En medio de unas cuantas de las tantas calles caóticas que tenemos en nuestra ciudad, hay un pequeño paraíso lleno de riquezas naturales que no todos teníamos el gusto de recorrer,y con esto admito fue la primera vez que visite este increíble lugar, en el que me sentí como viajando a algo totalmente diferente de lo que me enseñaron era mi ciudad.
No he tenido la posibilidad de viajar mucho por mi país, pero conozco algunos departamentos y expansiones de la bella naturaleza de Colombia. Pongo en el primer lugar en medio de mi mucha ignorancia y desconocimiento de otros sitios a este, puesto que no solo me lleno de vida, sino que también me llenó de una curiosidad por las riquezas que disfrutare de ahora en adelante que estoy ansioso por saciar.
Por solo 2700 pesos disfrute de tantas especies, se veían tan vivas y dispuestas a mostrarle al hombre su utilidad y beneficio para el cuidado. Por donde me movía me llenaba la vista el color verde en todas sus formas. Algunas plantas, particularmente el cactus me fascinaron bastante, esa sensación infantil de tocar lo intocable me llenaba. Era tan completa esta colección que me intimidaba, haciéndome sentir que no me encontraba en mi territorio (una gran expresión del caos humano), sino que me encontraba en el suyo, que eran ellos los dueños y que yo solo podía ponerme en sincronía con su entorno. No sentía deseos de apoderarme de nada ni moverlo de su sitio, todo estaba perfecto tal cual podía apreciarlo.
Recorriendo este sitio y conversando con mi compañera, llegamos al tema de que nuestro sistema nos ha impulsado a un modelo de vida erróneo, que la civilización se convirtió en una gran masa de personas en total desconocimiento de lo que realmente es vivir, llenos de banalidades a lo que ahora le dan el titulo de motivación para su existencia. Dios nos ha dejado un maravilloso lugar en donde no es su principal interés que trabajemos para obtener cosas (ni siquiera uno secundario), sino que también está en sus deseos que apreciemos tanta belleza que ha dejado alrededor nuestro.
no me arrepiento de haber apartado un momento de mi dia y de mi semana para visitar este sitio, que me recordó que no solo estoy aqui para ganarme la vida, o para acumular posesiones, sino para disfrutar de los miles de espacios que aún nos quedan para el esparcimiento.
Absorto en medio de tanta naturaleza me encontré con un sitio al que le dicen Maloka (si, yo también pensaba que era solamente el cine domo que queda cerca a El Tiempo), en donde tuve el privilegio de entrar y recibir información de las actividades que realizaba la tribu Uitoto en ella.
Para hacer un breve resumen, y sin el ánimo de levantar polémicas, lo relacione con una iglesia, un lugar en donde entramos a compartir y a recibir el conocimiento de personas con más experiencia en la naturaleza, a los que se le suele llamar ancianos (entre otros nombres). Al entrar nos pidieron tomar una hoja de las que caen de las plantas, y ingresar de espaldas al espacio. Esto representaba dejar todas las cosas que nos agobiaban afuera, para que mientras estuviéramos ahí, nos encontráramos en un estado de tranquilidad y disposición para aprender y compartir. La hoja representaba nuestros problemas, y la idea era dejarla en en centro del lugar, en donde se realizaría una hoguera. Al ingresar golpeaban un instrumento entre dos personas y de la misma manera al salir. Mi compañera y yo estuvimos de acuerdo en que no queríamos salir, había tanta tranquilidad y nos sentimos transportados al tiempo en el que nuestros ancestros disfrutaban de un espacio en su día para realizar esta actividad. Salimos y sentimos que realmente dejamos nuestras cargas allá, que así como los Uitoto gracias al conocimiento recibido en aquel lugar se sincronizaban con la naturaleza, nosotros también habíamos encontrado una conexión con nuestro ambiente.
La última parada a destacar de este viaje, fue la cascada que rodeaba el sendero que nos llevaba a su nacimiento, y aunque superficial y obra de las manos de algunos servidores del sitio, era fascinante. El agua definitivamente debía ser la máxima expresión de vida del sitio. No podemos negar el deseo que tuvimos de lanzarnos en donde posaba el agua al final de su recorrido.
Al salir, moriamos de hambre, no se exactamente cuanto tiempo duramos adentro dando vueltas, y dimos con un excelente lugar para comer, era comida china, y con 13 mil pesos almorzamos los dos.
Luego de esto no cansados de haber caminado tanto en medio de plantas que nos llenaron de energía, decidimos pasar nuestro atardecer en el muy conocido por todos parque simón bolívar, atravesándolo para llegar a nuestros destinos y continuar con el día de un ciudadano común, no queríamos que nuestro recorrido terminará tan pronto y con tantos deseos de verle el lado bueno a Bogotá.