lolasvzanne:
Una absurda insistencia la tenía caminando con unos zapatos verdaderamente incómodos y un vestido que cubría una parte mínima de sus muslos. “Honestamente me golpeé la maldita cabeza cuando acepté todo esto —— no, no soy un payaso, soy el circo completo Kelly — ni siquiera te escucho, ¿Puedes….puedes dejar a ese inepto y venir por mí?” Hizo hincapié en su frustración con un volumen de voz que la muchacha tras el auricular ni siquiera podía oír ante la parafernalia. Colgó guardando el aparato en su cartera y se dio innumerables vueltas en unas dependencias que simulaban casi un laberinto para una mujer que se contentaba con vivir en un pequeño departamento con lo justo y necesario. Su hermano estaba en algún sector, pero Bambi jamás lo hallaría considerando que venía del brazo de su compañero de piso compartiendo el concepto de una pareja diabólica del cine clásico de horror. Durante su tiempo libre hizo el miserable intento de sacarse una que otra fotografía para guardar un recuerdo que no se volvería a repetir. Otaku aesthetic. Escribió rápidamente como encabezado en una selfie que envió sin muchas expectativas a un contacto en particular. Jamás le había importado en lo más mínimo la opinión de un hombre, pero recientemente sus mensajes tenían un destinatario con nombre y apellido. En un comienzo se intentó convencer de que todo era parte de un acto, la encarnación de un personaje que no era ella simplemente para divertirse, pero vaya diversión, ahora se estaba mimetizando con esa versión distorsionada de sí misma y su sexualidad. Jung era la espontaneidad y la atracción que pensó nunca hallar en el género masculino. Para otros no era más que un aburrido, amargado y pretencioso, cualidades negativas que a ojos ajenos eran insoportables, pero quizás para ella era un plus que a ratos la hacía dudar de sus propios gustos y elecciones. Le aterraba, pero mientras más luchaba contra eso, más la dominaba el pánico de estar perdiendo su identidad para crear una nueva a su edad; una edad en la que se suponía, tendría todo bajo control y cada arista de su vida resuelta. Él había desconfigurado todo con su característica pesadez.
El público que más abundaba en esa fiesta era femenino y no interpuso límites a la hora de contemplar sus cuerpos con suma discreción. Durante toda su existencia el poder descifrar si una mujer sentía atracción por otra o no había sido parte de una problemática enorme que la aquejaba hasta en ese mismo instante. Un hombre no teme en hostigar con su insistencia, pero Bambi evitaba a toda costa causarle cualquier pizca de incomodidad a una chica, sin hacer mención de la sororidad que en variadas ocasiones confundió como indirectas de un flirteo imaginario. Utilizó el alcohol como medio tranquilizador y arrastró un vaso plástico consigo a todos lados, siendo probablemente la única que se encerraba en el baño cada quince minutos a dudar de su apariencia demasiado femenina para su gusto. Voy a beber un rato y luego me iré. Pensó saliendo del cuarto con las manos entrelazadas a la altura de su falda, repitiéndoselo hasta creerlo. Sin embargo, retrocedió su andar llevándose las manos a la cabeza, sujetándose el pecho ante una alucinación que parecía real. “¿Ah?” Dejó salir con el frío sudor empapándola de pies a cabeza. Sus piernas lideraron el trayecto esquivando los cuerpos infestados en sustancias que alzaban la adrenalina de todos los invitados, pero la emoción de la escena le robó el habla y el hálito, por lo que no le quedó más remedio que precipitarse con su diestra en dirección contraria y tirarlo del brazo. “¡Qué haces aquí!” Exclamó desorbitando los ojos sin abandonar su firme agarre. “¿C-Cómo supiste que estaba acá? ¿O no lo sabías? ¿O te lo dije?” Las preguntas se atropellaban bajo su lengua mientras hilaba coherencia en un discurso exento de cohesión. “No puede ser que esté alucinando si no he consumido nada.” Murmuró para sí misma antes de volver su atención a la figura masculina que lucía peligrosamente atractivo esa noche. “¿E-Es…realmente eres tú —— en una fiesta?” Pestañeó de forma intermitente perdiéndose por un minuto en su rostro, o más de uno.
