CASCABEL AL GATO
Desafortunadamente, en mi nacimiento me concebí como un ratón: un indefenso animal frente a la violencia desmedida de los animales bravíos, tal como lo puede ser el gato. No soy solo yo quien ha caído en dicha violencia, también mi familia de roedores. Somos tan pequeños que nada podemos hacer frente a este desbalance de poderes. El gato nos mira únicamente como presas, como simples objetos con los cuales puede jugar a su antojo, mientras nosotros solo podemos mirarlo con miedo, horror y pavor: el animal de nuestras pesadillas. Nos gustaría mudarnos de ratonera, pero no podemos. Esta es más segura que la anterior, donde un gato se proclamó señor y dueño tras erigirse como superior jerárquico y comenzó a aniquilar a varios de mis hermanos sin razón aparente, solo por sadismo. Hemos tenido que sufrir en silencio al ver cómo, por una simple clasificación taxonómica, se nos entiende como viles plagas; como si nuestra existencia se limitara a intoxicar la vida del ser humano. Pero yo, al igual que cualquier otro animal, puedo transmitir enfermedades… al igual que el gato al que ellos hospedan con tanto cariño en sus hogares, en sus camas, en sus mesas, sin reparar en que también lleva dolencias consigo. Renuncio a quedarme callado. Necesito ser un animal bravío, aunque mi naturaleza siempre haya sido pacífica. He tenido que sacrificar mis mejores quesos para evitar sus mordidas y arañazos, debilitando así la economía de mi familia. Nuestra especie depende del queso, no porque lo deseemos, sino porque nuestro organismo lo necesita. Debemos enfrentarnos a este gato que nos aterroriza día y noche. Debemos ponerle un collar con cascabel para escuchar su llegada y tomar medidas. Sin embargo, ¿quién será el héroe capaz de hacerlo? Yo lo he deseado, pero no tengo el valor suficiente. No puedo volverme bravío por decisión propia: mi destino es ser pacífico, quizá incluso cobarde cuando se trata de vida o muerte. Tristemente, este gato de bigotes largos, ojos rasgados y garras que percibimos como armas mortales quedará impune. Todo porque el dueño del entorno nos ve solo como plagas, como seres imperfectos cuya única función es causar enfermedades. Su preciado animal —el gato— también posee la misma capacidad de dañar, y aun así nosotros tendremos que seguir soportando cómo nuestros hermanos mueren en sus fauces, derramando su sangre en homicidios celebrados incluso por el dueño del lugar en el que vivimos. Lloro por las noches al pensar en el día en que ya no pueda tener queso en mis alacenas para este animal bravío; en el error de almacenamiento que me cueste la vida a manos de este sádico gato. Pero nada puedo hacer más que exponer mis pensamientos públicamente, para que todos sepan que nosotros también deberíamos ser protegidos, al igual que este asesino de garras. También somos animales. No somos malos: únicamente buscamos un lugar donde vivir.












