Evangeline estuvo casi veinte minutos hablando, contándole al joven Matheo cómo se sentía después de haber descubierto que su familia los había engañado a todos, que su querida tía Florence nunca había muerto por tuberculosis y que ahora vivía no muy lejos de allí.
Matheo escuchó con atención y silencio cada palabra de la mujer, pero cuando esta terminó de hablar, lo único que pudo decir fue:
"Baile conmigo"
"¿Cómo dice?"
"Que baile conmigo, Evangeline"
"Pe... pero ¿aquí? ¿Ahora? ¡Si ni siquiera hay músicos!"
"Eso no importa. Olvídese de eso, de todo lo demás. No piense en su familia ni el futuro, simplemente déjese llevar y solo escuche el sonido del fuego"
"Le advierto que soy una bailarina excepcional. Puede que sus pasos no estén a la altura de los míos", bromeó Evangeline.
"Estoy dispuesto a correr ese riesgo, señorita"
"Reconozco que no es tan mal bailarín como yo pensaba", admitió Evangeline en un susurro, dejando a un lado su gran orgullo. Realmente había una gran armonía en sus pasos.
Matheo frunció el ceño y dejó escapar una sonrisa.
"Me gustaría poder decir lo mismo, pero lamento decirle que usted no es tan buena como cree"
Evangeline soltó una carcajada.
"¡Eso no es cierto! Los caballeros hacían fila para bailar conmigo"
"Dudo considerablemente que quisieran bailar con usted solo por que es buena bailarina, señorita"
De repente, la sala parecía demasiado pequeña, y el calor de la chimenea resultaba más sofocante que al principio.
"No sé usted, pero para mí, el chisporroteo del fuego parece ser el mejor músico que he conocido", bromeó Matheo.
"Su oído es casi tan deficiente como sus destrezas para bailar, señor Leighton", comentó con sarcasmo.
Matheo levantó una ceja, divertido.
"Hace unos minutos, las palabras que salían de su boca indicaban lo contrario."
"Intentaba ser cortés, aunque reconozco que soy una buena actriz. Puedo engañar con facilidad y nadie se percataría de mi verdad."
"Qué curiosa destreza para una joven como usted. En cambio, yo no puedo decir lo mismo, siempre me he considerado un hombre transparente, incapaz de fingir algo que no sea real"
"Es el precio a pagar por ser mujer. Instinto de supervivencia, supongo. No quiero sonar grosera, pero entre usted y yo, señor Leighton... Ya no hay nada que me haga querer volver a ocultar la verdad"
Matheo dio un paso hacia delante, corto, pero significativo.
"No lo haga. Se lo ruego"
"Yo... no puedo seguir ocultándolo por más tiempo, señorita Mitchell"
"¿A qué os referís, Matheo?"
"Evangeline...", suspiró.
"Os he dicho que odio las mentiras, pero en este preciso instante, si digo algo que se asemeje a la verdad de mis pensamientos, puede... Puede que pierda el poco control que me queda"
¿Qué estaba pasando? O mejor aún, ¿qué estaba a punto de suceder? Las grandes manos de Matheo descansaban en mi espalda, y por más que buscaba en mi interior, no hallaba ni una sola célula de mi ser que anhelara apartarlo de mí.
No podía... No. En vísperas al cumpleaños de Priscilla, no podía hacerle eso. Le había jurado que la ayudaría a conquistar su corazón y, sin embargo, ahí estaba; a meros centímetros de sus labios. Su lealtad pendía de un hilo a punto de romperse.
Pero ella no era de ee tipo de mujer. Su fidelidad estaba por encima de cualquier deseo, incluso si este resultaba incontrolable.
"Creo... creo que debo regresar a la habitación."
"Evangeline", la llamó desde la distancia. Ella no se giró.
"Creo que lo que ha ocurrido no ha sido apropiado en absoluto. Lamento decirle que me retiraré. Buenas noches, señor Leighton."
¿Qué me sucede? ¿Por qué no soy capaz de mirarlo de frente como tantas otras veces he hecho? Oh Dios mío, había estado a punto de...
"Por favor, Evangeline..."
"No... No puedo seguir con esto. Le ruego que me permita regresar a mi dormitorio, señor Leighton. Usted también debería volver a la cama."
Sin dar oportunidad al joven de pronunciar una sola palabra más, Evangeline se retiró a su habitación.
¿Cómo podría hacerle eso a la pobre Priscilla? Está profundamente enamorada del señor Leighton, y yo... casi, casi...
Por suerte, todo eso solo es culpa de la noche, y nada más. No puedo permitirme romperle el corazón a la encantadora Priscilla. Será mejor que lo olvide todo, y lo que es aún más difícil, que yo también lo olvide...