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Exacto!
15+ Of The World’s Most Magical Streets Shaded By Flowers And Trees
You are, and always have been, my dream.
The Notebook (via story-dj)
Qué hermosos!

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God knows I didn’t mean to fall in love with her.
Ernest Hemmingway (via story-dj)
AsĂ fue...
[sin fecha]
Amada mĂa, en un año sin ti he envejecido seis. Mi juventud se fue contigo. La gente ya no se sorprende cuando les digo mi edad. Te darás cuenta cuando nos veamos, si es que llegamos a vernos de nuevo algĂşn dĂa. En este año dejĂ© un libro en sus inicios, en la parte importante, en el suceso principal del cual dependerĂan todos los demás. Lo dejĂ© del todo, ya no me gusta, no me reconozco, no soy yo. Ya no escribo, y no quiero hacerlo más. Ăšltimamente sĂłlo escribĂa y borraba lo escrito, me borraba a mĂ mismo; cada letra, cada párrafo se evaporĂł, pasĂł rápido, como los años que ganĂ© con tu partida. Toda mi juventud, la que me quedaba era mi escritura y ya no la tengo. Me he vuelto muy frágil, demasiado frágil… TĂş me llevaste a escribir, y eso me condujo a la muerte. A pesar de todo esto, asĂ me di cuenta de que la muerte sĂłlo es bella en la escritura. DecidĂ explorar otras artes a ver si encuentro mi talento. Ahora pinto, Âżsabes?, las letras ya quedaron atrás. Me refugio en la pintura porque es vida. La pintura es el silencio de Dios donde sobrevivo despuĂ©s de ti.
A scar remembers the wound The wound remembers the pain. Once more you are crying.
—Mark Strand, from “Seven Poems”
Philip Jackson. 1944.
Winner of National Peace Sculpture Competition, Manchester City Council, 1987. Elected Fellow Royal Society of British Sculptors.
16.10.14
En el silencio de tus ojos gobierna mi ausencia. En mis ojos ya no hay fuego y el fantasma de tu recuerdo baila enmudecido. En el silencio de tus ojos, reino de los muertos, mi figura se descompone. La sombra de mi nombre atrapada entre tus párpados, desaparece con el tiempo tan pronto me olvidas.

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GUAYABAS Y APENDICITIS
Desde que tengo memoria, la guayaba siempre ha estado asociada a la enfermedad, a una sola, una terrible: apendicitis. Esta desafortunada asociaciĂłn hizo que aquel viejo chiste del gamĂn que dice ser de Apendi-city frente al gringo de New York City, careciera de gracia (lo sĂ©, tampoco es que fuera muy bueno). La primera vez que escuchĂ© tal asociaciĂłn fue asĂ: cuando me llevaba una guayaba a la boca y tras haberme comido otras 9, a mis escasos 10 años, en un paseo de colegio, un compañero, cuyo rostro y nombre ya no recuerdo, soltĂł esta perla: “la guayaba causa apendicitis”. ÂżApendicitis?, me preguntĂ© ingenuo. Esa extraña palabra sonaba terrible, a nada que hubiera escuchado antes. “Es algo que te da en la barriga –siguiĂł el compañero– y te tienen que operar, sino te morĂs”. QuĂ© forma de arruinar una comida gratuita, una fruta fresca en las manos y su dulce sabor en la lengua, un paseo para librarse de las aburridas clases, una guerra inofensiva de guayabazos. En casa, el mito se terminĂł de configurar: “¡claro que eso da por comer tanta guayaba! –agregĂł mi madre– ÂżNo habrás comido guayabas asĂ no más?” No lo neguĂ©. Con el sabor aĂşn de la fruta –desde entonces prohibida– en el paladar, asumĂ la culpa. La advertencia sobre su consumo me quedĂł clara.
No hay evidencia alguna de que comer guayabas en exceso te cause apendicitis; al respecto la Wikipedia dice: “la presencia de semillas [en el apéndice] es muy raro”; asà ha de ser, si hemos de creerle a Wikipedia. Ahora bien, si ese “raro” abre un margen de posibilidad, no hay un informe que asà lo indique –yo no lo conozco–, y si ese “raro” significa que hay presencia de semillas de guayaba en algunos casos extraordinarios, eso no indica que éstas sean la causa definitiva, pues el apéndice se puede taponar por múltiples factores, entre ellos las heces.
