechando desde la infancia. Las grandes expectativas que unos padres tenían sobre su hijo escaseaban de emociones espontáneas; ellos estaban tan acostumbrados a mis victorias, que la palabra decepción se había borrado de su propio vocabulario, por ende no me permití añadirla a ese diccionario, incluso si ese proceso incluía sangre, sudor y lágrimas a puertas cerradas. Aquellos logros firmados con mi nombre y apellido recibían automáticas e insípidas respuestas que se basaban en el deber que acarreaba como estudiante y como hijo. No esperaba menos de ti. Así es como debe ser. Nunca le has sido ingrato al honor de esta familia. Con tal de contentar a las dos personas que me habían otorgado comida y techo por tantos años era capaz de todo. Con tal de nutrirme de adulación, halagos, miradas y aprobación me atrevía a borrar límites, traspasarlos y ponerme en riesgo hasta alcanzar la perfección. Años después descubrí que esa famosa perfección no existe, nunca existió, y fue tan solo una ilusión que el despiadado sistema me ofreció desde que la escuela se convirtió en mi primer acercamiento a una enfermiza competitividad que destruyó todo lo que creí ser.
Empujé la puerta con torpeza lanzando las llaves mientras una amplia sonrisa se postraba en mi rostro, me dolían los pómulos, pero era una sensación satisfactoria. Una bocanada de aire me saturó los pulmones y con la frente en alto avancé unos pasos hasta la cocina. “Adivinen quién aprobó con un ——” Me detuve en seco observando cómo mi dramatismo se fue desmoronando ante la crueldad de un silencio que evidenciaba el vacío en esa casa. Pestañeé frunciendo el ceño. La serenidad del vecindario me aturdió por un instante. “Qué raro.” Murmuré dejando la mochila en el suelo, como de costumbre. Me sentí más a gusto cuando oí la simple, pero encantadora melodía causada por las uñas de mi perro contra la cerámica. Fuimos a comer pizza. Luna y Jordan andan con nosotros. Por favor alimenta a los perros y al gato. Dentro del refrigerador queda cena de ayer. Un beso. Sostuve la nota con la amargura extinguiendo todo rastro de felicidad. Sabían de antemano que era un día importante para mí, sin embargo jugaban a encarnar a una familia envidiable en algún recóndito lugar de esta ciudad, entre risas y relatos. “¿A ti si te importa que haya aprobado con excelencia? Yo sé que sí.” Desvié la mirada a las dos brillantes, oscuras y envejecidas pupilas que simbolizaban mi fuente de energía y motivación cuando la angustia pesaba en mi pecho hasta sofocarme; le guiñé conteniendo las insolentes y desgraciadas lágrimas que con audacia se aglomeraban en el borde de mis ojos. Arrugué el trozo de papel con fuerza apoyando la espalda en la neutralidad y frialdad de la pared, dejándome caer como un peso muerto hacia abajo, lentamente hasta sentarme en el suelo. Con la mirada perdida en el horizonte mi zurda descansó en el pelaje del único ser vivo que no me exigía más, que me amaba con un corazón puro e incondicional, quien nunca sabría siquiera lo que significaba un término tan homicida como la decepción. Quise intoxicarme en sustancias, beber hasta la última gota del alcohol más barato que hallara bajo la cama y abusar de los somníferos para irme en el sueño. En la fugacidad de unos minutos imaginé mi cuerpo sin vida abandonado en el segundo piso. La rigidez y el entumecimiento de mis músculos ante el violento descenso de temperatura. Todos los detalles que conllevaba la transformación fisiológica de un ser humano entrando a un estado post-mortem con el cual fantaseaba desde los diecisiete años. La recurrente idea del suicidio había entrado a mi cabeza sin encontrar la manera de salir, se había ramificado como un cáncer que me estaba consumiendo con calma; vivía en perpetua agonía que muchos encasillaban como una tremenda exageración. Tú no tienes depresión, ese es tu delirio de grandeza y un berrinche pasajero cuando no te prestan atención. Además, estás sonriendo todo el día, una persona que padece de depresión...es imposible que haga eso.
