Klaus Von Blutreich. Nació un primero de Junio, hace cuatrocientos ochenta y nueve años, aunque fue convertido en vampiro a los treinta y dos años, congelando su apariencia en esa edad. Originario de Corea del Sur pero ha vivido en Alemania la mayor parte de su vida. Hermano mayor de Nacht y Lilith. Padre adoptivo de mellizos de cuatro años.
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"Estás hermosa, no tienes por qué estresarte... ¿Te sientes incómoda?" pregunta mientras que está agachado frente a su hija, pues no había querido ni terminar el desfile con su traje de marmota que le pidió. "¿Verdad que se ve linda?" le pregunta a una persona cercana, ya que la niña parecía tener algo de vergüenza. "Igual, podemos ir por algo de comer, no estás obligada a seguir con esto si no quieres." le asegura, sonriente, mientras que vuelve a pararse, ahora con la niña en brazos. "Ah... Creo que no recuerdo por dónde está la comida ¿sabes en qué dirección están?" vuelve a preguntarle a la persona.
¡Alguien atendió el Llamado del Velo! De acuerdo con nuestros registros, se trata de KLAUS VON BLUTREICH, miembro de les VAMPIR, quien ha decidido fijar su residencia en SILVERWADE HEIGHTS. Los habitantes de 𝐋𝐔𝐍𝐄𝐅𝐀𝐋𝐋 no le calculan más de 32 AÑOS y encuentran su parecido con BYEON WOOSEOK una curiosidad imposible de ignorar.
MIKASA, la alcaldía de 𝐋𝐔𝐍𝐄𝐅𝐀𝐋𝐋 se complace en darte la bienvenida a nuestro Santuario. A partir de este momento cuentas con 48 HORAS para enviar la cuenta de tu residente pero, si necesitas más tiempo, no dudes en contactar a nuestros anfitriones. ¡Esperamos que disfrutes de tu nuevo comienzo!
¿Permitirías a la administración usar a tu personaje a lo largo de la trama y/o en caso de unfollow?: Sí / Sí, pero sólo mientras esté activo / No
¿Algo más?: Hermoso trabajo!
DENTRO DEL PERSONAJE
Rostro reservado: Byeon Wooseok.
Cupo laboral (opcional): EN08.
Nombre del personaje: Klaus Von Blutreich.
Edad (real y/o aparente) y fecha de nacimiento: 1 de Junio, hace 489 años.
Vecindario donde reside: Silverwade Heights.
Especie: Vampir.
Naturaleza (completa según el caso):
Vampire - ¿Está a favor o en contra del uso de Complejo B? A favor, aunque prefiere actuar frente a su familia como si lo rechazara.
Personalidad (puede ser un breve párrafo o un listado de rasgos positivos y negativos):
Klaus es, en el día a día, una persona tranquila y bastante fácil de tratar. No suele buscar ser el centro de atención a menos de que esté en misiones, pero cuando entra a una habitación es difícil ignorarlo. Sabe sonreír en el momento justo, decir lo que la otra persona necesita escuchar y hacerte sentir cómode sin que te des cuenta de cómo pasó. Eso no le nace de forma espontánea, es algo que le enseñaron y que perfeccionó durante siglos. Aun así, no lo usa de manera agresiva ni manipuladora si puede evitarlo, prefiere que la gente coopere porque confía en él, le gusta que lo quieran, que lo necesiten. Con otros vampiros suele ser respetuoso y profesional, y con humanos adopta un trato sorprendentemente amable y cuidadoso, como si no quisiera romperlos.
En lo personal, Klaus es reservado y bastante de rutinas. Le gusta tener todo en orden cuando está nervioso, mueve cosas de lugar, acomoda objetos, limpia superficies que ya estaban limpias, es algo hiperactivo, siempre tiene que estar haciendo algún movimiento y tiene la costumbre de sentarse siempre donde pueda ver salidas y entradas. Escucha mucho, recuerda detalles pequeños y casi nunca interrumpe, lo que hace que muches terminen contándole más de lo que pensaban. No es bueno expresando cariño de forma directa, pero lo demuestra quedándose, regresando, cumpliendo lo que promete, su manera de demostrar cariño definitivamente son actos de servicio. Si le toma cariño a alguien, es protector, paciente y hasta cálido. Klaus aprendió a ser encantador porque lo entrenaron para eso, pero la cercanía real, la que no tiene un objetivo detrás, sigue siendo lo que más le cuesta, pero al mismo tiempo, lo que más valora.