De cualquier manera, con el paso del tiempo este mito de cuando en cuando volvĂa en alguna conversaciĂłn con mis amigos del barrio, que, dicho sea de paso, todavĂa existe y se llama El guayabal –una extraña coincidencia con la escritura de este texto–, ubicado entre los barrios JosĂ© MarĂa Obando; El minuto de Dios; La esmeralda; y El Libertador, en la bella y tranquila ciudad de Popayán.
AsĂ, uno de mis amigos al enfermar de apendicitis y regresar del hospital, contaba con emociĂłn la versiĂłn “oficial” de las causas de su enfermedad: “son las pepas de la guayaba las que llenan el apĂ©ndice”, decĂa con toda seguridad, sin tener en claro quĂ© cosa era el apĂ©ndice; y lo decĂa con la misma seguridad con la que su madre le habĂa infundado esa creencia, que a su vez ella la habĂa sacado de su padre (o sea, del abuelo de mi amigo), o incluso, del mismo mĂ©dico, si habĂa hecho bien en preguntarle.
Uno a uno de los que repetĂan sin dudar esta misma causa a su infortunio, en el barrio o en el colegio, pelaban la barriga exhibiendo la cicatriz de la cirugĂa con una sonrisa de satisfacciĂłn por haber superado a la muerte, mientras los demás mirábamos con asombro. “¡Ahora si puedo comer guayabas!”, decĂan con regocijo despuĂ©s de la mortal experiencia. Recuerdo que a un amigo que era barrigĂłn le daba un poco de vergĂĽenza mostrar el abdomen despuĂ©s de que otro le dijera que su cicatriz parecĂa una vagina regordeta. De modo que la apendicitis se volviĂł un temor mayor para los gorditos, no querĂan salir “medio niñas” del quirĂłfano. Entretanto, a mĂ, bastante flaco por genĂ©tica, no me invadĂa ese temor tonto a la burla sexista ni el miedo a la vergĂĽenza, seguĂa comiendo guayaba como desafiando a mi suerte y con ello a la muerte misma. HabĂa algo de temerario en ese acto, una mezcla de incredulidad, rebeldĂa y esa estĂşpida pretensiĂłn de que uno va a ser joven para siempre, sin contemplar el futuro, afirmando sĂłlo el presente. Con esa actitud adolescente que vulgarmente algunos llaman existencialismo me movĂa yo en el mundo. Muchos me seguĂan en esa actitud (Âżo yo seguĂa a los demás?), quizás para responder de manera negativa a las recomendaciones en casa.
Unos años despuĂ©s la apendicitis se acercĂł a la familia: una prima mĂa fue intervenida quirĂşrgicamente por ese mal. El mito no cambiaba ni desaparecĂa, su insistencia adquirĂa ya ese aire de verdad que de niño toman las historias de espantos contadas en noches frĂas y en un lugar lejos de la ciudad al calor de una fogata; por supuesto, yo ya no era un niño y nunca he creĂdo en espantos, pero la apendicitis habĂa tomado cierto aspecto fantasmal siendo una amenaza real, y en ese momento era muy posible para mĂ adquirirla, dado mi historial alimenticio de guayaba. Vale señalar que esa posibilidad venĂa hacia mĂ con violencia, en tanto que creĂa en el mito, asĂ como las personas se ven afectadas por la brujerĂa desde el momento en que creen en ella o han creĂdo alguna vez; de sĂłlo pensarla me dolĂa el abdomen.
PasĂł mucho tiempo para que me olvidara del mito; tambiĂ©n dejĂ© de comer guayaba a lo salvaje por muchos años, y sĂłlo en juguito casi todos los dĂas a la hora del almuerzo. NingĂşn amigo volviĂł a enfermar de apendicitis y en la familia no se supo de un caso más de la enfermedad.