Tragué saliva presionando mis labios que capturaban un par de lágrimas entre sus grietas. Luego pensé en mis amigos, en mi vida social, en mi vida sentimental y romántica. Me sentí culpable, sentí asco por mi persona al reparar en el irrisorio gramo de envidia que le tenía a uno de mis mejores amigos cuando estas calamidades me apuñalaban en las entrañas. Si alguna vez imaginé que la perfección existía entonces Hobi era la personificación de ello, con todas sus letras. Era, probablemente, el único individuo que siempre me llevó ventaja, pero con el cual nunca pude enfadarme al aceptar el segundo lugar y no el podium. Nunca requirió de fármacos o drogas para obtener la delantera, siempre ha sido honesto, sincero y esforzado, y sé que jamás podría engañar a alguien, no como yo, amo y señor de las mentiras. Era genuinamente feliz, y verlo nadar en ese océano de bienestar me brindaba paz. Si decidía desaparecer me quedaba la seguridad de que Hobi tendría un buen pasar por este mundo. “Ya sé que no puedo convencerte de cancelar tus empalagosos planes con Chaerin para irte a embriagar con el resto del grupo, pero —— si cambias de opinión nos vemos allá ——” Mi tardía reacción me forzó a cortar el mensaje cuando me desafiaba a mí mismo a emplear dos palabras que, espinosas, se rehusaban a abandonar mi boca estando consciente. Te quiero. Te amo. La densidad de esos conceptos me abrumaba. Dejé el teléfono a un lado y dudé contemplando la hora. Quise suspender la improvisada celebración en el bar para visitar a Aiden, pero sentí que mi presencia sería más un estorbo que un buen panorama de viernes. Entonces volví la atención al aparato y un mortífero lazo me estranguló sin compasión. No estábamos bien, muy por el contrario asumí que no quería tener noticias mías hasta que nuestros orgullos, o más bien el suyo, decantara. El gran porcentaje de errores y discusiones era mi culpa. A esas alturas yo deseaba algo que en un pasado reciente habría rechazado sin dudarlo, y aquello era estabilidad. El tabú que el compromiso representaba para alguien como yo. Mi secreto más grande era el anhelo de oficializar nuestra relación, pasajera, adictiva, voluble y apasionada; ella no estaba en la misma sintonía que mis caprichos aniñados y yo no tenía las herramientas necesarias para lidiar con la incertidumbre, empujándome a actuar como un imbécil soberbio, arrogante e hiriente. Nunca me había empecinado en amar, hasta ahora.
“Si escuchas esto...lo siento, lo siento de verdad —— ni siquiera sé por qué me comporto así —— b-bueno sí, sí lo sé, pero tampoco sé qué hacer con ello y...me odio por ponerte en medio de mí y mi inmadurez ——” Un suspiro detuvo el transcurso del patético discurso mientras me ponía de pie y golpeaba mi frente con el puño cerrado. “—— ¿entiendes lo importante que eres para mí? No importa cuántas veces te diga que te quiero, que te amo y que eres la mejor persona que he conocido en este universo, nunca me vas a creer y eso siempre te va a impedir ir un paso más allá —— eso siempre me va a hacer sentir que...que estoy fallando ——— yo...voy a salir con el grupo a un bar, quedamos de tomar algo, lo más seguro es que no esté pendiente del teléfono —— Ellie si escuchas esto…¿podrías al menos escribirme que lo hiciste? Quizás podríamos vernos mañana, por favor.” Como una súplica cerré los ojos. “Te amo, buenas noches.”
Entonces...decidiste ir al bar.
Decidí ir al bar porque no había nadie más con quien celebrar mi éxito. No busco culpar a nadie por mi irresponsabilidad, pero supongo que...de haber tenido a alguien al lado no habría ido y no me habría visto envuelto en ese accidente. Algo curioso es que estuve a punto de ir en moto, y de haberlo hecho estoy seguro que no habría corrido esta suerte de estar sentado aquí hoy.
