LIBERI [Volver II]
Noi siamo liberi, liberi, liberi di volare; Siamo liberi, liberi, liberi di sbagliare; Siamo liberi, liberi, liberi di sognare; Siamo liberi, liberi di non ritornare!
[‘I Soliti’, canción de Vasco Rossi]
Volver. Uno siempre encuentra la manera de volver. Volver no necesariamente a lo mismo, a lo ya descubierto, a lo ya sentido. Volver a casa después de un viaje breve o prolongado (no importa) es siempre una paranoia. Estar sentado en la última fila del bus de regreso a la ciudad, cuando hacía unas horas caminaba por parajes hermosos, deslumbrantes, conmovedores. Estar sentado allí y perder la mirada en algo banal. No están ya las montañas, ya las cascadas, ya las lagunas y las huallatas; no más ese sentir de paz, de silencio, de desconexión. Estar allí pensando en que todo está perdido, todo ha terminado, todo ha sido casi un sueño. Estar allí es haber salido de aquella pequeña burbuja de felicidad. Estar allí es volver a la ciudad que no me hace bien, que no saca lo mejor de mí. Volver es sumergirme en las eternas desavenencias de una vida multiforme. Volver es, sin ninguna duda, una de las labores más difíciles que me toca afrontar.
…
Frío. No hay manera de ir a la montaña y no sentir ese adulador aire helado, intenso, penetrante. Salir a caminar siempre es una excusa para volver a casa. Casa no necesariamente significa el lugar en donde habitas, me dijo alguna vez. Era una de muchas cosas en las que coincidimos. Si eres feliz cada lugar que pises será tu casa, remarcó. Entonces, como de costumbre, había dejado la ciudad sin intención de volver. Unos días bastaron para sentirme en casa. Ella era mi casa. En cada lugar que nos encontrábamos nos sentíamos como en casa. No esas cuatro paredes que habíamos dejado atrás, no ese utópico edificio en el centro de una ciudad caótica. No, lo que vivimos fue algo nuevo, significante, revelador. Era todo y ese todo se convirtió en vacío. Ella tuvo que volver, yo continué con esa búsqueda atroz de lo efímero y de alguna manera volví a sumergirme en la oscuridad. No he vuelto a encontrarla y no me he vuelto a sentir en casa en ningún lugar.
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Volver es difícil, sí, pero uno nunca sabe cuándo ha de volver. Disfruta de cada momento —repetía ella— porque nunca vamos a volver por aquí. Su voz sonaba segura y determinante. Solo le bastaba sonreír para iluminar el camino, para despejar cualquier duda, para volver a creer. Aquella vez regresaba tras mis pasos, regresaba a buscar ese otro yo que alguna vez supe ser.
Frías, inmóviles, con caminos surcando sus faldas, sendos caminos usados por dioses, hombres y animales, las montañas lucían imponentes y dominantes. Pasaron casi dos años para estar de nuevo por allí. Había algo nuevo que descubrir. Si algo he aprendido en todo mi recorrido, es que el corazón te dice cuándo seguir. Y hay que aprender a escucharlo. Allí de nuevo en el abra no quedaba más que agradecer. Agradecer al Dios en el que creo, al Apu que respeto y a mi corazón que tantas batallas ha resistido. Volver a la montaña es volver a casa, es volver a sentir, es estar presente.
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Volver, todo se trata de volver. ¿De dónde vuelve? –me pregunta el taxista. Respondo desganado, sin querer comenzar una conversación. El hombre calvo y narigudo sigue balbuceando. Lo observo mascullando, parafraseando canciones románticas, argumentando su vasta experiencia. Le sigo la corriente solo para no desanimarlo. Pero no, no estoy en este lugar. He vuelto, sí, pero no del todo. Llegamos –dice de repente. Bajo del vehículo, las calles lucen desiertas a esa hora de la mañana. Todavía no amanece. Camino, solo camino. La mochila no pesa tanto como antes. Algo no está bien. ¿A dónde va? –pregunta un sujeto. Le doy una dirección y sigo divagando. No, no hay lugar al que llegar y sentirse como en casa. No sin su mirada perspicaz, no sin su sonrisa tierna. Aquí es –escucho de repente. De nuevo estoy de pie con la mochila en la espalda. Sigue sin amanecer. Sigo sin encontrar lo que he perdido. ¿De dónde viene? –me pregunta una amable anciana. Me mira asombrada y sonríe. Usted es un errante –arguye y se marcha vacilante. Se avecina un taxi, lo tomo. Esta vez no hay conversación forzada. El silencio es sepulcral. Siento que estoy perdido, que no estoy presente. Miro el camino y quizá no sea el indicado. Quizá deba empezar a volver. Volver a ese sueño que alguna vez primó: mudarme a vivir a la montaña, rodeado de tanta belleza y paz. Servido –escucho decir al conductor. Sí, acabo de llegar. Estoy de pie y por primera vez siento cansancio. Quiero tirarme allí y descansar. Estoy en casa, pienso y busco las llaves. Ingreso. Los ambientes vacíos, oscuros, melancólicos, me acogen. Me sumerjo en aquel desasosiego, triste, sin razón de ser. Dejo la mochila y siento que no tengo nada que contar. No por ahora.
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Frío, como aquella noche en el refugio al lado de la laguna. Frío y una angustia escondida detrás de una sonrisa. No bastan las palabras. Las ideas se congelan. Quiero escribir y no me sale. Quiero expresarme pero soy un témpano. Afuera ya está claro y la habitación sigue oscura. La mochila sigue allí quieta, intacta, impertérrita. Una casaca roja amarrada de un lado, unas botas colgadas del otro. Todo está allí, tal como hace unas horas en la carretera camino al último pueblo de nuestra travesía. Allí esta ella, allí todas las historias, allí mi corazón que no se rinde, allí la oportunidad de volver.
Volver a lo mío es volver a escribir. Escribir siempre ha sido mi manera de escapar a esta debacle. Estoy parado allí y algo empieza a cambiar. Algo ya ha cambiado. Quizá no vuelva a encontrar el camino de regreso, quizá no vuelva a encontrar esa pequeña burbuja, quizá no nos alcance la vida para volver a sentirnos en casa, pero cada que vuelva voy a escribir. Estoy allí y sonrío al recordar su sonrisa. He vuelto, pienso. Siempre encuentro la manera de volver y escribo. Solo escribo.











