Nuevo hardware & Linux = ¿dolor de cabeza? Un poco.
Llevaba ya un tiempo con la idea de comprar un nuevo portátil. Mi viejo Dell Inspiron 6000 ya pedía un cambio, sobre todo en las tareas de virtualización. Su procesador no soporta las instrucciones de Intel vt-x, por lo que arrancar una máquina virtual o el emulador de Android era un dolor.
Hace ya unos años que en casa somos usuarios exclusivos de Linux, por lo que buscaba un equipo que no trajera instalado ninguna versión de Windows para sí poder ahorrar el coste de la licencia. Además, quería un equipo potente, prefiriendo sacrificar movilidad, y quería que montase una gráfica dedicada ya que quería probar el funcionamiento de Steam. Tras haber leído los problemas que está dando las gráficas ATI con Linux, prefería que ésta fuera de nVidia.
Con estas premisas la búsqueda se reduce bastante: resellers de Clevo (por aquí tenemos a Mountain y a Seismic), MSI, algún modelo de Asus y poco más. Lo que más me cuadraba era algún modelo de MSI, aunque lo que me tiraba para atrás era su estética gaming, que uno ya alcanza una edad donde los leds de colores y dragones en la carcasa quedan un poco fuera de lugar :-P.
Tras hablar con un comercial de Mountain tenía decidido esperar a noviembre, que es cuando tienen previsto sacar sus equipos con la 6ª generación de procesadores Intel. Y en esas estaba cuando se me ocurrió entrar a hablar con los chicos de Innova (en la calle Mota; muy majos y recomendable) y me contaron que ellos vendían equipos MSI y tenían disponible la gama Prestige. En esta gama de MSI los componentes y chasis de los equipos son muy similares a los Apache Pro, pero con una estética mucho más sobria.
Al no estar ya disponible el PE60, y teniendo en cuenta que no tenía un requisito importante en forma de movilidad, al final me decidí por encargar el PE70 2QE, equipo de 17″ que monta un i7 5700HQ, con una GeForce 960 GTX, y le metí 16Gb de RAM y un SSD de 256Gb sumado al HDD de 1Tb que trae el equipo. Otro de los puntos fuertes de este equipo es su pantalla Full-HD precalibrada de fábrica, que cubre un amplio rango del espectro sRGB, y es que haber trabajado un tiempo con un MacBook Pro Retina hace que valores una buena pantalla.
El viernes pasado lo tenía en mis manos y me dispuse a instalarle Ubuntu 15.04 Vivid Vervet, que lo tenía preparado en un USB, pensando que no me llevaría más de media hora, y aquí cometí un error. Y es que no hay que subestimar los problemas que te puedes encontrar en un equipo nuevo.
Tras varios intentos fui incapaz de llevar a cabo la instalación; siempre llegaba a un punto (aleatorio) donde el equipo quedaba “congelado”. Pensando en que el problema fuera de la ISO utilizada, probé con Linux Mint 17.02, que al estar basada en una Ubuntu 14.04 LTS siempre es una configuración más estable, y en este caso el instalador procedía sin problemas, incluyendo la opción de probar sin instalar, aunque con un problemilla en la pantalla (temblaba como un flan) al que llegaré más adelante.
En vez de seguir con Mint, decidí probar a instalar Debian. Instalación correcta y rápida (se nota el i7), pero una vez terminada y los paquetes actualizados, la pantalla sigue temblando. Y lo que más me llegó a mosquear, la pantalla del portátil temblando pero la del monitor externo a través de HDMI se veía sin problemas (llegué a pensar que la pantalla del portátil estaba defectuosa)
“Googleando” un poco (con buscar “debian wobbling” es suficiente), se ve que es un problema del kernel: en Linux los equipos ‘optimus’ (gráfica integrada Intel + grafica dedicada nVidia) siempre utilizan la integrada Intel para el renderizado en pantalla, y en el kernel que estaba utilizando (la 3.16) había un problema documentado con las gráficas Intel. Así que me paso a los repos unstables de Debian Sid, e instalo el kernel 4.2 y los problemas con la pantalla solucionados :-)
Ahora vamos con los drivers de nVidia para la GTX 960. Instalación sin problemas, pero al reiniciar el equipo pantalla a negro y avisos de mal funcionamiento del driver; no estaba tan bien instalado como creía :-P. No me siento muy cómodo con Debian (nunca la había utilizado antes), así que decido pasar a Mint.