Tomé las llaves, dinero suficiente y un auto me estaba esperando a las afueras de la casa. Las dos almas que iban sentadas atrás, el conductor y yo, el copiloto, estábamos a unas horas de experimentar la peor tragedia de nuestra existencia, de la cual dos saldríamos vivos y dos muertos. Las ventanas abajo permitían que la fría brisa nocturna me acariciara las mejillas entretanto sacudía los nudillos en el borde de esta al ritmo de la música que apenas si nos dejaba entablar una conversación entre los presentes que no fuese a gritos. Estás demente, no voy a beber. Desvié mi atención a quien se hacía dueño del volante y una carcajada escapó por entre mis dientes. “Compromiso ante todo, eres el chaperón de la noche.” Elevé el entrecejo con gracia a sabiendas de que tanto los de atrás como los de adelante tendríamos alcohol en la sangre a eso de las tres de la mañana. “—— O vuelvo inconsciente a casa o no vuelvo.” Irónico y doloroso teniendo en cuenta que mis palabras cobraron venganza apenas tuvieron la oportunidad. Durante el trayecto revisé las redes sociales esperando saciar mi ego con notificaciones o mensajes por leer, nada. Mi madre actualizando unas historias con una mesa cubierta por cajas de pizza y gaseosas, luego otra fotografía con mi hermana y mi primo de fondo, adornada con un par de corazones y unas tiernas palabras que nunca estarían dirigidas hacia mí. Ningún rastro de Ellie, pero nada me quitaba de la cabeza que había escuchado ese audio. Ningún rastro de mis amigos. Natalie andaba de viaje al otro lado del mundo, en donde quizás recién eran las doce del día. Hobi seguramente apoyando su cabeza en el hombro de su vecina. Aiden de brazos cruzados sobre el sofá viendo un documental de criaturas marinas, mucho mejor que cuidar a mi yo alcohólico. Concluí que nadie me necesitaba, que no era un elemento esencial en la rutina de aquellos que sí lo eran en la mía. Opté por hundir mis penas en lo que cayera dentro de un vaso hasta perder la voluntad de mis movimientos.
Honestamente no vi a mi compañero beber una gota de cerveza mientras el resto de nosotros se ahogaba en la barra. S-Supongo que estaba demasiado ebrio para haberme dado cuenta, pero bebió. Se pasó una luz roja. Nadie sobrio a cargo de tres estúpidos dentro de un auto se habría pasado una roja —— supongo que así fue...No puedo preguntarle, está muerto.
¿Y el momento previo al accidente?
“Y-Yo…” Pestañeé con letargo tambaleando sobre mis pies intentando erguir el índice en dirección a uno de ellos. “Y-Yo dije...dije que me tenía que…” La carcajada de mi amigo resonó en mis oídos, forzándome a sonreír con la mano apoyada en su hombro. “D-Déjame terminar, e-estoy hablando —— dije que...inconsciente….Sí.” No tenía dinero encima, me había gastado todo en cada shot que incendió mi garganta hasta perder la noción del tiempo y del espacio. Busqué mi celular con la torpeza apoderándose de mis gestos. Mis párpados se entrecerraron al encandilarse con el destello de la pantalla. “...¿Qué dice?” Le enseñé al del lado apenas coordinando mi verborrea. “...¿E-Ellie? D-Dice...maldita sea qué dice…” Relamí mis labios comenzando a sentir la deshidratación y el malestar en mi estómago. Llamada perdida, mamá. Largué un bufido cerrándome la chaqueta. “Mamá ——” Exclamé una vez en la acera, moviendo los brazos como un idiota creyendo que era gracioso. “—— estoy vivo, la-lamentablemente.” Me angustié como un infante. No comprendía la pena que me absorbió de un segundo a otro. La palma de mi mano descansó en una oxidada reja a la espera de que uno de mis compañeros lanzara todo el vómito al suelo y el otro hallara las llaves del coche. “Mamá —— perdón mamá —— Ellie...Nu-nunca más...N-Nunca más…t-te lo prometo.” Tosí agarrándome el pecho con la diestra. Las imágenes difusas, el intenso dolor de cabeza, el peso entre las cejas, la vergüenza, la rabia, el descontrol y las ganas que tenía de llegar a casa, abrazar a mi madre y meterme dentro de mi cama. Dormir, despertar y hablar con ella. Arreglar las cosas.
El resto ocurrió en secuencias. Música a todo volúmen. Risas histéricas. Silencio. Quejidos por la inmadura borrachera. “Estás seguro que no bebiste nada…” Susurré dejando caer mi cabeza hacia abajo con somnolencia. “Ya te pasaste una roja.” Agregué con los párpados cansados y la resequedad castigando mi paladar. Cállate Eric, estoy bien. Próximo a quedarme dormido lo último que oí fue un estruendo, el vidrio romperse y una luz que me cegó por completo. Luego me sumí en la opacidad aterradora de un abismo.