Historia (apartado opcional.pueden ser datos relevantes sobre el personaje, por ejemplo, su vida antes de llegar a Lunefall, ¿cómo fue que sintió El Llamado?, ¿cuánto tiempo lleva en el pueblo?, quizás algunos datos curiosos sobre elle…)
Lamento mucho la biblia :’(
Klaus no nació con ese nombre, ni con la frialdad que hoy lo caracteriza. Vino al mundo a finales del siglo XVI, bajo el reino de Joseon, cuando la dinastía Yi gobernaba Corea, en una pequeña aldea agrícola lejos de la capital. Su nombre humano fue Han Seok-jin, hijo de campesinos sin tierras propias, criado entre inviernos crueles, cosechas escasas y una vida marcada por el trabajo físico desde la infancia. Su familia no tenía prestigio ni protección, sobrevivían como podían, doblando la espalda ante nobles y recaudadores, aceptando que su destino no sería más que subsistir. Aun así, Seok-jin creció fuerte, alto incluso para los estándares de la época, con un cuerpo forjado por el campo y una resistencia que llamaba la atención. Se casó joven, tuvo dos hijos y, pese a la pobreza, conoció la felicidad, sencilla pero verdadera.
La noche de su conversión llegó cuando tenía treinta y dos años. Había salido tarde a trabajar los campos, aprovechando las horas de oscuridad para cumplir con las cuotas impuestas. Allí fue atacado por un vampiro perteneciente a un clan infiltrado en la aristocracia de Joseon, un linaje secreto que se ocultaba tras la nobleza y servía como sombra del poder real. El clan, conocido entre los suyos como los Yi Hwangrim, bastardos vampíricos que parasitaban el apellido real, lo eligieron por el poder que vieorn en él, su físico, su resistencia, su silencio. Seok-jin murió esa noche sin entender por qué, y despertó después sin recuerdos claros, sin pasado al que aferrarse. El líder del clan, Lord Yi Gyeom, decidió conservar su nombre de pila como una burla y le otorgó un nuevo apellido, arrancándolo simbólicamente de su humanidad.
Fue moldeado como una herramienta. A él no lo pusieron como noble, era un simple acompañante, el verdugo. Lo entrenaron para cazar, para matar sin dudar, para obedecer sin cuestionar. Su mente fue quebrada y reconstruida, los detalles de su vida humana fueron deliberadamente erosionados hasta dejarlo como un lienzo vacío, perfecto para ser reescrito. Sin embargo, la ironía de su condena vino con la lectura de sangre: al alimentarse de otros, comenzó a absorber recuerdos ajenos, emociones, vidas completas que no le pertenecían. Entre fragmentos de desconocidos, empezaron a emerger sombras de su propia vida perdida. Una risa infantil. El calor de una mano conocida. Un nombre pronunciado con amor.
Cuarenta años después de su conversión, impulsado por una intuición que no podía explicar, regresó a la aldea donde había nacido. Todo había cambiado. Las casas eran otras, los rostros distintos. Nadie lo reconoció… hasta que una mujer anciana, despertada por su presencia en una choza, pronunció su nombre humano. Su esposa. Ella había envejecido esperándolo, convencida de que no estaba muerto. Durante horas habló, lloró, le devolvió su historia pieza por pieza: su matrimonio, sus hijos ya adultos, los nietos que nunca conoció. Seok-jin sintió el impulso inmediato de matarla, así lo habían entrenado. Pero se contuvo, por primera vez. No pudo darle explicaciones, mantenerla ignorante era la única forma de protegerla. Durante años volvió en secreto, dejándoles dinero y provisiones, sin intervenir más, sabiendo que su sola existencia era una amenaza.
