A veces, se siente inadecuada— ajena. ¿Qué hace allí? ¿Debería irse? ¿Dejarles para recuperar el tiempo perdido? Son muchos y severos los cuestionamientos que se hace mientras los ve hablar con el otro. Sabe, también, que son reflejos de sus miedos y que no existe el fundamento para actuar en base a ellos. Aunque por escasos segundos, lucha consigo misma mientras los dedos se le enroscan, discretamente, y las uñas se encajan el interior de sus palmas.
"Ah— Olivia estará feliz. Nuestras noches de chicas se estaban volviendo un poco monótonas sólo con nosotras dos; nos hacía falta la inclusión de gente joven," logra aportar a tiempo con diversión, aferrada a la esperanza de que, quizá, eran esos trocitos de normalidad lo que más le hacían falta. Sin embargo, la mención de Sooah aunada con aquel abrazo que no logra devolver a tiempo siembra nueva inquietud que no desiste ni siquiera con las nuevas caricias que reparte Yonggun. ¿Por qué ella? ¿Acaso era la única que se veía a sí misma como una intrusa?
"Es una chica especial," sonríe para él, aunque sólo sea una mueca pequeña, con la atención inevitablemente fijándose en la pulsera que había recibido. "Pero debería ser yo quien les agradezca, no pensé que se sentiría... tan receptiva conmigo," habla desde la culpabilidad de no poder hacer más, de sentir que sus esfuerzos no son suficiente. Pero su mirada vuelve a buscarlo al carraspear. Sabe que peca al subestimarlos a los dos. "Pensé que había dejado claro que te acompañaría a ciegas, hasta el fin del mundo, de ser necesario," no bromea explícitamente, pero sí habla con tersura en su voz. Aquellas palabras eran el ancla y la firmeza que le mantenían allí. Su mantra, su oración de todas las noches.
Entrelazando los dedos con los ajenos, es ella quien va por él, presionando un beso corto en su mejilla. En medio de una pausa donde no se aparta inmediatamente, se recuerda a sí misma: Todo estaría bien. No despertaría nunca porque ya estaba despierta. Yonggun era su realidad, su presente.
"Anoche soñé cuando nos conocimos," decide contarle cuando inician el caminar. "Ese día estaba convencida de que eras un lobo, probablemente porque te veías muy apuesto. ¿Acaso un civil se vería así de bien? Me preguntaba. En el fondo, quería que lo fueras para tener la excusa de seguir preguntándote sobre ti," le mira de reojo, divertida. "Sólo por eso te perdoné por haberme matado, ¿lo sabías?"