Me contaron que salí eyectado por el vidrio delantero. Lo que es lógico para mí siendo médico y sabiendo lo que significa un accidente automovilístico, aún así suena irreal cuando recuerdo que fui yo el protagonista en esa circunstancia. No recuerdo haber sufrido dolores, caí inconsciente al minuto de haberme golpeado contra la cabeza, pero me puedo imaginar toda la escena. Me sometieron a un coma inducido para reducir el riesgo de muerte que traían las operaciones, y para que mi cerebro descansara. Según mi mamá los médicos no sabían siquiera si despertaría incluso terminado el proceso, y de hacerlo...había una mínima posibilidad de que pudiese vivir como una persona normal —— Ellie, quien en ese momento aún no era mi esposa porque ni siquiera teníamos una relación estable, se quedó —— no solo un día, sino todos los consiguientes. Nunca me dejó, incluso cuando mi hermana le dijo que tenía la posibilidad de rehacer su vida lejos de todo esto. Incluso cuando no la reconocí, cuando no recordaba nada, cuando no podía moverme ni comer solo. Cuando la única manera que tenía de expresarle todo lo que sentía era mediante una angustiante mirada. Nunca se fue. El accidente nos ayudó a entender el amor desde otro punto de vista.
Lo que a mi parecer fueron unos minutos de oscuridad, para el resto fue casi un mes de intranquilidad, llanto y oraciones. Nunca creí ni en Dios ni en el cliché de la luz al final del túnel, pero esto último se materializó en mi estado de sopor de más de catorce días. El ruido de unos vehículos me invadió los oídos, parecía que estaban a punto de embestirme y hacerme añicos. Bocinas, luces que enceguecían mis pupilas. Mi cuerpo dándose vueltas sobre la fría y desolada carretera, creyendo que los armazones de fierro colisionarían contra mis huesos. El pánico doblegó la cantidad de sudor que me empapaba las extremidades. Estaba desesperado por salir de ahí. Corrí como un forajido sin fin, pero la negrura no se asemejaba a ningún cielo nocturno, era como la voraz boca de un lobo. Estaba perdido en un laberinto sin salida. Algunos días oía voces distantes, especialmente la de mi madre, pero jamás capturé la nitidez de alguna frase completa, eran ecos del ayer. Supe que por mucho que deseé borrarme de la faz de la tierra, ya no quería ceder ante la muerte. Quería cesar su búsqueda, pero el hecho de que ella me hubiese hallado primero me reducía a un diminuto ser humano pidiendo una segunda oportunidad para vivir diferente. Para renacer. En mi vaga caminata arrastrando los pies con resignación un coche se detuvo en la vía. Me acerqué, corrí, me desviví por alcanzarlo. Amigo —— ¿por qué no te subes? Fruncí el ceño contemplando a las dos figuras que iban sentadas. Empieza una nueva vida, en un nuevo cuerpo. Negué despacio con la cabeza. El conductor extrañado ladeó su cabeza esperando que respondiera. “N-No quiero otro cuerpo, quiero el mío —— hay muchas cosas que no pude hacer, ni decir.” Emití con un tono que clamaba el despertar. El copiloto indagó en mis ojos llorosos y me dio su aprobación. Úsalo bien esta vez e intenta hacer lo que no hiciste y decir lo no dicho —— buena suerte. La luz me entorpeció y retrocedí, el destello era tan majestuoso que no me atreví a seguirla.
¿En todo ese tiempo reaccionaste a algún estímulo?
No lo sé. Creo que un par de veces lo hice, pero nada constante —— ¿sabes qué pasa? Ser médico es...es una paradoja que tiene al escepticismo y la credulidad de por medio. Dios versus la ciencia. Las probabilidades de que un paciente en un coma inducido sepa lo que está ocurriendo a su alrededor son nulas. No hay ruido, no hay imágenes, no hay nada —— es...es un completo y profundo estado de inconsciencia. Pero yo...yo los oía, los oía a todos y quería abrir los ojos, gritar, moverme. Te juro que no puedo explicar el nivel de desesperación...Cada vez que la desesperanza se hizo dueña de mis seres queridos...lo percibía. Creían que moriría, me pedían que no los dejara. Mi madre me prometió que cuando despertara me llevaría a una pizzería. El resto me prometía otras cosas...cosas tan sencillas como ir a ver a mi artista favorito, ir al parque, ir al cine —— me prometían que pasarían más tiempo conmigo, q-que no me dejarían solo. Y...yo solo quería abrir los ojos y decirles que no me iba a ir, no todavía, pero que no me desconectaran, que no dejaran de venir a sentarse a mi lado, que por última vez no me vieran como un caso perdido, que cambiaría por todos y cada uno de ellos. Que no me dejaran morir.