Como esto ya me lo sabía, instalación rápida y sin problemas; actualizo el kernel a la 3.19 (era la versión más alta disponible en los repos de Mint) e instalación correcta de los drivers de nVidia. Todo funcionado correctamente, aunque Cinnamon no me termina de convencer como escritorio; debo ser de los pocos a los que le gusta Unity :-P
Con la tranquilidad de tener el equipo operativo me pongo a investigar la razón de los problemas con la instalación de Ubuntu. Si era un problema de incompatibilidad de hardware, no entendía que Mint, basada en una versión anterior de Ubuntu se pudiera instalar sin problemas. Y encontré la causa: el problema estaba con el SSD y el modo de utilización en el proceso de instalación de Ubuntu. Al final, para poder llevar a cabo la instalación:
En la BIOS tuve que desactivar las opciones: FastBoot, Intel Speedstep y SecureBoot.
En la instalación añadir “libata.force=noncq” como opción del kernel. Para ello, pulsar Tab sobre la opción de instalaciñon y nos aparace la consola con la instrucción a ejecutar. Ahí lo podemos escribir antes de “quiet splash”. Esto hace que no se utilicen las instrucciones Linux NCQ (SATA Native Command Queueing). El SSD irá algo más lento, pero se evita los “congelamientos”.
Esto solo es necesario para la instalación. Una vez instalado se pude volver a activar las opciones de la BIOS, y no es necesario arrancar Ubuntu con esa opción del kernel.
Con esto ya pude instalar Ubuntu, con todo el equipo funcionando a pleno rendimiento a excepción de la webcam integrada (no se reconocían las hotkeys del teclado del MSI, por lo que no podía encenderla). El 22/10 se liberó Ubuntu 15.10 Wily Werewolf, y la actualización fue sin problemas. Y con está actualización ya funcionan correctamente las hotkeys, incluyendo la de la webcam.
Tras unos días intensos ya tengo el equipo completamente funcional. Y después de una semana de utilización estas son mis impresiones:
El equipo es un cañón: arrancar y entrar en el escritorio puede ser unos 7 segundos, y arrancar el emulador del Android SDK o una máquina virtual es algo inmediato
La pantalla luce bastante bien, y combinada con el monitor externo de 24″ hace que el entorno para trabajar en casa sea muy cómodo.
Con Steam en Linux no hay excusa para no jugar (aunque no estén todos las novedades). Este equipo sin ser gaming puro se defiende bastante bien, y he probado DOTA2 con los detalles altos y lo mueve de forma fluida.
El teclado retroiluminado se agradece bastante cuando se utiliza por la noche.
El aluminio pulido de la parte trasera de la pantalla le da un aspecto elegante. El equipo cerrado tiene un aspecto sobrio y profesional.
Aunque no todo es positivo:
Autonomía: con la batería completamente cargada no llega para más de 2 horas de funcionamiento, y eso para un uso de navegación normal y utilizando la gráfica integrada. Es el precio a pagar por llevar un procesador de 8 núcleos con gráfica dedicada, tenía claro que iba a ser así.
Distribución del teclado: si la gama Prestige es una diferenciación de los equipos gaming de MSI, no entiendo porque le han metido el mismo teclado. Y eso que el tacto y la retroliuminación están muy bien, pero creo que la distribución es un error.
El equipo no es muy “movible”, y no por sus 17″ o sus 2,6Kg de peso (sigue siendo más ligero y estrecho que mi viejo Dell); el problema son las bisagras que sustentan la pantalla: en movimiento no conseguirían mantener quieta la pantalla, y tienen un aspecto endeble.
En resumen: muy contento con la adquisición (a pesar de los sudores con la instalación de Ubuntu :-P). Lo recomendaría siempre que quién lo adquiriese tuviera claro que es un equipo para utilizar más como estación de trabajo que como equipo portátil; para eso hay que mirar a los ultrabook.