domimie
Las risas a coro, el segundo y tercer golpe en la pared, los dedos de Mimi sobre los labios de Bokjoo pidiendo un silencio que ninguna de las dos está dispuesta a guardar, el cabello claro picando sus mejillas cuando Bokjoo inclina su rostro hacia abajo… detalles pequeños, pero que lentamente comienzan a construir su burbuja personal. Y ahí podía ser todo lo ruidosa que quisiera, por eso ríe de nuevo cuando suelta un “¿qué estás haciendo?” porque el cuerpo de la menor es pequeño. pequeño, suave y con olor a cítricos, y aun así se ve inmensa desde lo alto. y sumamente bonita, piensa Mimi, porque ahora sus labios y mejillas se ven rosas y se sabe culpable. “¿Oh sí? si yo soy la débil, ¿entonces por qué fuiste tú la que vino hacia mí?” Pretende molestar, porque el juego verbal no corresponde con las acciones de ninguna de las dos. Igual no la quiere dejar ganar tan fácil. sí, Mimi puede ser molesta y repetir el nombre de Bokjoo en intervalos de diez minutos solo por el simple placer de decirlo y llamar su atención, pero nunca se movió de la cama. Esperó (casi) paciente a que la otra (casi) terminara sus cosas. Pero el tiempo de protestas termina tan rápido como comienza, y ahora son labios y caricias y exigencias de otro tipo las que mueven sus acciones. Por ejemplo, Mimi se aferra a la nuca de su compañera mientras sus labios se buscan y encuentran, se mueven a su propio ritmo y saborean en un intercambio de dientes y roces que tan solo le producen una nueva serie de escalofríos bastante placenteros por toda la espalda y brazos. se detiene un momento para observar, tomar aire y, esta vez, acariciar con su lengua la zona que los dientes de Bokjoo han marcado y, de paso, tocar también los labios contrarios, delineando con la punta la bonita forma de corazón que exhiben. Quiere decirle que está muy impaciente, pero no encuentra las palabras; está demasiado sumida en los ojos oscuros que parecen devorarla de otra forma. Y ahora la impaciente es ella, que siente las mejillas acaloradas y las palmas calientes, y por eso sus dedos bajan por los hombros hasta el dobladillo de la blusa. Así ocurre un nuevo intercambio de besos en el que Miyeon pide permiso al tirar ligero de la tela. No dice nada pero de repente hay urgencia en sus acciones.
Las risas han cesado hace ya mucho tiempo que Bokjoo casi no puede recordarlas, como tampoco recuerda en qué parte su paper quedó interrumpido, o siquiera qué es lo que ha dicho Miyeon hace segundos atrás porque el dedo que acaricia la longitud de sus labios es tan, oh tan, suave que la deja sintiendo cosquillitas ahí donde recorren, pero también en zonas al azar de su cuerpo como sus muslos o las costillas. Va hacia el encuentro con urgencia y ansiedad porque sólo son besos los que pueden apaciguar la sensación que el contacto dejó tatuada en su piel. Los labios de Miyeon son grandes y carnosos y, cuando atrapa el inferior entre los suyos y lo acaricia con su lengua, le parece como si fuese un gajo jugoso de naranja. Con la espalda tensionada en arco, siente como si miles de hormigas caminasen sobre su columna y la urgencia de ser acariciada por aquellos dedos que son tanto analgésicos como estimulantes es vital, así que cuando siente el jalón en su prenda y deduce su significancia, no tarda en obedecer. Se vuelve a incorporar para despojarse de la prenda con facilidad, sus bucles flojos caen sobre la piel desnuda cuando desliza la remera fuera de su cabeza. Se le pone la piel de gallina bajo el escrutinio. La brisa helada de primavera atraviesa la ventana y le golpea la espalda y no quiere nada con tantas ganas como volver a la calidez de los brazos de Mimi. Pero Bokjoo soporta el deseo y se queda allí en dónde está. Sus manos también son inquietas y éstas comienzan a trabajar en la blusa de la contraria porque ahora es su turno. De abajo hacia arriba Bokjoo deshace botón por botón como si no tuviese urgencia, aunque sí la tiene, aunque es mucha. Pronto se arrepiente, sin embargo, porque le da marco a sus pensamientos para correr salvajes y se encuentra tratando de adivinar cuántas personas más han estado en su posición. Es estúpido. Bokjoo lo sabe y pone rosto de circunstancias, con labios apretados y cejas fruncidas. No quiere pensar. No quiere darse cuenta. Así que aumenta la velocidad de sus acciones y logra luego descubrir su pecho. Sus manos suben por el esternón de Miyeon hacia su clavícula, donde parten hacia ambos lados hasta llegar a los hombros y deslizan por la curvatura de éstos la delicada prenda.