El clan lo descubrió. Como castigo y advertencia, aniquilaron su línea de sangre por completo: esposa, hijos, nietos. Nadie sobrevivió. Ese acto quebró algo irreparable en él. Seok-jin no se rebeló de inmediato, sabía que no podía enfrentarse a los líderes. En cambio, hizo lo único que sabía hacer: cazar. Durante años exterminó sistemáticamente a los miembros menores del clan Yi Hwangrim, convirtiendo aldeas y fortalezas secretas en cementerios. Cuando finalmente enfrentó a los de más alto rango, fue derrotado casi hasta la muerte, forzado a huir del territorio coreano.
Vagó durante más de una década. Cruzó el Imperio Ming decadente, sobrevivió en puertos del Sudeste Asiático, pasó por rutas del Imperio Otomano, trabajó como mercenario, marinero y traductor. Nunca se estableció, nunca se permitió vínculos. Finalmente llegó al Sacro Imperio Romano Germánico, donde una noche detectó algo distinto: vampiros cazando en grupo, con disciplina, pero igual, juntos, protegiéndose unos a los otros. Fue descubierto deliberadamente por su líder, quien lo invitó a compartir la presa. Así conoció al clan Von Blutreich.
El vampiro que lo acogió fue Fürst Albrecht Von Blutreich, congelado en una edad avanzada, cincuenta y cinco años, patriarca de un sistema brutal pero cohesionado. Albrecht le ofreció un lugar, él pensó que lo usarían de arma una vez más, pero no, Albrecht lo tomó como un hijo. Fue él quien le dio el nombre Klaus, y el apellido del clan. Klaus se unió con desconfianza, pero se sentía solo y… Sólo quería pertenecer a algún lado. Dentro del clan, escaló rangos con facilidad, su eficiencia, disciplina y experiencia lo volvieron invaluable. Forjó lazos con Nacht Von Blutreich, su igual en carácter y origen, y más tarde con Lilith, una vampira joven a quien terminó comprendiendo mejor que nadie, precisamente porque odiaba lo que era. Klaus no odiaba como tal su naturaleza, pero si hubiera querido tener mucho que los humanos tenían con tanta facilidad.
A diferencia del resto del clan, Klaus jamás logró ver a los humanos solo como ganado. Había sido uno. Había amado, había tenido hijos, había aceptado la muerte como algo natural. Durante siglos ocultó esa diferencia, cumpliendo su papel sin fallar. En misiones fuera de Alemania regresó finalmente a Corea. Cuando Klaus regresó, tras siglos de ausencia, lo hizo bajo otro nombre, pero el país seguía hablándole en un idioma que su cuerpo recordaba incluso cuando su mente fingía no hacerlo. Se movía entre ciudades modernas y templos antiguos con una familiaridad que le vino automáticamente. No buscaba nada en particular, aquella misión para el clan era rutinaria. Fue en una de esas noches, en un barrio discreto de Seúl, donde conoció a Seo Hae-in. Ella simplemente se le acercó primero, atraída por su presencia, era una mujer extraña para él… Atrevida, bastante atrevida, pero risueña y encantadora.
Al principio, Klaus se permitió solo conversaciones breves y triviales. Encuentros nocturnos, charlas sobre música, trabajo, el cansancio cotidiano, le dejaba hablar. Ella hablaba de su vida y el mundo que conocía, él escuchaba más de lo que hablaba, midiendo cada una de sus palabras, asegurándose de no dejar nada que pudiera delatarlo. Hae-in era una mujer que tenía mucho de que hablar. Con el paso de las semanas, las charlas se volvieron más largas, el coqueteo más evidente. Klaus, que había pasado siglos reprimiendo cualquier deseo humano, se descubrió regresando a Alemania solo para inventar excusas que le permitieran volver a Corea.
Fueron meses antes de que se permitiera tocarla, y aun entonces lo hizo con cautela, como si el simple acto de acercarse demasiado pudiera condenarla. Sabía exactamente cómo terminaban esas historias. Él no envejecía. No podía ofrecerle un futuro humano. No podía darle hijos. Peor aún: si la relación se hacía demasiado visible, el clan la marcaría como una debilidad. Fue Klaus quien desapareció primero. Sin despedidas, sin explicaciones. Se obligó a creer que ese abandono era un acto de misericordia. Durante cinco años no volvió a buscarla, convenciéndose de que el recuerdo se diluiría como tantos otros. Spoiler: No lo hizo.