¿Recuerdas alguna visita de tu mujer o de tus amigos?
Tanto Ellie como mis mejores amigos habían contribuido con mi despertar en su totalidad. Me ponían mi música favorita. A veces Hobi cantaba para hacerme sentir mejor, algo que nunca fallaba en subirme el ánimo cuando no me sentía yo mismo. Aiden me dijo en reiteradas ocasiones que la vida ya no era la misma sin un ser tan molesto y fastidioso como yo, y en una de esas casualidades Zeke también los acompañó, a ellos y a ella. Mi mano derecha era sostenida y besada todos los días por la misma mujer. Me quitaba los sudorosos y desordenados cabellos de la frente mientras me contaba las peripecias de su jornada, ahondaba en nuestros propios recuerdos y luego el silencio la apresaba. Un silencio que comprendía porque no existía respuesta de mi parte. Era como hablarle a un cuerpo sin vida. A veces yo desprendía una solitaria lágrima y el índice de mi izquierda se doblaba en lo que parecía más un movimiento involuntario que una manifestación, para mí era el esfuerzo sobrehumano que ponía en volver, en volver a ella y apaciguar el dolor que vestía su sombra. La amaba, la amaba tanto que me estaba aferrando a la vida como nunca antes, pero no podía rogarle que se quedara. Cuando su presencia dejaba ese cuarto de hospital yo retrocedía y el destello me seducía para despedirme por siempre. Un te amo que resbaló de sus labios con sinceridad se quedó plasmado en los míos, entonces más tarde desperté.
Y abrí los ojos.
¿Qué hiciste cuando despertaste?
El mito popular que imponen las películas es que despiertas de un coma, sales de la clínica y te lanzas a la vida como un sujeto cualquiera, pero yo distaba de esa realidad, es más, creo que lo peor de volver de un coma es lo que viene después. Cuando desperté no tenía visión, estaba despierto, pero solo veía manchas borrosas que no parecían cuerpos humanos. Tampoco podía moverme ni recordar, lo único seguro era que mi sentido de la audición estaba funcionando bien.
Hijo...Dios mío gracias, muchas gracias. Supuse que era mi madre. Su mano entrelazada a la mía no cesaba de agitarse y humedecerse a causa de su llanto. LLanto que también rodó por mis mejillas al intentar gesticular con todas mis fuerzas pero no poder ejecutar nada. Cables, tubos y un ruido de máquina me provocaron la primera ansiedad más grande al estar en cuerpo y alma nuevamente. El único que no se abalanzó sobre mí con bestialidad fue mi padre, y quise atribuirlo a que era un hombre muy duro, y al igual que yo, un médico que de antemano sabía que tanta parafernalia no le haría bien a mi salud. Sin embargo me constaba que había sollozado a unos centímetros de mi cuerpo. Esperaba que aquella voz femenina tan particular se alzara entre ellos, pero no lo hizo. Eran solo mis padres.