Sin embargo, la cosa no termina aquĂ. Estando en sĂ©ptimo semestre de filosofĂa y en noveno de psicologĂa, siendo ya un joven con cierta experiencia de vida, me llegĂł la hora. Una tarde me comenzĂł a doler el abdomen, la molestia se intensificĂł al pasar de las horas. El dolor era muy vago al principio, pasĂ© toda la noche asĂ, soportándolo, creyendo que serĂa un malestar pasajero y en la mañana siguiente ya no lo sentirĂa más, pero, ¡quĂ© equivocado estaba! En la mañana el dolor se volviĂł más agudo y podĂa sentirlo todo concentrado en el lado derecho del abdomen. No pude soportarlo más y mi madre me llevĂł a urgencias del hospital Susana LĂłpez. Mientras esperaba quise avisar a alguien de mi infortunio, mirĂ© la lista de amigos y no me decidĂa a quiĂ©n comunicarle mi desgracia. Al final, me decidĂ por Karen, pues ella avisarĂa en la U que estarĂa convaleciente unos dĂas sin poder ir a clases. Alguien debĂa enterarse que posiblemente morirĂa; se que suena muy dramático pero para nadie es un secreto que eso suele pasar. Por cosas más simples mueren las personas en el hospital, y por eso te hacen firmar un documento en el cual eximes al hospital de la responsabilidad de tu muerte.
Pasaron algunas horas para que me revisaran; me hicieron pasar a una sala donde se encontraba mucha gente, creo que eran estudiantes de enfermerĂa y medicina. “¿DĂłnde le duele?”, preguntĂł el mĂ©dico; yo, arqueado del dolor pero de pie, a unos dos metros de distancia frente al escritorio, le indiquĂ© con la mano y un agĂłnico “aquĂ, Doctor” dĂłnde se localizaba el terrible dolor. El mĂ©dico y una mujer, enfermera al parecer o estudiante, quĂ© se yo, se miraron y cruzaron algunas palabras inaudibles para mĂ. “¿Hace cuánto le duele?”, continuĂł interrogando. “Desde ayer en la tarde”, contestĂ©. “Bájese los pantalones y sĂşbase la camiseta”, dijo la mujer, clavándome la mirada expectante. Me sentĂ ultrajado ante esa demanda, pero obedecĂ sin quitarle la mirada de encima, era algo atractiva, no lo voy a negar: cabello liso y negro, tez blanca, ojos grandes y oscuros, labios carnosos y unos buenos senos apretados bajo su uniforme impecable; no pude ver el resto de su cuerpo pues estaba sentada. Pero, quĂ© pena que le vean a uno la verga asĂ, sin al menos un poco de cortejo mutuo y unas palabras insinuantes, todo ello acompañado de un vino que dibuje las sonrisas y amortigĂĽe las falacias propias de una lengua impertinente por la que transita el deseo, digo, Âżno? Ni modo, la situaciĂłn no era favorable, no era el final de una cita, era una cita mĂ©dica, en suma, un momento completamente incĂłmodo y desagradable. “Está inflamado”, dijo el Doctor, “sĂşbase a la camilla”, agregĂł. Me subĂ con mucho esfuerzo. Miradas aquĂ y allá, presiĂłn en varias partes del abdomen y mi correspondiente quejadera. “Usted tiene apendicitis, amiguito”, finalmente diagnosticĂł el mĂ©dico y siguiĂł diciendo: “lo vamos a tener que operar; espere en la camilla ahĂ afuera hasta que se lo llame. Lo van a canalizar mientras se prepara todo para la cirugĂa; va a tener que ser paciente. Pero no se preocupe, todo va a salir bien”, terminĂł con una sonrisa. Esas palabras no me aliviaron en nada, jamás me habĂan operado. Me invadiĂł el miedo, ¡un miedo terrible! ¡ComencĂ© a temblar! La muerte rondaba mi mente mientras me subĂa los pantalones y caminaba fuera del consultorio.