Cuando regresó a Corea en una misión posterior, acompañado por Nacht y Lilith, la curiosidad le ganó. La buscó. La encontró. Hae-in había seguido adelante, se había casado, había amado de nuevo… y había perdido otra vez. Su esposo había muerto por enfermedad meses atrás, y ella estaba embarazada. Klaus no sintió celos. Sintió algo peor: una punzada de reconocimiento. La vida seguía su curso sin él, como siempre. Contra todo instinto, se quedó. No como amante, sólo quería ser una presencia constante. La ayudó económicamente, la acompañó a citas médicas, cargó lo pesado, escuchó miedos nocturnos que ella nunca le pidió resolver.
El nacimiento de los mellizos marcó un punto de no retorno. Klaus se convirtió en proveedor, en figura estable, en alguien que siempre regresaba. No quiso borrar al padre de los niños, pero aún así fue una figura paterna. No prometió nada, pero cumplió todo. Durante los primeros años mantuvo una distancia emocional marcada, negándose a ocupar un lugar que no le correspondía. Fue Hae-in quien se acercó a él poco a poco, pero también, comenzó a notar las inconsistencias: su temperatura corporal, su ausencia de apetito, la forma en que le desagradaba la luz del sol, la inmovilidad de su rostro con el paso del tiempo. Nunca preguntó. Klaus lo supo. Ella también supo que él lo sabía. Sólo compartían miradas que se traducían en simple aceptación.
La relación cambió sin que ninguno la nombrara, se tornó romántica. Se casaron legalmente, más por los niños que por ellos mismos, aunque también lo disfrutaron, y Klaus los adoptó, convencido de que ese papel, el de padre, era lo único que podía hacer bien sin destruirlo todo. Por tres años logró el equilibrio imposible: clan y familia. Hasta que la historia volvió a repetirse. El accidente automovilístico que mató a Hae-in no tuvo culpables claros. Klaus no buscó venganza porque no había a quién culpar. Solo quedó el peso aplastante de la certeza: todo lo que ama, muere.
Llevarse a los mellizos a Alemania no fue una decisión fácil, pero le pareció inevitable. Klaus sabía que dejarlos en Corea equivalía a firmar su sentencia, serían puestos en algún orfanato, no podía dejar que eso sucediera cuando Hae-in confió en él para cuidarlos, aparte, el clan siempre observaba, siempre esperaba el momento oportuno para cortar una debilidad de raíz, no podría mantener mucho más tiempo los viajes constantes. Sin alternativas, recurrió a la única figura que podía llamarse familia: Albrecht. No le suplicó, no lo necesitó; habló con la frialdad de quien ha servido durante siglos sin fallar, exponiendo los hechos como una transacción más. Albrecht, consciente del valor de Klaus y del capital político que representaba dentro del clan, intercedió ante el patriarca supremo, Hochfürst Leopold Von Blutreich, quien aceptó la presencia de los niños bajo una condición innegociable: al alcanzar la mayoría de edad, serían convertidos por la propia mano de Klaus, asegurando así su lealtad eterna al linaje. Klaus aceptó sin vacilar, sellando el acuerdo con la misma obediencia que siempre lo había definido. La verdad, sin embargo, jamás fue esa. Desde el momento en que pronunció su consentimiento, Klaus comenzó a contar el tiempo como un condenado: poco más de una década para encontrar una salida, una grieta en el sistema, cualquier forma de liberar a los mellizos de un destino que él mismo lamentaba. Hasta entonces, haría lo único que sabía hacer mejor que nadie: protegerlos, incluso si eso significaba traicionar a su propio clan cuando llegara el momento.
El llamado llegó en un momento extraño… pero no dudó en seguirlo. Sus hermanos más cercanos lo sintieron, por lo que pensó que sería buena idea dejar que los guiara. Llegaron al pueblo hace unos meses, como están acostumbrados, establecieron sus negocios, una taberna que maneja con nacht y su hermana se encarga de la cadena de restaurantes, estableciendo una franquicia en el pueblo. Está ahí con sus hijos, aunque tiene su propio hogar, a un lado de sus hermanos, en el mejor vecindario del pueblo.