Un maquillaje que fue realizado hace un par de horas atrás. La verdadera imagen de la europea saliendo a la luz, una noche en la que los pecadores dejan que sus demonios salgan a crear estragos; ella es una de esas personas que se divierte al observar la desgracia ajena. El tiempo la ha cambiado, no es la misma criatura inocente que salía a pedir dulces con sus hermanos. Sus padres solían decirle que debía de hacerse cargo de ellos, porque los infantes eran incapaces de cuidarse solos. Así que, la europea los dejaba recorrer cada una de las calles de Moscú, con la única condición de que no se alejaran mucho de ella. Pero de nada sirve pensar en eso ahora, ¿cierto? Sus hermanos ya le han dejado en claro un sinfín de veces que debe comenzar a preocuparse por ella misma; que deje a un lado el bienestar de los demás, para dedicarse a realizar lo que tanto ha soñado. Es capaz de lograrlo, lo sabe mejor que nadie, pero constantemente se encuentra con barreras que le impiden poder alcanzar sus metas. Las esferas contrarias la hipnotizan, poseen un brillo que logra atraer la atención femenina. Encuentra bondad en el interior de Letha, pero sabe de ante mano que su alma no la deja descansar en la noche, que sus acciones del pasado constantemente la persiguen. “Deja de preocuparte tanto, sabes mejor que nadie que puedo defenderme sola.” Capta enseguida el timbre femenino, se percata que se oculta una verdad detrás de esas palabras entonadas de manera serena, pero la fémina se dedica a mirar el semblante contrario, captando cada uno de los detalles en el maquillaje de Letha. “Me hizo recordar cuando mi madre se dejaba gritar por…” Deja las palabras inconclusas, porque de sus pétalos sale información que no debe de permitir que la contraria escuche. “Dejémoslo así, ¿sí?” La pide de favor que se deje de tocar el tema, porque es delicado para ella, y volver a revivir el pasado significa cavar en heridas que no han sanado por completo. Puede parecer ser fuerte, pero cuando recuerda el cuerpo de su madre en el suelo de la cocina, todas sus barreras se vienen abajo. Siente el tacto ajeno, la delicadeza con la que los dedos femeninos recorren las heridas que le dejó el golpe que le propició al ente masculino. Va a sanar. Se lo repite una vez, dos veces, hasta que se deja llevar por el momento en el que están compartiendo. “Digamos que estoy en contra del maltrato a las mujeres.” Comenta, para después encogerse ligeramente de hombros. No le daba más importancia a sus palabras, más la siguiente afirmación vuelve a captar su atención. Puede decirle que es una simple conocida, alguien que por circunstancias de la vida se cruzó en su camino; pero nota un poco de celos en el timbre femenino, la curiosidad brotando de los pétalos que en diversas ocasiones ha probado. “¿De verdad quieres conocer la respuesta?” Arquea una de sus cejas, para quebrantar por completo la distancia que existe entre ellas, y dejar que sus dígitos quiten el exceso de maquillaje que se encuentra en los labios femeninos. “Yo no te ando interrogando, ¿o sí?” Inquiere. “Y mira que sé que tienes muchas amigas…” Deja las palabras al aire, para después, tomar a Letha de la cintura y apegar por completo su figura a la de ella. “Pero lo que importa es que ahora estás aquí conmigo.” Movimiento preciso para poder atraerla a su anatomía, y aprovechando la diferencia de estatura y de fuerza, Karenina se dispone a plantar un beso en los pétalos femeninos; dejando que el momento las envuelva, y que la música amenice un acto que peca por ser impuro.
Es apenas perceptible, pero la vulnerabilidad que encuentra en lo que escucha le ablanda el corazón, ese órgano que refugiado bajo su pecho finge carecer de empatía, cuando la verdad es que incluso el más mínimo roce le hace sangrar. Porque no hay protección ni escudo capaz de resguardar completamente la nobleza que crece dentro de sí. Es aquella la desdicha que se ha de ver destinada a vivir, la de esconder bajo de su coraza sentimientos que como fuego consumen su interior, fervientes, tan grandes que amenazan incluso con convertirla en cenizas. Es aquella la maldición bajo la cual se ve prisionera: sentirlo todo y tener que guardarlo dentro después, acumulando en su mundano cuerpo pesares que no le corresponden ; pesares de los cuales fácilmente podría desligarse, pero que prefiere aceptar sobre sus hombros, todo con la intención de aminorar la carga de quien los comparte con ella. ❛ Sí, por supuesto, ❜ un quedo susurro, un hilo de voz que innecesario ve elevarse pues de pronto el mundo a su alrededor se vuelve pequeño, reducido, tomándolas a ellas dos como epicentro. Comparada a la aterciopelada voz de la castaña, la música rodeándolas toma la semejanza de ruido blanco, estática que no consigue opacar el sereno timbre que le arrulla, le seduce hasta envolverla en su hechizo. Decide, sin más, dejar ir el tema. Olvidarlo. Lo último que quiere es someter a la europea a lidiar con emociones, con memorias a las que no quiere enfrentarse. Sin embargo, el intacto semblante que ha estado adornando su rostro se descoloca cuando es atacada por la vergüenza. Su inquietud no ha pasado desapercibida ante su interlocutora y, siendo su inquisición producto de la diversión ajena, ni siquiera el alcohol en sus venas detiene a la ola de calor que se esparce por su rostro. Letha frunce el ceño. ❛ Yo no tengo--- ¿Por qué habrías eso de---? ❜ Balbuceos apenas comprensibles, la elocuencia la ha perdido entre el séptimo y el octavo trago. Todo argumento que busca refutar la existencia de celos se anula en su garganta cuando su anatomía se encuentra con la impropia. Sus labios se encuentran entre sí, y un suspiro se ve ahogado en sus pulmones, aire que en un cálido cosquilleo se esparce por su pecho. Sus párpados caen, y el mundo le da vueltas bajo la penumbra que le envuelve ( no sabe si se debe al alcohol o si es sólo otro de los efectos que la europea surte en ella ). A lo lejos, puede escuchar a la voz de su consciencia buscando alertarla, recordándole que se encuentra a mitad de una fiesta, que hay decenas de personas a su alrededor, que la mirada de más de uno va a detenerse en ellas lo quieran o no, más sin embargo, su cuerpo decide ignorarle. Delgados brazos se elevan entonces para descansar sobre los hombros ajenos, sus manos se pierden entre su nuca ; dedos sumergiéndose entre las claras hebras de la joven rusa mientras sus labios corresponden al suave vaivén que es creado por los contrarios. Entonces la realidad del asunto le golpea: Karenina le está besando. Le está besando frente a todos, fuera de la privacidad de su residencia, a mitad de una fiesta. De entre todas las personas de la universidad, la elige a ella. Una sonrisa comienza a ser trazada por sus labios, obligando a Letha a apartarse unos cuantos milímetros. ❛ Vaya manera de evadir una pregunta, ❜ se burla, aliento contra aliento, con la punta de su nariz rozando todavía la ajena. Se mantiene tan cerca, que imposible le es asegurar a quién pertenecen los latidos que contra su pecho siente.