Una noche como esa estaba plagada de diversión y misticismo para muchos, pero Jung no cesaba de ser la excepción a la regla. Desabrido y bordeando lo desagradable había rechazado sin ningún filtro la única invitación a celebrar que le había sido tendida a pesar de los mil y un intentos de Danny para sacarlo de aquella monotonía en la que se sumía con profunda comodidad. La displicencia con la que enfrentaba la vida social a diario era solo un atisbo de lo que podía llegar a ser realmente en un ámbito repleto de universitarios abarrotados en un mismo lugar y reventados por diferentes sustancias; las fiestas lo repelían y aún más el tipo de personalidades que participaba de ellas. «¡Te estás perdiendo de la fiesta del año! Será tema de conversación por días en la universidad.» Jung bufó arrojando el teléfono hacia la otra punta de la cama después de haber contestado con un venenoso y a mí qué me importa. La pantalla del aparato se volvió a iluminar con insistencia en lo que retomaba el curso del documental que había estado viendo hasta ese momento, y lo recuperó para mandar al demonio, de una vez y por todas, a su amigo. Sin embargo el contenido del mensaje más reciente lo descolocó y agradeció la soledad que lo envolvía; sus labios se entreabrieron con sorpresa ante la imagen de una Bambi totalmente distinta a la que acostumbraba a ver y el silencio reinante en la habitación únicamente amplificó en sus oídos la brusquedad con la que sus latidos se ejecutaban a cada segundo. Se obligó a apartar la mirada para intentar recuperar la compostura. La obstinación de la fotografía quemando en sus retinas no le permitía hacerse de la atención necesaria para pensar una réplica coherente, y su característica impasibilidad se vio cuajada sin una advertencia. Bambi era un área inexplorada; una incógnita para la que Jung todavía no hallaba posibles respuestas, una ecuación que lo desafiaba con actitud para hacer temblar todas las bases de su conocimiento. Aquella mujer tan determinada y tan diferente a él inusitaba sensaciones desconocidas que no lograba explicar y eso lo frustraba. Un extraño magnetismo lo empujaba a orbitar a su alrededor, pero siempre silencioso y con una indiferencia que enmascaraba su imposibilidad de poder señalar con exactitud qué era lo que lo conducía a ella. «Vi a una de las amigas de Eunji... Bambi, ¿verdad? Luce diferente.»
Demente. Totalmente descabellado. La estruendosa risa de Peter Pan provocó la tensión de cada fibra muscular y su dentadura rechinó al friccionarse. Un impulso lo había levantado del colchón para enfundar sus miembros con el disfraz que había sugerido como una broma ante el empecinamiento de Danny. Creo que es inconcebible que cambies de opinión, pero no me costó nada reunir las cosas... Podríamos hacer algo distinto por una vez. Y ahí se encontraba, encarnando al héroe principal de una de las franquicias más famosas del cine. Se sentía como un imbécil al verse así vestido entre tanta gente, pero la idea de toparse con Bambi liberaba un cosquilleo en su interior que lograba incomodarlo mas servía de motor para avanzar entre figuras sudorosas y extáticas. La absurda ingenuidad que lo catalogaba como un novato de las fiestas lo condujo a aceptar más de una vez unos muffins que luego de veinte minutos lo hicieron metamorfosearse en otra persona. Al principio se sintió aletargado mas el ambiente festivo, combinado con par de sorbos del trago que consiguió para sí mismo, detonó un subidón de euforia que lo golpeó como un oleaje salvaje; sus extremidades comenzaron a amoldarse al ritmo de la canción que sonaba con vehemencia y su cuerpo continuó con el mandato. El momento de idílica embriaguez que lo estaba poseyendo se vio interrumpido y con pupilas enrojecidas volteó el rostro para encontrarse con la mujer que había logrado sacarlo de casa sin pensárselo dos veces. Una imagen nunca antes vista se desenvolvió: Jung estalló en risas ante las interrogantes ajenas; sus orbes desaparecieron todavía más, arrugando parte de su rostro con una gracia que mantenía escondida. “¡Me invitaron!”, respondió con simpleza sin hacer desaparecer el aire entretenido de sus facciones. Su cerebro procesaba la información con una lentitud a la que el pelinegro desacostumbraba, por lo que de su boca escapó un resoplido que se vio atropellado por un puñado de carcajadas. “No... No me dijiste nada. Lo adiviné con mis poderes psíquicos”, el índice y el medio de su diestra golpetearon su sien un par de veces. “No, mentira. Danny me contó que te vio — — ¿dónde está Danny?”, inquirió de la nada, mirando a su alrededor antes de volverse a Bambi mientras acomodaba el sombrero en su cabeza. “Realmente soy yo en una fiesta”, repitió burlón expandiendo sus pupilas desmesuradamente al asentir. “Mira, si después de todo no soy tan aburrido como crees”, cruzó los brazos sobre el pecho. “No te respondí el mensaje porque — — porque...”, se detuvo, apreciando la apariencia ajena, y relamió sus labios. Parpadeó con pesadez, dirigiéndose a ella. “Porque quería decirte que... que... Que te ves muy bien. Y que me gusta — — que me gusta cómo luces aunque sé que mi opinión ni la de ningún otro hombre te importa, pero... No sé, me enviaste esa foto y quise responder — en persona.”
















