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Prólogo
1890

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Sin embargo, Matheo y Evangeline no eran los únicos que habían cambiado. Los chicos, Scarlett y Hamish, cada vez eran más conscientes de lo que le estaba sucediendo a su familia. En el último año, en la escuela, todo había cambiado.
Scarlett ya no era aquella traviesa y alegre niña que disfrutaba jugando a la casita de muñecas y pasando tiempo con su familia. Esa versión de Scarlett parecía estar lejos de la realidad. Se había transformado en una niña egoísta, egocéntrica y maliciosa. La falta de atención constante que solía recibir la llevaba a comportarse de las peores maneras posibles. Descargaba su ira y dolor, producto de la soledad que sentía, haciendo que los demás también experimentaran esa sensación. Si ella no podía ser feliz, parecía decidida a asegurarse de que nadie a su alrededor lo fuera.
En la escuela, Scarlett era temida por sus compañeros y compañeras. Nadie quería ser su amigo, pero eso era exactamente lo que buscaba. Su actitud distante y sus acciones desagradables alejaban a los demás, y parecía encontrar satisfacción en mantener a los demás a una distancia segura.
Por otro lado, su querido hermano, Hamish, nunca respaldaba sus actitudes ruines. Él era el único Leighton con los pies en la Tierra, el único que no apartaba la mirada para evitar hacerse daño. Hamish era tan consciente como su hermana de que las cosas ya no eran como antes desde hacía mucho tiempo. La falta de atención a la granja había afectado sus condiciones de vida, y apenas tenían para comer porque ninguno de sus padres se preocupaba por el rancho. Estaba harto de su hermana, una niña ególatra que prefería destruir a los demás antes de que la verdad la destruyera a ella, de sus padres y de lo sumidos que estaban en la depresión. Hamish sabía que no había manera de que los Leighton se hundieran en el abismo, y sentía la necesidad de hacer algo al respecto.
Noviembre de 1897
Nada era igual, todo había cambiado en la vida de los Leighton desde que el complicado embarazo trajo al mundo el pequeño cuerpo sin vida del más joven de la familia, Benedict Leighton. Un año y cinco meses habían sucedido desde el entierro, y desde ese entonces, las cosas solo habían empeorado. El rancho ya no era lo que un día llegó a ser. No había nadie que cuidara de la tierra o los animales. Nada sustentaba a la familia.
Evangeline había perdido toda su vitalidad. Ni siquiera el cariño de sus tres hijos podía hacerla sonreír. Se había pasado el último año y medio suspirando y preguntándose si haber huido de Inglaterra había sido buena idea. Si, de alguna manera, había tomado la equivocada decisión. Era una mujer infeliz y vacía. Su peor pesadilla se hacía realidad, pues ya no sentía la necesidad de seguir sonriendo, pese a que sus hijos habían intentado que ella volviera a ser la madre y mujer que un dia fue.
Sin embargo, ella no era la única que había dejado de lado a su familia. Matheo, el padre y cabeza de familia, había perdido toda su cordura.
Su esposa y el amor de su vida, ya no sonreía ni hablaba. Su familia feliz, era de todo menos una familia, y mucho menos feliz. Él se sentía la persona más culpable de la faz de la Tierra. Había acabado con la felicidad de la única mujer que una vez amó. Y ella ya no lo amaba. ¿Por qué luchar por algo que jamás podrá arreglarse? ¿Por un amor que se enterró con el último de sus hijos? ¿Por una familia destrozada?
Eran incontables las noches en las que Frank y Charles tenían que llevarlo a casa por culpa de su estado de embriagadez. Matheo se alejaba de los problemas en el único lugar en el que podía dejar de pensar por unas horas; en la taberna de Frank. Así, día tras día y noche tras noche, Matheo comenzó a refugiarse en la bebida hasta necesitarla para poder encontrar motivos para seguir. Llegó un día en el que su amigo Frank le prohibió la entrada, pues no solo estaba abandonando a su familia, si no que también se buscaba problemas innecesarios.
