EXTRAVIADOS
El sonido agudo, tintineante, que se va apagando de a poco. La bombarda había reventado cerca a nuestras cabezas y no, no pasa nada, solo fue un susto. La algarabía continúa, la multitud sigue dándole vuelta a la plaza, algunos entusiastas intentan ponerle ganas, ¡vamos que tienen que correr!, y no, no se puede correr ni siquiera trotar, pero qué más da si estamos recibiendo el nuevo año en Cusco, en la mítica plaza de armas, saludando, abrazando a cuanto desconocido se cruce por delante, exclamando: ¡feliz año! en todos los idiomas que se sepa y salud, compadre, por el año que se fue y el que acaba de empezar, y los fuegos artificiales que siguen iluminando el cielo despejado, ese cielito lindo que muestra una luna casi llena, radiante y tú… tú que sigues respondiendo mensajes y yo… yo que no sé qué hago en medio de este jolgorio y nuestros oídos que siguen tintineando y… ¡happy fucking new year! Boom, otra bombarda que revienta en nuestros pies y corremos, tú de un lado, yo del otro, y nos separamos, nos extraviamos, no nos vemos más.
No fue la primera vez. Aquella vez estábamos en Arequipa, caminando por el Colca. Ese episodio se puede interpretar de dos maneras: 1) ella se confundió de camino, o, 2) yo la abandoné. En realidad fue algo anecdótico. Todo empezó en Tapay, ese pueblo hermoso del que partimos el segundo día de la travesía por el Cañón. Tomamos un camino que nos llevaría por una quebrada hasta la carretera, íbamos sacando fotos de uno y otro lado hasta que llegamos a una cruz. Sigue avanzando que te alcanzo, dijo, entonces me adelanté. El camino estaba bien marcado y, en algunos tramos, empedrado, era casi imposible extraviarse. Así que descendí haciendo paradas rápidas para voltear y no perderla de vista. En algún punto el camino no me permitió verla más, entonces pensé que no demoraría demasiado en alcanzarme y me lancé hacia abajo hasta el final. Allí junto al riachuelo esperé. Cinco, diez, quince minutos y no la vi bajar. Seguro viene parando y tomando fotos. No hay de qué preocuparse. Veinte minutos y nada. Entonces empecé a reprocharme de verdad. ¿Por qué no la esperaste? ¡Joder! ¿Si le ha pasado algo? Puede haberse resbalado, quizá esté lastimada, quizá… Tenía que regresar a buscarla. Eso hice. Dejé la mochila escondida entre unas rocas, tomé los bastones y volví a subir por ese camino zigzagueante. En cada curva esperaba encontrarla, no debería estar muy lejos. Nada. Seguía subiendo, la llamaba, gritaba su nombre y nada. Deberías haberla esperado. No llevé agua, la boca se me secó pero seguí subiendo. Me crucé con un poblador. ¿Ha visto a una chica en el camino? Polera celeste, pantalón negro, sonrisa hermosa. ¿No? Ya ves, ya la perdiste. Llegué hasta el lugar en donde nos separamos. No, no hemos visto a nadie, dijeron dos niños que pastaban sus ovejas. De repente se fue por el otro camino. ¿Por dónde? Por allá, ese camino que baja a San Juan, pues. No, no creo. Caminé hasta el pueblo, pasé por la iglesia, busqué una tienda. ¿Tiene un teléfono? Una, dos, tres… diez llamadas y deje su mensaje en la casilla. ¿Por qué la abandonaste? Intente una vez más. ¿Aló? Escuché su voz, respiré tranquilo.
La mejor manera de conocer una ciudad es perdiéndose en sus calles. Me he perdido en cada ciudad que he visitado, a veces por el simple placer de sentirme extraviado, otras veces adrede. Una vez recién llegado a Arequipa caminaba (con la mochila a la espalda) por la calle Jerusalén en dirección a Puente Grau. Primeros días de diciembre, día caluroso, el Misti de fondo y ella acercándose con una canastita de panes en la cintura. Me detuve en la esquina, ella del otro lado de la calle. ¿Pancitos franceses? Le compré un croissant, saqué mi cuaderno de notas y le pregunté por una dirección. Ah sí, es por allá, venga que te acompaño. Ahí comenzó todo. Ella se encargó de mostrarme la ciudad los cuatro días que me quedé. Una francesa enamorada de la Ciudad Blanca guiando a un limeño desorientado (a propósito). Otro cantar es cuando te toca hacer de guía, como la última vez. Últimos días de diciembre, día nublado, el Misti desaparecido y ella caminando a mi lado con una canastita de uvas en la mano. Primera parada en la plaza de armas y su hermosa catedral, desayuno en el mercado San Camilo, caminar por Mercaderes, de nuevo en la plaza, subir por Santa Catalina, foto aquí, foto allá, con el Convento, con el cascanueces, y ella feliz, entusiasta, preguntando: ¿ahora a dónde vamos? Yanahuara, su mirador y el Misti, Chachani y Pichu Pichu que permanecen ocultos y yo tratando de no perderme, aun así me desoriento y ya no sé a dónde nos dirigimos. Después de idas y vueltas llegamos a Carmen Alto, empieza a llover, regresamos. ¡Taxi! A Yanahuara, por favor. Son casi las tres de la tarde, hora del almuerzo, un queso helado en el camino a la Nueva Palomino. No hay rocoto relleno ni esto ni lo otro, igual entramos y pedimos chicha de guiñapo. Conversamos, quiero pensar que ella lo está pasando bien, eso es todo lo que importa. Volvemos a la plaza, anochece, tomamos un café, ella sonríe, el viaje recién empieza. El día termina y estamos de nuevo en el terminal terrestre, destino: Cabanaconde. Ahí empieza todo.
Llegué a un punto donde había tres caminos. ¿Qué es lo más lógico? Tomar el del centro, dijo el colombiano. ¡¿Ya ves?!, me increpó. Sí, tenía razón, no había manera de que ella tuviera la culpa. Caminábamos por las rieles del tren en dirección a Aguas Calientes conversando con los amigos bogotanos que nos recogieron en la carretera de Santa Teresa a la Hidroeléctrica. Ella recordaba su extravío en el Colca con ironía. No me perdí, solo tomé otro camino. No vi esos tres caminos de los que hablaba, pero le creía. Nunca regreses a buscarme, jamás me voy a perder, dijo categórica. Tenía que regresar, le expliqué el por qué. Sabía que no podría perderse o de hacerlo encontraría la manera de resolverlo, así lo hizo. El caminito la llevó hacia unas chacras de tunas y luego bajó hasta la carretera por donde ya no había camino, a la mala. Si esperaba un poco más la hubiera visto llegar por el otro lado. Pero no, lo que más temía era que podría haberle sucedido algo. Y sí, al final prevaleció la opción 2) yo la abandoné. No hubo más que decir y seguimos caminando. Llegamos a Aguas Calientes, una ducha, almorzamos y subimos a Machu Picchu. Ella feliz, viviendo el sueño aún con la rodilla lastimada de tanto caminar. Prevalecía su sonrisa y eso me reconfortaba, hacía que todo valga la pena. Fuimos dos extraviados pero al final del camino nos encontramos de nuevo. De eso se trata.











