-Indulto para Peppino! -Exclamó Andrés, saliendo por completo del estado de sopor en que parecía hallarse-. ¿Por qué indulto para él y no para mí? Debíamos morir los dos, se me había prometido que moriría antes que yo. No tiene derecho a hacerme morir solo. ¡No quiero morir solo, no quiero!
Y se soltó de los brazos de los sacerdotes, retorciéndose, aullando, rugiendo y haciendo esfuerzos insensatos para romper las cuerdas que le ataban las manos.
El verdugo hizo una seña a los dos ayudantes que saltaron desde el cadalso y se apoderaron del condenado.
-¿Qué ocurre? -preguntó Franz al conde.
Porque como todo se decía en dialecto romano, no había entendido bien.
-¿Qué pasa? -dijo el conde-. ¿No ha comprendido? Esa humana criatura que va a morir está furiosa porque su semejante no muere al mismo tiempo, y si se lo dejase lo desgarraría con las uñas y con los dientes antes que dejarlo gozar de la vida, de la que él va a ser privado. ¡Hombres, hombres! Raza de cocodrilos, como dice Carlos Moor -exclamó el conde, extendiendo sus puños hacia la multitud-; ¡qué bien los conozco y qué dignos son los unos de los otros!.
Andrés, en efecto, y los ayudantes del verdugo, se revolcaban en el suelo; y el condenado continuaba gritando: "¡Debe morir, quiero que muera! ¡No se me puede matar a mí solo!".
-Mire, mire -continuó el conde agarrando a cada uno de los jóvenes de la mano-, mire, porque a fe mía, es curioso. He aquí a un hombre que estaba resignado con su suerte, que iba al cadalso a morir como un cobarde, es cierto, pero iba a morir sin resistencia y sin hacer ninguna recriminación. ¿Sabe qué lo animaba y daba valor? ¿Sabe qúe lo hacía aguardar el suplicio con resignación? ¡Era que otro compartiese sus angustias y que muriese como él y antes que él! Conduce dos carneros o dos bueyes al matadero y haz comprender a uno de ellos que su compañero no morirá y el otro balará de alegría y el buey mugirá con placer. Pero el hombre, el hombre que Dios ha hecho a su imagen y semejanza, el hombre a quien ha impuesto como primera, como única, como suprema ley el amor al prójimo, el hombre a quien Dios ha concedido voz para expresar su pensamiento, ¿qué dirá cuando se entere de que su camarada está salvado? Una blasfemia. ¡Honor al hombre, obra maestra de la naturaleza y rey de la creación!
Y el conde lanzó una carcajada, una risa terrible que demostraba que debía haber sufrido horriblemente para llegar a reír así.
Entre tanto, la lucha continuaba y era algo espantoso de ver. Los dos ayudantes llevaban a Andrés al cadalso. La muchedumbre había tomado partido contra él y veinte mil voces gritaban al unísono: "¡Mátenlo, mátenlo!".
Franz se echó hacia atrás, pero el conde lo tenía asido por el brazo y lo retuvo en la ventana.
-¿Qué tiene? -le dijo-. ¿Siente piedad? Si oyese ladrar a un perro rabioso, agarraría su fusil, saldría a la calle y lo mataría sin misericordia, acabando con el perro que, en definitiva, no sería culpable sino de haberse dejado morder por otro perro. ¡Y tiene piedad de un hombre al que no ha mordido otro hombre y que, sin embargo, ha matado a su bienhechor y que ahora, no pudiendo matar porque tiene las manos atadas, quiere de todas maneras ver morir a su compañero de cautiverio, a su camarada de infortunio! No, no. Mire, mire.
El consejo había resultado casi inútil. Franz estaba fascinado por el horrible espectáculo. Los dos ayudantes habían conducido al condenado al cadalso y una vez allí, a pesar de sus esfuerzos, sus mordiscos y sus gritos, lo habían hecho poner de rodillas. Mientras tanto, el verdugo se había colocado a su lado con la maza en alto; entonces a un signo suyo, los ayudantes se apartaron. El condenado quiso levantarse, pero antes de que tuviera tiempo para ello, la maza lo abatió de un golpe en la cabeza; se oyó un ruido sordo y seco, y el reo cayó como un buey, con la cara contra el suelo; y después, de otro golpe, quedó de espaldas. En aquel momento el verdugo dejó la maza, sacó el cuchillo del cinto y de un solo golpe le abrió la garganta, y subiendo de pie sobre su vientre, empezó a pisotearlo.
A cada empuje, un chorro de sangre salía del cuello del condenado.
En ese momento, Franz no pudo soportar más, se volvió hacia atrás y fue a echarse en un sillón, medio desvanecido.
Alberto, con los ojos cerrados, permaneció de pie, pero agarrado a los bordes de la ventana.
El conde había quedado de pie y triunfante como un ángel malvado.