El tormento y la sensación de alejarse cada día más del feliz recuerdo del rancho de los Leighton llenaban a Matheo de depresión y desesperación. Su relación con Evangeline se había deteriorado tanto que ahora dormían en habitaciones separadas y apenas cruzaban palabra en casa. La conexión con sus hijos también se había desvanecido. Matheo anhelaba fervientemente que Evangeline recuperara la felicidad, entendiendo que solo así podría encontrar algún alivio al suplicio en el que vivía.
31 de mayo de 1896
La tragedia había azotado a la familia Leighton. Ninguno de ellos estaba preparado para afrontarla.
El pequeño Jack apenas tenía tres años y no entendía muy bien qué sucedía, pero lo que sí sabía es que era un día triste.
El pequeño Benedict había nacido sin vida. Evangeline no había vuelto a hablar desde hacía dos días. Se había pasado todo ese tiempo sola, apenas sin comer. El enorme dolor que la embargaba no dejaba espacio para nada más.
El rechazo hacia Matheo había sido constante. Evangeline no podía perdonar que su marido, el único presente en el parto, la hubiera salvado a ella antes que a su hijo. Ella jamás habría preferido su vida antes que la de Benedict, y cegada por el dolor, culpaba a Matheo como el responsable de algo que jamás habría sido posible evitar.
Lo que Evangeline no entendía en esos momentos, era que Matheo también había perdido a su hijo.
"Querido Benedict, nunca tuve el privilegio de escuchar tu risa ni de ver tu hermosa sonrisa iluminar nuestras vidas. Tampoco has tenido la oportunidad de conocer a tus adorables hermanos, quienes te esperaban con enormes ganas y amor. Pero confío en que nos encontraremos al final de nuestro camino. Lamento profundamente no haber podido ser tu guía en este viaje, pero te prometo, con todo mi corazón, que cuando nos reunamos, seré el mejor padre que puedas desear. Te quiero, hijo, y siempre lo haré. Espero de corazón que algún día encuentres en tu corazón la comprensión para perdonarme por no haber podido salvarte"
29 de mayo de 1896
En la calma de ese día tranquilo y algo caluroso, los niños cumplían con sus labores después de haber terminado sus deberes. Sin embargo, en el interior de la casa, algo estaba ocurriendo, y los niños no tenían la más mínima idea de lo que se estaba gestando.
La tranquilidad de ese día se vio abruptamente interrumpida cuando Evangeline despertó con un horrible dolor en el vientre. La realidad golpeó con fuerza: el bebé estaba a punto de llegar, y no había tiempo para llamar al médico. El proceso de parto había comenzado sin previo aviso.
A pesar de su nerviosismo, Charles se esforzaba por mantener la calma, consciente de que era necesario por el bien de la señora Leighton. "Charles... cariño... llévate a los niños..." tosió Evangeline.
"No quiero que estén en casa si algo me sucede... por favor," expresó Evangeline con preocupación en su voz. "Nada va a sucederte, Evangeline. Charles, por favor, ve con ellos" Matheo le echó una última mirada al joven antes de que este saliera de la habitación.
"Por supuesto, señor Leighton. Todo va a salir bien..."

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Primavera de 1896
La noticia del tercer embarazo de Evangeline trajo consigo cambios en la dinámica del rancho de los Leighton. Aunque la familia celebraba la llegada de un nuevo miembro, también debían adaptarse a las nuevas circunstancias. Evangeline, debido a la debilidad que experimentaba en este embarazo, se encontraba limitada en sus actividades diarias.
La conexión especial entre Scarlett y su madre, Evangeline, era evidente en cada momento que pasaban juntas. A pesar de las dificultades que enfrentaba Evangeline durante su tercer embarazo, Scarlett se esforzaba por traer alegría a la vida de su madre. Pasaban mucho tiempo juntas, compartiendo risas, conversaciones y momentos llenos de amor.
Matheo tenía un cariño especial por su hijo Jack, quien se destacaba por su naturaleza tranquila y observadora. Aunque era diferente a sus otros hijos, Jack encontraba en su padre un guía afectuoso. A diferencia de los demás Leighton, Jack prefería la tranquilidad de escuchar a su madre leerle un libro.