Estuve ciego, o más bien viendo figuras difusas por dos semanas o más. No salí de la unidad de cuidados intensivos por un mes, luego me derivaron y dieron los nefastos pronósticos. Que no volvería a hablar, que no podría volver a estudiar...básicamente que no podría hacer nada. Yo sabía que eso no era posible, porque quería vivir, quería terminar la universidad, casarme, tener hijos...Me dijeron que aprovechara esa segunda oportunidad y eso era exactamente lo que me propuse. Mi padre me obligó a usar el baño por mucho que me costara mantenerme de pie en el pasillo, no importaba si el estúpido trayecto de mi cuarto al baño era en resumidas cuentas...cuarenta minutos de mi tiempo, no querían que me acostumbrara ni a la silla de ruedas ni a estar en cama. Mi mamá se rehusó a tenerme como un vegetal viendo televisión las veinticuatro horas del día. Me leían todo tipo de libros, me llevaban sagradamente a las terapias de rehabilitación físicas y psicológicas. Veía el sol todos los días, incluso mi hermana se encargaba de pasearme por las tardes. Nadie bajó los brazos, nadie me dejó marchitar como un enfermo. No se cansaron de mí —— yo no fui capaz ni de articular palabras ni de moverme demasiado en los primeros meses, a veces no recordaba quiénes eran, a veces tenía leves lagunas mentales y me resonaban sus rostros. ¿Quién pasaría horas de su día al lado de alguien que no responde frente a ningún estímulo? Solo alguien que te ame lo suficiente.
Con la cabeza hundida en la almohada y los párpados tiñendo de negro mi visión oí la voz de mi madre armonizar el ambiente desde la escalera continua. Eric mi amor, adivina quién vino a verte. El crujido de la puerta me hizo dar vuelta el rostro, la vi de pie en el umbral con una sonrisa que ablandó mi corazón. La cortina estaba amarrada y un cálido haz de luz se abría paso por la ventana dándome una pista de que estábamos en plena primavera. Mis ojos siguieron sus movimientos; agarró una silla y se sentó al lado de mi cama. Me dolía no recordarla lo suficiente, retenía su nombre, pero nuestras vivencias estaban danzando en alguna parte de mi mente y las quería conmigo. Mi yo inconsciente guardaba cada detalle, pero esta versión de mí escarbaba la tierra buscando su vieja identidad. Ella hablaba, yo escuchaba. Los contratiempos en un laboratorio en el cual estaba trabajando, los exámenes de la universidad, las últimas películas que había visto...Intuí que por primera vez hablaba tanto de sí misma con entusiasmo y se abría a mí sin poner resistencia o límites. Detestaba que me viera así. Vulnerable, un bueno para nada, como un niño. Los fines de semana durante días completos Ellie se hacía cargo de tareas que no tenía por qué llevar a cabo. Ayudarme a ir al baño, darme comida, leerme, pasearme a mí y a mi mascota. Quería agradecerle, mas no podía vencer los obstáculos que entorpecían mi avance. Tenía la espalda apoyada y los brazos descansando sobre mis piernas. Ladeé la cabeza hacia ella y abrí la boca recibiendo una cucharada, estaba exhausto. Negué cuando me percaté de que venía otra. Pestañeé como queriendo decirle que no iba a comer más, pero ella insistió y yo entreabrí los labios para concederle ese deseo. Su mano libre limpió la comisura de mi boca y yo me perdí en su rostro luego de que dejase el plato encima de la bandeja. Una pausa, un suspiro. Me preguntó si sabía quién era ella. Me paralicé. Lo sé, ya lo sé, sé perfectamente quién eres, eres la mujer con quien quiero pasar el resto de mi vida. Pensé con un sufrimiento que moldeaba mi alargada y cansina vista al no emitir sonido audible. Abrí la boca queriendo sacar una mísera palabra, encrispé los dedos hundiéndolos en la palma de mi mano y mi mirada se dirijo con sobresalto al escritorio en el cual habitualmente estudiaba. Del escritorio a ella, de ella al escritorio. Mi índice, débil, apuntó a ese lugar y ella tomó entre sus manos lo que con tanto fervor yo pedía. Un cuadro enmarcado con una fotografía de nosotros dos, mi posesión más preciada. Contemplé la captura, posé la yema de los dedos sobre ella y un picor afectó mi nariz, llenando de lágrimas mis ojos. La miré queriendo decirle que era ella, que todo este tiempo había sido ella. La frustración me persuadió para que volviese a abrir la boca, para que volviese a intentarlo y ofuscado cerré los ojos con fuerza, golpeé la cama con la mano empuñada y comencé a llorar, como si tuviese cinco años. Quería hablar y un balbuceo ininteligible salió en vez de su nombre. Negué cubriéndome el rostro con un dolor de cabeza que temí no me abandonaría hasta unas horas más. Nos sostuvimos la mano entretanto yo continuaba llorando y ella hacía lo que tenía a su favor para calmarme. No quería dejarla, no quería soltarla, pero uno de mis padres insistió en que tenía que descansar.
