PENNYWISE.
La temporalidad es ilusoria, una fábula y raída semejante a la realidad, cuyos hilos finales crujen y se deshilachan ante cada mención de la misma. Juguete perturbador; acumulación de polvo, pudriéndose para siempre en el ático de las imaginaciones más sombrías de un niño. Envenenado por la teatría, las comisuras se elevan guasonas, mirada torcida y mandíbula babeante. Susurros sin lengua vagan por tu mente, braman, barítono como los lejanos zumbidos del trueno. Te ve, Jeremy. Bestia abismal, su risa rompe las sombras, hace malabares con lanzas de luz. Lo bautiza, ésta aberración rechaza a todas las otras criaturas como seres iguales, jugando con ellos o destruyéndolos a elección. Y te va a atrapar, Jeremy. “¿Qué le dijo Gerrrberrrr a Ffffffergal?” Canturrea, incógnita planteada con dejes humorísticos. Eso se encorva hacia adelante, hacia ti, labios pintados aún curvados. “¡Nada, porque me los comí a ambos!“ Risa indisciplinada, más aguda que jamás has podido escucharla, surge similar a un gran estruendo. Y en el medio de la retorcida histeria que sólo Eso porta, el arlequín se desliza hacia ti, palma enguantada se apresura en alcanzar tu extremidad. No pierde tiempo: una de las ópticas entrenadas para cazar vira ausente, rodando en la cuenca, perdiéndose tras el párpado. La mano retorcida en tu muñeca intacta se aferra con más fuerza. Eso se agacha y roe con la filosa dentadura la extremidad, prolonga el sufrimiento, hambriento de ( ¡más, más, más! ) agonía.
Se empalidece, puede sentir cómo la sangre desciende de su rostro y deja detrás una gélida sensación. La escena que con propios ojos presencia parece sacada de una de sus peores pesadillas, un sueño terrorífico, tortura mental con la que se busca atormentarlo. El nudo en su estómago le pide a gritos que despierte, que abra los ojos, que salga de la cama y corra en busca de su madre, pero el terror que se aferra con garras a su dermis le hace saber que no será posible. Que no está imaginándolo, que no está soñando. Está ocurriendo. Está ocurriendo de nuevo. Trémulos pasos lo llevan a retroceder un poco, sus débiles piernas han perdido la fuerza y ahora el moverse resulta un tambaleante andar. La oscuridad que le rodea le inmoviliza, lo convierte en carnada fácil para el payaso. Un ahogado grito abandona su garganta cuando sus tímpanos estallan a causa de la risa lunática que se hace escuchar, miedo, horror que a través de una voz todavía aniñada se manifiesta. Sólo entonces sus sentidos se alertan, deciden accionar, pero la reacción de su escuálido cuerpo llega muy tarde, pues antes de poder ponerse en marcha la demoníaca figura se acerca a él, acaba con la distancia con una velocidad sobrehumana y lo atrapa. Lo atrapa. Jeremy se retuerce, sacude con desesperación su brazo con la intención de zafarse del agarre, pero de nada sirve. Punzocortante dolor le golpea, un desgarrado alarido se le escapa cuando la deforme mandíbula se cierra alrededor de su extremidad, cuando dientes atraviesan carne, arterias y huesos por igual. Vuelve a sacudirse, entre sollozos y súplicas por piedad soltadas entre balbuceos, hace el intento de escapar; tira, hala y tironea con todas sus fuerzas. Quiere despertar. ¡Quiere despertar! No quiere morir así. No así, no todavía.