La presencia de Charles en la familia Leighton resultó ser un verdadero regalo. Siempre dispuesto a ayudar cuando fuera necesario, Charles se había convertido en uno más de la familia. Su lealtad y afecto eran evidentes, y la familia lo quería como a un miembro más.
Hamish, con su naturaleza sociable y divertida, era un rayo de alegría en la vida de la familia Leighton. Su personalidad extrovertida hacía que todo fuera muy fácil y alegre en el hogar. Charles, comprendiendo la energía positiva de Hamish, se convirtió en un gran amigo del chico, y juntos compartían risas y diversión cada día.
Scarlett era bastante diferente a su hermano, pero Charles los molestaba a los dos por igual.
"No hay manera de que puedas ganarme, Scarlett. ¡Siempre seré mejor que tú!"
"¡Eso ya lo veremos!"
Inicios de 1896
La noticia de que un hombre con una cámara fotográfica había llegado al pueblo se extendió rápidamente. La curiosidad y el entusiasmo se apoderaron de la comunidad. Matheo, siendo amigo de Andrew, se acercó al hombre con la cámara para compartir la emocionante idea de realizar unas fotos familiares. Al enterarse de que eran amigos cercanos, el fotógrafo aceptó encantado la solicitud de Matheo.
Octubre de 1895
El día de los gemelos, Scarlett y Hamish, finalmente había llegado. La familia Leighton se preparaba para celebrar el séptimo cumpleaños de los dos pequeños llenos de vitalidad.
La conexión entre Scarlett y Hamish era tan fuerte que parecían ser dos mitades de un todo. Inseparables, compartían risas, aventuras y, por supuesto, travesuras. Cada momento de diversión o travesura era una colaboración entre los dos hermanos, que encontraban en su relación un lazo inquebrantable. Cuando uno de los dos se encontraba en apuros, el otro estaba allí para ofrecer apoyo y consuelo. Los padres de Scarlett y Hamish observaban con orgullo la estrecha conexión entre sus hijos.
Marzo de 1895
A pesar de las dificultades con las cosechas del año pasado, la vida en el rancho continuaba con la esperanza de un nuevo comienzo en la primavera. La familia Leighton se encontraba lista para enfrentar los desafíos que la vida en el campo les presentaba. La primavera llegó con su promesa de renovación y crecimiento. La familia se embarcó en las labores de siembra con la esperanza de tener una temporada más próspera. Todos, incluyendo a los niños, se unían en las tareas diarias del rancho. Los pequeños Scarlett y Hamish seguían a sus padres con entusiasmo, participando en actividades como cuidar a los animales, sembrar y disfrutar del vasto paisaje del campo.
Evangeline, a pesar de la belleza y serenidad del rancho, se encontraba lidiando con emociones desconcertantes. La tristeza y el cansancio la envolvían, afectando su energía y entusiasmo por la vida cotidiana. A pesar de su amor por sus hijos y la vida en el campo, algo dentro de ella no estaba bien.
Sin embargo, su esposo, quien la amaba con locura, nunca la dejó sola.
"Tranquila, querida. Yo estoy aquí. Siempre lo estaré..."
8 de enero de 1894
El bar de Frank estaba lleno de risas y calidez en ese día frío de principios de año. La familia Leighton se había reunido en secreto para preparar una sorpresa especial.
"¡Feliz cumpleaños, Charles!", gritaron al unísono.
La risa resonó en el bar de Frank cuando Charles estalló en carcajadas. Su risa contagiosa hizo que el resto de la familia y amigos se unieran rápidamente. De repente, el ambiente se llenó de vitoreos y cánticos mientras todos celebraban el decimoquinto cumpleaños de Charles. Los amigos y familiares levantaron sus copas, entonando alegres canciones de cumpleaños y expresando sus mejores deseos para el joven.

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Diciembre de 1893
La vida en la familia Leighton era animada y llena de momentos divertidos. Jack, con su naturaleza perspicaz y curiosa, siempre encontraba maneras creativas de explorar el mundo que lo rodeaba. Evangeline se sentía agradecida por tener a un niño tan tranquilo, especialmente considerando la energía inagotable de los gemelos Scarlett y Hamish.