¿Por ella quisiste esforzarte aún más en tu recuperación?
Claro, después de ese episodio supe que necesitaba acelerar mi rehabilitación, y también supe que estaba recuperando parte de mi personalidad. Siempre fui rápido para todo, siempre quise ir más allá de mis capacidades, probar que estaba hecho para desafiarme y...nunca creí que esa obstinación me daría un beneficio tan grande. Mi mamá lo atribuye a un milagro de Dios, mi papá...mi papá le dio todo el crédito a la ciencia y a mí. Mi papá dice que Jesús es un charlatán y que todo el esfuerzo es gracias a mí mismo, que sin mi perseverancia yo no habría podido sobrevivir.
¿Qué crees tú?
Yo...creo que los médicos hacen bastante —— mi mayor meta era terminar la residencia y continuar con mi especialización, que muchos creyeron que no sería posible, pero mi motor en la vida era verme a mí mismo en un hospital salvando vidas, sin embargo no quería ser un especialista negativo, quería ayudarlos a regresar de ese abismo tan...solitario —— Por eso admito que hay tres elementos esenciales en una buena recuperación: el médico tratante, la preocupación y el amor de una familia, y por último...el afectado, sus ganas de seguir viviendo. Desde los veinte hasta mi accidente no quería vivir, era un adicto que valoraba más las sustancias que se metía al cuerpo que a quienes lo rodeaban, pero no quería vivir porque me sentía un insignificante en un universo tan grande.
¿Cambió esa percepción de ti mismo?
Me duele pensar que cambió por el accidente —— y dicen que no hay mal que por bien no venga, pero...honestamente creo que sin el accidente me habría suicidado tarde o temprano. Sin el accidente las personas no se habrían dado cuenta de que quizás sí era un elemento importante en sus vidas, y me lo hicieron saber al cuidarme por tantos años, al no abandonarme, al estar ahí para celebrarme y para llorar conmigo. Mis padres dejaron de verme como un trofeo, me pidieron que viviera por mí mismo y para mí mismo, sabía que estaban dispuestos a permitirme dejar la escuela de medicina, pero me vieron tan dispuesto a todo que nunca lo mencionaron y me sacaron adelante. Me di cuenta que lo único que necesitaba era amor, estabilidad...sentir que no era una decepción para los demás sino que un orgullo.
¿Te cuesta hablar de esto?
Nunca he hablado del accidente con tanto detalle, ni siquiera con Elena. A veces me pregunto si algún día les contaré a mis hijos...Sé que ahora están pequeños y que es contraproducente si lo hago, pero quisiera decirles en un futuro, más bien como una anécdota, como…como un mensaje que pudiese ayudarlos a no bajar los brazos. No soy perfecto, y eso me costó trabajo aceptarlo, pero la perfección no existe y nunca voy a exigirles algo tan ilusorio y doloroso como alcanzarla. Quisiera que mis hijos se dedicaran a ser felices —— estoy en una etapa de mi vida en donde ya no veo gozo en satisfacer mis necesidades personales, si trabajo todo el día, si trabajo por las noches es porque...porque no quiero que les falte algo, porque no quiero verlos preocupados por nada más que por jugar y aprender cosas nuevas. Todo lo que hago ahora lo hago tanto por mis hijos como por mi mujer, sé que tengo que seguir cambiando algunos aspectos de mi personalidad, pero estoy esforzándome en no errar — no creo que tenga una tercera oportunidad de hacer las cosas bien. Intento ser un buen hijo, un buen esposo, un buen amigo, un buen colega, un buen médico y un buen padre, realmente lo intento.
¿Ha influido en algo el accidente en tu vida matrimonial?