Me sentĂ© junto a mi madre, pero ausente, absorto en mis pensamientos, preocupado por mi destino. Unos minutos despuĂ©s llegĂł una enfermera y me canalizĂł en la mano. Ya no sĂłlo tenĂa que soportar el dolor en el abdomen sino tambiĂ©n el de la mano. ÂżCuánto más debĂa aguantar? Lastimosamente, demasiado; pasaron muchas horas para que me llamaran al quirĂłfano, fueron aproximadamente siete horas de agonĂa más las que ya habĂa soportado antes de que me revisaran. Tendido en una camilla mi agonĂa recorrĂa los pasillos del hospital, mis lamentos se intensificaban con cada minuto en el que pedĂa a gritos que por favor me atendieran. La droga para el dolor no tuvo mayor efecto, sentĂa que mi abdomen iba a reventar. Jamás tuve la impresiĂłn de que el tiempo avanzaba tan lento como ese dĂa. Hasta que por fin vinieron por mĂ, la hora de la operaciĂłn habĂa llegado; “pĂłngase esta bata y rasĂşrese con esta cuchilla el vello pĂşbico”, dijo la enfermera. Envuelto en una bata verde, me llevaron a la sala de cirugĂa. Lo peor, la anestesia general en la mĂ©dula espinal; un dolor más que agregar a la jornada de tortura. Mientras me adormecĂa me embadurnaron de un lĂquido desinfectante de color marrĂłn. Mascarilla en la boca, contando, 1, 2, 3, 4… me quedĂ© dormido. DespertĂ© cuando me conducĂan a la sala de recuperaciĂłn. AhĂ estuve por unos dĂas hasta que me dieron salida, el resto no vale la pena contarlo.
No sĂ© si el comer guayabas tuvo que ver con mi apendicitis, despuĂ©s de todo no creo haber comido muchas como para que estas deliciosas frutas que crecen como maleza en nuestro paĂs se convirtieran en la causa de mi infortunio. Nunca le preguntĂ© al Doctor porquĂ© me habĂa dado apendicitis; el caso es que me dio, me operaron y sobrevivĂ. El mito sigue latente en mi cabeza, una parte de mĂ sigue creyendo que quizás sea posible enfermar por su consumo. DespuĂ©s de todo, sigo pensándolo dos veces antes de comerme una guayaba, pues dicen que la apendicitis vuelve aunque te hayan retirado el apĂ©ndice. ÂżSerá otro mito?
Johnny Rengifo, 2014
La reserva.
DebĂ besarte el dĂa que te vi por primera vez, sonriente y distante entre la multitud. DebĂ besarte el dĂa en que cruzamos palabras por primera vez, tĂş tan alegre y esquiva frente a mĂ. DebĂ besarte el dĂa en que salimos por primera vez, tĂş tan tĂmida, pero curiosa, caminando de mi lado. DebĂ besarte mucho más el dĂa en que me dijiste que sĂ, por siempre radiante entre mis brazos. DebĂ besarte una y otra vez, en la cercanĂa, en la distancia, bajo el sol quemante, la lluvia trepidante, las estrellas soñadoras, la luna encantadora, la frĂa multitud. DebĂ besarte al abrigo de la noche y las calles desoladas... debĂ besarte como si fuera la primera vez el dĂa en que nos dijimos adiĂłs, para amarrarnos las miradas y reservar nuestros suspiros a la memoria de aquellos dĂas en que nos besabamos y no pensabamos jamás dejar de hacerlo.
Juego de sombras
En noches como esta, tan frĂa, tan solitaria, tan mĂa, me envuelvo en tu recuerdo y llamo a la oscuridad por tu nombre. No sĂ© bien dĂłnde me encuentro, pues mi seguridad se esconde. Te dibujo con mi mirada y en cada trazo eres mĂa. Te dibujo entre las sombras danzarinas que asoman por mi ventana. El viento sopla fuerte y es tu voz la que me reclama. Me llamas, tĂş me llamas... No quiero dormir si en la mañana no me esperas, si el sueño me arrebata tu figura alucinada, la que me mira y no me mira, la que me conforta aun siendo nada.