La relación entre Scarlett y Jack era realmente especial. A pesar de la diferencia de edad, Scarlett se esforzaba por incluir a su hermanito en sus juegos y actividades. Le contaba coloridas historias llenas de imaginación, y le dejaba sus juguetes para que él pudiera explorar y jugar. Jack, por su parte, encontraba fascinantes las historias de su hermana mayor y disfrutaba enormemente de pasar tiempo con ella. Aunque tenía sus propios juguetes, apreciaba la generosidad de Scarlett al compartir los suyos. La risa resonaba en la casa mientras Scarlett entretenía a Jack con sus ocurrencias y creatividad.
31 de julio de 1893
Una tranquila mañana, el pequeño Jack Hendrik llegó al mundo. Y, para sorpresa de sus padres, su hermana mayor Scarlett era la que más ilusión tenía por conocerlo. Con ojos brillantes y una sonrisa radiante, Scarlett contempló al nuevo miembro de la familia con amor y curiosidad, rompiendo con la expectativa de aquellos que pensaban que podría ser difícil para ella compartir la atención de sus padres.
Mediados de julio de 1893
Quedaban días para conocer al nuevo integrante de la familia, y Evangeline no podía esperar más...
Noviembre de 1892
Evangeline y Matheo tenían una nueva noticia para sus hijos... Algo que llevaban deseando mucho tiempo.
Un nuevo bebé venía en camino.
Para Evangeline y Matheo aquello era una maravillosa noticia, pero se preguntaban cómo iba a tomárselo Scarlett, quien no llevaba muy bien eso de compartir lo que quería.
1 de septiembre de 1892
El día de la partida de la tía Florence había llegado. La familia Leighton se despidió de ella entre lágrimas. Abrazos prolongados y palabras emotivas resonaron en el aire, marcando el momento en que la distancia física se interponía entre ellos.
"Gracias por darnos la oportunidad de ser felices, Florence. Sin ti, nada habría sido posible", expresaba Evangeline con gratitud en su voz, reconociendo el papel fundamental que su tía había desempeñado en la construcción de su felicidad y la de su familia.
"¡Ay, querida! ¡Me vas a hacer llorar!"
"Cuida mucho de tu familia, Evangeline. La familia lo es todo"

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Algunas mañanas, mientras los niños disfrutaban de sus juegos en el jardín y Matheo se dedicaba a sus labores en el rancho, Evangeline y su tía Florence se reunían para tomar el té. Con atención y cariño, vigilaban que sus pequeños estuvieran seguros y felices en sus travesuras.
"¡Mamá, mamá! ¡Un caballo!" llamaba Scarlett a su madre. Evangeline sonrió con ternura ante la emoción de su hija.
"Tienes unos hijos maravillosos, querida. Me encantaría poder pasar más tiempo cerca vuestra, pero he de volver a Seattle. Dentro de poco marcharé de vuelta y no sé cuándo volveremos a vernos"
"Oh, tía Florence. Prometo visitarte en algún momento" "Querida... Sé que lo harás. Siempre tendrás un lugar dondequiera que yo esté"
Los días en el rancho transcurrían con normalidad y alegría. Los pequeños disfrutaban de sus travesuras, Marley los cuidaba con cariño, y Matheo y Evangeline se dedicaban con devoción al cuidado del rancho. La tía Florence adoraba la compañía de su sobrina y su familia, y juntos encontraban la felicidad en la sencillez de la vida cotidiana.
Scarlett y Hamish quedaron encantados con el regalo de la tía Florence, una enorme casita de muñecas. Aunque Hamish jugaba con su hermana, Scarlett reinaba en el castillo, imponiendo sus reglas y bautizando a los muñecos según su elección. Afortunadamente, Hamish aceptaba sus mandatos con alegría y disfrutaba tanto de la casita como de jugar incluso con una simple piedra.
Eran una familia feliz, quizás pequeña a los ojos del mundo, pero sin duda llena de felicidad. Tía Florence observaba con orgullo la familia de su amada sobrina.