Volcán
Uno de los últimos jueves de septiembre empecé a llorar. Había tenido uno de esos días a los que estaba acostumbrada mientras intentaba convencerme de que todo estaba bien. El viernes siguió igual, el sábado me dio una tregua, pero el domingo, el domingo ya estaba lista para llorar de nuevo.
No recuerdo como me desperté, pero si sé que en la terraza dejando enfriar el té y con el cielo más celeste que hasta el momento no había descubierto seguí llorando porque me quería ir, también porque no quería hacerlo, porque no sabía cuanto tiempo iba a pasar hasta volver a estar allí y porque me anticipaba a esa nostalgia que sabía que iba a sentir. Alguien me interrumpió y paré. Logré sentirme algo mejor pero a medida que pasaban las horas y las canciones mi ánimo descendía y descendía. Mi cama mi aliada, mi cuerpo un yunque y mis lágrimas demasiadas y por dolor de amor. Y entender de que se trataba me dolía aún más.
Me obligué a levantarme porque la casa donde estaba debía quedar en condiciones y además tenía que preparar la mochila. A la tarde me iba. Se hizo la tarde y seguía ahí, un poco más tarde y a la noche siempre es mejor.
Al micro lo esperé en la parada de enfrente esa que te lleva al lado contrario de donde tenía que ir. Sobre la Belgrano hay una pequeña curva que de esperar del lado correcto no me permitía ver la llegada del colectivo, lo que podía llegar a ocasionar la pérdida del mismo hasta que me pusiera las mochilas al hombro, agarrase la bolsa con la mercadería que había quedado y tomara con cuidado a Tilcara mi cactus. No esperé demasiado. Dejé la mochila grande en la bodega y el resto lo llevé conmigo. Me senté del lado de la ventanilla y fui mirando lo poco que podía ver a través de la noche y los vidrios empañados por el calor de todos los que estábamos ahí. Era mi último viaje dejando Maimara para pasar por Purmamarca, Tumbaya, Volcán, León, Yala, Reyes y llegar a Jujuy. Llegar a Jujuy para irme.
Desde la ruta se veía la ciudad cultural a puro color por la Fiesta Nacional del Estudiante y si, pensé o imaginé una posibilidad.
El micro llegó a la terminal vieja y hasta que logré bajar el chófer estaba haciendo una especie de subasta de mi mochila. La reclamé y entre lo angosto de la vereda, la gente, los niños, los bolsos, mis dos mochilas, la bolsa con mercadería y mi intento de no querer perder ni alejarme de nada parte de la tierra que cubría a Tilcara cayó. Me asusté, me preocupé porque algunas de sus raíces habían quedado al descubierto y su tronco bastante inestable. Lo acomodé, me acomodé y me fui a la plaza en medio de una capital desierta de domingo en la noche. Me pesaba todo.
Como algunas veces pasa no tenía un plan aunque creía que así era hasta el momento en que mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas pero ya no por dolor. Empecé a caminar rápido, enojada, seguramente hablando sola, preguntando y respondiendome a mi misma, puteando, puteando pero en serio.
Era tarde tenía muy poca plata y no conseguía lugar donde pasar la noche. Dos francesas parcialmente en la misma situación y con un auto alquilado me preguntaron a la salida de un hostel si hablaba inglés (masomenos) y si había conseguido lugar. Ante mi negativa me invitaban a ir con ellas a otro hospedaje del que sabían contaba con disponibilidad. Y si, subí, con las mochilas, la bolsa de mercadería y Tilcara que venía maltratado desde que llegamos a Jujuy, en cierto punto los dos nos sentíamos igual.
Confieso que en el auto estaba un poco preocupada, no conozco muy bien la capital y no sabía hacia donde estábamos yendo, fue un trayecto corto que pareció algo menos que eterno. Pero el hostel era real y habíamos llegado. En la entrada nos recibió una chica y Canela, una gata que según la recepcionista no va con nadie pero conmigo si. Los gatos son tan mágicos.
Ya no estaba enojada y tal vez nuevamente intentaba convencerme de que todo estaba bien. Pero luego del check in y analizando mis posibilidades de seguir llorando o irme a dormir, siempre dormir era mi mejor opción. Sorprendentemente al día siguiente me desperté temprano, fui al living y con ganas de irme busqué un pasaje para ese mismo día pero ya era tarde. Saqué para el día siguiente y mientras hacía la reserva Canela sobre mi pecho jugaba de tanto en tanto con la fluorita que por esos tiempos colgaba de mi cuello. Más tarde desayuné. Las francesas estaban en la mesa de al lado pero yo con mis ánimos de pocos amigos solo las saludé al despedirlas mientras las abrazaba y agradecía haberme salvado la noche. Me puse a llorar de nuevo. Dormir fue sólo dormir y no calma. Volví a la cama.
A eso del mediodía me levanté, el martes me iba y tenía que despedirme de la abuela. Guardé en la mochila creo que una manzana, algunas galletitas caseras y tal vez algo de agua y me fui a Volcán. Estaba mucho más nublado que en la capital y en algunos trayectos hasta llovió. Llegué al cementerio y hablando con la abuela seguí llorando. Siempre mis abuelas tanto maternas como paternas escuchando estoicas mis desequilibrios emocionales. Lloraba por lo de siempre durante esos días: estaba triste, tenía dolor y sentía que me habían descuidado. Pero más que nada lloré porque no sabía cuando iba a tener la valentía de regresar.
Volví al pueblo porque el cementerio está un tanto alejado, y tomé el micro de vuelta a la Capital. Por la noche fui a una plaza que estaba cerca del hostel y desde la cual se veía todo el centro. A veces mi mejor opción además de llorar y dormir también es escribir, entonces en cada renglón intentaba analizar, entender, justificar lo que había pasado.
Esa noche Canela durmió conmigo y en la mañana, antes de irme entró a la habitación con un pajarito que había matado tal vez como ofrenda. En el comedor me disponía a tener mi desayuno tranquila hasta que la música empezó a sonar y claro, otra vez la misma historia. Así en la camioneta que me llevó hasta el aeropuerto, así en la sala de embarque, así durante prácticamente todo el vuelo hasta que llegué a Bs As y por primera vez me sentí feliz de regresar.












