ME HACÍAS SENTIR EN CASA
Me hacías sentir en casa,
y entonces pensé: “qué suerte”.
No entendía que hay hogares
donde uno aprende a perderse.
Me hacías sentir en casa,
y yo lo llamé fortuna;
qué poco sabía entonces
de las costumbres que abruman.
Porque mi hogar nunca fue un puerto,
ni un lugar donde descansar;
era aprender que el cariño
siempre había que mendigar.
Me hacías sentir en casa…
y ahora entiendo la ironía:
no era paz lo que encontraba,
era toda mi herida.
Me sabía tus silencios,
tu manera de alejarte;
es curioso cómo el alma
se acostumbra a no importarle.
Esperaba algún “qué orgullo”,
una muestra de valor;
como espera quien, de niño,
nunca escuchó ese calor.
Celebraba tus migajas,
las volvía un banquetazo;
porque quien creció con poco
agradece hasta el fracaso.
Por eso me hacías sentir en casa.
No porque fueras refugio,
sino porque tu amor
tenía el mismo idioma
que mis primeras heridas.
Hoy ya no extraño ese incendio
ni el techo que me vio caer;
si algún día vuelvo a un hogar,
que sea uno donde pueda florecer.
—B | entre lineas.