Español y sofĂstica
Cuanto más rica es una lengua, más tramposa es. La lengua con la que hablo y escribo, la lengua en la que soy, el español colombiano, es una lengua compleja y por eso tramposa, como toda variaciĂłn del español. Debo mencionar que al elaborar ese aforismo inicial estuve y estoy ahora pensando en dos ideas; 1) Lacan cuando en repetidas ocasiones menciona las trampas del lenguaje; y 2) Henry Miller al decir “cada palabra es una franja, un barrote”, hay ahĂ claramente una idea del lenguaje como trampa. ÂżTrampa para quĂ©? Para lo que está en juego cuando se dice lo que se dice, o sea: lo que es. En razĂłn de este problema estuve pensando sobre la doble negaciĂłn del español, por ejemplo y especĂficamente, en la frase “no soy nada”. ÂżCuán tramposa puede ser esta doble negaciĂłn en la frase en cuestiĂłn? ÂżPor quĂ© no, simplemente, decir “soy nada”, como en la lengua inglesa? En el uso de nuestra lengua domina la doble negaciĂłn.
Me parece que se trata del problema parmenĂdeo que Gorgias pone en evidencia: el problema del ser como algo del orden del lenguaje. “Justamente —dice Lacan— porque era poeta, ParmĂ©nides dice lo que tiene que decir de la manera menos tonta. De lo contrario, que el ser sea y el no ser no sea, no sĂ© que les dice eso a ustedes, pero a mĂ me parece tonto.” Y Gorgias ya habĂa puesto en evidencia la tonterĂa parmenĂdea (o tontologĂa) a la que se refiere Lacan, no sin poesĂa. Existen dos versiones (una de Sexto el escĂ©ptico y otra en la compilaciĂłn de un AnĂłnimo) de las palabras de Gorgias en su Tratado del no ser, pero llegan al mismo punto: el ser es producto del lenguaje. En su primera versiĂłn el ser desaparece opacado por lo que no es, es decir, nada es, puesto que no hay algo que funcione como sujeto de lo que es: “Nada es”, “si es, es incognoscible”, “si es, y es cognoscible, no puede mostrarse a los otros”; “No es nada”, porque “no hay algo para ser”, con lo cual, dicho sea de paso, no hay identidad entre ser y pensar. Y la segunda pone en evidencia el error de la Diosa del Poema de ParmĂ©nides, a saber, mencionar lo que “no es”, y en ese sentido, hacerlo ser, lo cual es colocar al no ser en el mismo campo del ser: “si el no ser es no ser” o “el no ente es no ente como el ente es ente”. Por lo tanto, no hay distinciĂłn entre “no ser” y “ser” cuando se dice de algo que es. AsĂ, con Gorgias, bien parado en el lenguaje, nada es, excepto en el lenguaje.
Ahora, volvamos a nuestra frase para examinarla. “No soy nada” tiene el sentido del “nada es” de Gorgias. Es evidente por lo siguiente, si la descomponemos y recomponemos usando todas las variables que nuestro idioma nos permite. “No soy [primera negaciĂłn] nada [segunda negaciĂłn]”, es su forma Ăntegra y la más directa. La segunda a la que llamarĂ© “las dos nadas de la existencia”, por decirlo de un modo heideggeriano: “No, soy, nada”; en efecto, las negaciones se mantienen y el ser desaparece en la identificaciĂłn con el no ser. Una tercera variable tampoco salva al ser: “No soy, nada”. Y la cuarta y Ăşltima mucho más gorgiana: “No, soy nada”. Como se puede observar, la doble negaciĂłn es una afirmaciĂłn de la negatividad, con la que, paradĂłjicamente, el ser pretende ser: “no soy nada”, es una afirmaciĂłn de existencia que, a nuestro pesar, la niega; pero la niega siendo, o sea, como sĂłlo puede ser: por el lenguaje, y al concluir como negaciĂłn el ser queda clausurado.
ÂżCĂłmo escapar de este carácter ineludiblemente sofĂstico de nuestra lengua, este español tan sofĂstico en el que somos? Â

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De la utilidad
Quiero irme -y esto es más inevitable que necesario- sabiendo una cantidad de cosas que nunca pondrĂ© en práctica. En la vida, lo que haces se limita siempre a un mĂnimo de tu potencia.