—¿Tú crees que Spinoza usaba cremitas para la cara?
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—¿Tú crees que Spinoza usaba cremitas para la cara?

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Primer inventario de inventos
Quisiera, para empezar, escribir un acta de fundación: el acta de nuestra Escuela Crítica de Zapopan. Porque necesitamos una academia de batalla: filósofas, psicoanalistas, historiadoras, economistas; algo que difumine un lado y otro de la avenida López Mateos: de todas las avenidas. Se busca sede, por cierto, con alquiler barato.
Tendría que escribir también la cantidad de tesis posmodernitas cuyos títulos hemos ido acuñando: Masculinidad: de Margarita Zavala al Bronco, Gordura y democracia: ensayo sobre la forma urinaria; los libros como De Lacan a Locón.
También tendría que escribir nuestras obras de teatro. Obras donde se abra un espacio para la auto-catarsis: para hacer trizas a la familia, a los ex novios, a los otros males. Un teatro del exorcismo, no para representar, sino para exagerar el propio drama hasta lograr reventarlo. Abrir lugar no a una vida sin dramas, sino a una vida con otros.
Habría de escribir manuales para armar batucadas: armaría talleres de ritmos latin lover para las manifestaciones. Hablaría de intervenir la marcha y sus consignas, pero también la fiesta, de descaretizarla. Tendría que escribir la filmografía del Cinismo en casa. Pero por más que intentara este inventario de inventos, habría un residuo que se me escaparía: un residuo más grande que el resultado.
No podría terminar de poner en palabras lo que aprendo con ustedes porque la comuna descomunal es una forma-de-vida en marcha.
Venid y entrad al Culo Abierto.
Que se armen los putazos.
El deseo es el deseo del orto.

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Es madrugada y no estamos en Suiza
Las ganas. Las ganas insaciables. El cuerpo del otro que mueve tu cuerpo. Al que se mueve tu cuerpo.
Grindr. Es de madrugada y pide un viaje hacia la casa del muchacho. Grindr, pero también Uber. No lo conoce. La intensidad es tanta que no se detiene siquiera a pedirle su número: foto por foto, ¿roles? complementarios, ¿fetiches? compatibles, ¿condones? suficientes. El desenfreno y la carne.
Deseo. Deseo del deseo del Otro. Objeto precioso que alguien más porta. No nos convirtieron, apenas ahora, en objetos sexuales: nunca dejamos de serlo.
Arriba al sitio: un edificio de departamentos. La verga, erecta; la sangre, bombeando; los músculos, duros. Anticipa los chorros de semen. Sabe que se los va a pedir en la cara porque se ve muy putito. Ya llegué.
En el juego del goce hay algo de más o de menos, que es lo mismo. Si hay un plus que alguien gana, ¿quién pierde?
El otro no le responde. Lo espera ahí afuera, sabiendo que sus mensajes ya no son recibidos; el ojo que todo lo ve se lo desliza en la ausencia del letrero "entregado". Decide llamarle, pero no tiene número adónde marcar. Maldito desenfreno, maldita carne. Lo espera y no hay nada: más que putito es un cobarde. Pendejo: es madrugada y no estamos en Suiza.
Al cabo de un rato desiste de buscar otro encuentro y pide un viaje de regreso a casa. Cuando da todo por perdido ‒la erección débil, los huevos hinchados y azules‒ recibe un mensaje de algún amante. Cáele a mi casa, responde. Pero cuando el amante llega, cuando el amante le escribe ya estoy afuera, él ya está más dormido que su verga flácida.
Call me by your grindr nickname
Manifiesto del orto
Yo es un orto.
Arthur Rabón
Somos los putitos, las mariconas, las afeminadas, las gordas, las obvias, las locas, las vestidas, las prietas, las tercermundistas. Somos las alborotadas, las desatadas, las inconclusas, las despechadas, las depauperadas. También somos las feas y las estúpidas: somos lo que la homonorma escupe por su propio orto: la basura del grindr, las sobras del hornet.
Nos cagamos categóricamente en la masculinidad y sus reivindicaciones; en la plumofobia de las redes sexuales; en la autofobia de los cuerpos abyectos. Nos pasamos por la cola la pretensión de discreción, la creencia de que “quien hace el amor a un macho es doblemente macho”. Desechamos el paternalismo y el patriarcado: la policía de la onvría (como la RAE y sus machitos de la orto-grafía). Decimos una vez más que lo personal es político. La mierda es política: el orto es político.
Pero El Orto no es una revista más para escribir literatura gay, eLeGeBeTé o cuir. Rechazamos que toda escritura esté determinada por la posición de su autor: devenimos movimiento y lo escribimos. Heraclítoris decía que ningún joto puede cruzar dos veces el mismo río, porque un río nunca es el mismo río y una jota nunca es la misma jota.
Pues, como diría Fuckó, nosotros somos los ortos. ¿Le entras?

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Si la patria es el orto, La llamada es el himno.