Como todos los matrimonios...tenemos problemas y yo nunca dejaré de culparme, es...es el ciclo de mi vida, la culpa. Quizás nos tocó vivir demasiadas experiencias traumáticas en un tiempo muy corto —— quizás tanto ella como yo aún arrastramos fantasmas de nuestra infancia, de nuestro pasado, fantasmas que ninguno quiere presentarle al otro incluso estando casados y habiendo vivido —— los dos sentimos vergüenza y nuestras personalidades...Sí — demonios, nuestras personalidades nunca estuvieron hechas para convivir bajo el mismo techo, pero de alguna forma lo hicimos y funcionó, o eso creemos. Si me preguntas...yo volvería a elegirla por sobre todas las mujeres de este mundo, con todos sus defectos que a mi parecer son virtudes —— con todas nuestras discusiones, nuestros desarreglos...Ella fue quien me devolvió la vida y quien me enseñó a vivirla otra vez, desde cero. Mi problema está en querer retribuirle todo eso y no saber cómo, la manera más óptima para alguien tan práctico como yo es trabajar —— mi conflicto es creer que con dinero puedo darle las mejores vacaciones, una casa cómoda, un fin de semana de relajo...lo que sea, pero yo sé muy bien que ella no quiere eso.
Pasaron de ser una pareja a ser solo padres.
Nos perdimos en el proceso de volver a vivir, casarnos...tener hijos. Perdimos el sabor de nuestra relación, nos volvimos presos de una rutina que juramos no adoptar. Me cegué con esta meta personal de ser un buen profesional, no quería que el accidente me definiera como persona, pero eso me hizo descuidar nuestra relación y el orgullo me gana —— como cuando quería decirle que la amaba, pero las palabras no me salían — me pasa lo mismo, quiero disculparme, pero no quiero quedar en promesas banales, quiero decirle que la amo y que voy a exigir vacaciones para viajar al otro lado del mundo junto a ella, pero luego pienso en mis pacientes y ella piensa en cómo y con quién vamos a dejar a nuestros hijos por tantos días. Entonces somos padres, nos alejamos y me invade la frustración. La amo, ¿qué más puedo decir? estoy enamorado, nunca dejaré de estar enamorado. Jamás me cansaré de agradecerle por todo lo que ha hecho por mí, pero siento que esta vida no me alcanzará para hacer lo mismo por ella. ¿Estoy fallando? Quiero ser el mejor hombre, el mejor esposo...No sé si puedo lograrlo, no sé si ella cree que lo he logrado.
Recostado a su lado, en una cama matrimonial, gozando de una paz que no teníamos hace años ladeé mi rostro como las tantas veces que esperaba sus visitas. “Sé que nunca hablamos del accidente —— pero tuve que hablarlo, hoy.” Era reacio a admitir que estaba viendo a un psicólogo, pero Ellie era mi esposa y yo no estaba dispuesto a esconderle nada. Sellé los labios, un minuto transcurrió para que un suspiro huyera de mí. “A veces pienso en que...de haber muerto me habría ido sin arreglar las cosas contigo —— y ahí es cuando vuelvo a tener miedo.” Descansé mi mano en su pierna y me confié en las pausas que interponía en ese relato tan incoherente, pero lleno de emociones encontradas. “Tengo miedo de subirme a un auto, de oír bocinas, de las carreteras...pero más terror me da cada vez que discutimos y no nos dirigimos la palabra. Cuando me voy al trabajo y luego te vas tú...y nadie dice nada.” Negué con un nudo en la garganta observándola a los ojos. “Creí que no iba a despertar —— escuché a los médicos decir que pasado de un mes o dos podría tratarse de una muerte cerebral y luego tú —— luego tú es...estabas pidiéndome que aguantara un poco más y yo lo hice, n-no podía responderte, pero quería hacerlo, Ellie ——” Entrelacé su mano con la mía, evitando llorar a toda costa. “—— no quería morirme, ya no quería pensar en suicidarme, no quería pensar en drogas...en alcohol, lo único que quería era volver para estar contigo y...lamento si en algún momento te sentiste presionada a estar conmigo, a dejar el miedo para optar por el compromiso, pero —— yo no podía dejarte ir, no podía perderte, no cuando había descubierto lo que era amar ——— no creo que otros puedan decir que han atravesado por lo mismo que nosotros, creo que...creo que somos únicos, y que ya nada va a poder separarnos, ni siquiera la muerte. Te voy a cuidar, hasta el último día.”
La duda me carcomió como una curiosidad inocente. Pestañeé con lentitud y luego de un beso que me obsequió un efímero viaje en el tiempo, le pregunté.
“Nunca supe...qué se te pasó por la cabeza durante esas semanas —— cuando estuve dormido, nunca me contaste nada, nunca nos contamos nada —— ¿cómo...qué sentiste?”














