Esta es mi reflexión de la jornada de reflexión, extractada y adaptada de un estupendo libro de Shane Clairborne y Tony Campolo titulado La revolución de las letras rojas. Un gobierno puede aprobar buenas leyes, pero ninguna ley logra cambiar el corazón humano. Solo Dios puede hacerlo. Un gobierno tiene la posibilidad de proporcionar buenas viviendas, pero la gente puede tener una casa sin tener un hogar. Es posible que mantengamos a la gente con vida a través de una buena atención médica, pero de todos modos las personas pueden no sentirse realmente vivas. El trabajo comunitario de amor, reconciliación, restauración es una obra que no podemos dejar librada a los políticos. Es la obra que nosotros hemos sido llamados a realizar. No podemos esperar que los políticos cambien el mundo. No podemos esperar que los gobiernos legislen sobre el amor. Y no permitimos que sean las políticas las que definan la manera en que debemos tratar a las personas; al contrario, el modo de tratar a las personas le da forma a nuestras políticas. Los cristianos no deben poner toda su confianza en los poderes políticos. Tenemos que ejercitar una participación que acompañe el proceso político para poder hablarle la verdad constantemente al poder en aquellas áreas en las que el poder parece estar afirmándose de maneras contrarias a la voluntad de Dios. Nuestra meta es buscar primero el reino de Dios. ¿Cómo sería si Jesús estuviese a cargo de mi manzana, de nuestra ciudad, de nuestro país, de nuestro mundo? Eso es lo que tenemos que imaginarnos cuando soñamos con el reino de Dios sobre la tierra. Y alcanzamos a echarle algunos cuantos vistazos a partir de los evangelios: los pobres son bendecidos y los ricos enviados vacíos, a los poderosos se los arroja de sus tronos, a los humildes se los exalta, los pacificadores y los mansos son bendecidos y a los soberbios se los dispersa (Lucas 1.51–53). Y trabajaremos con cualquiera que desee trabajar con nosotros mientras intentamos llegar al reino: sea que se trate de reducir la pobreza o eliminar el aborto, realizar algo significativo por el medio ambiente, cambiar leyes incorrectas, o tratar de asegurarnos de que los más vulnerables reciban cuidados. Pero nuestra forma de tener esperanza es peculiar. Cuando veo carteles con el nombre de Esperanza Aguirre o Manuela Carmena y la palabra esperanza debajo, siento vergüenza. Nos preparamos para la desilusión cuando nuestra esperanza se apoya en cualquier cosa que no sea Jesús. Así que cuando se trata de votar, no lo considero como un lugar en el que depositar nuestra esperanza, sino como una lucha con los principados y poderes de este mundo. Votar es algo así como ejercer un control de daños. Intentamos disminuir la cantidad de daño causado por los poderes. Y para los cristianos, el votar no es algo que llevamos a cabo cada cuatro años. Votamos cada día. Votamos por la manera en que gastamos el dinero y por las causas que apoyamos. Votamos por la cantidad de combustible que usamos y por los productos que compramos. Nos alineamos a través de las cosas todo el tiempo. Prometemos lealtad cada día con nuestras vidas. La pregunta es: ¿esas cosas están en línea con el reino del revés de nuestro Dios, en el que a los pobres, a los mansos, a los misericordiosos y a los pacificadores se los declara «bienaventurados»? Solemos ver que los gobiernos en muchas ocasiones han desperdiciado el dinero de los contribuyentes, lo han robado y debemos admitir que con demasiada frecuencia sus programas son ineficaces, pero también debo ser consciente de las cosas buenas que hacen. Mi tarea como ciudadano es lograr que el gobierno haga más cosas bien hechas y menos trabajo ineficiente que se desperdicie. No tengo dudas en mi mente en cuanto a que Dios es mayor que la iglesia y que la iglesia será usada en los emprendimientos de Dios, pero no solo la iglesia. En el trabajo que Dios realiza en el mundo, todos los principados, todos los dominios, y todos los tronos serán usados. Si vamos al libro de Colosenses, encontraremos que todos los principados y poderes fueron creados por Dios y para los propósitos que Dios tiene en el mundo (Colosenses 1.16–17). Es tarea del gobierno, que es uno de esos principados y poderes, hacer la voluntad de Dios así como es tarea de la iglesia institucional cumplir con la voluntad del Señor. Si la iglesia fracasa en cumplir con la voluntad de Dios, yo soy llamado a ayudarla a descubrir y hacer esa voluntad; y también estoy llamado a ayudar al gobierno a hacer lo mismo. No solo se espera que yo desafíe al gobierno a hacer la voluntad de Dios, sino que haga lo mismo con los otros poderes. Estos principados y poderes incluyen a las estructuras corporativas tales como sindicatos y grandes empresas. Tengo que preguntarles a esas entidades suprahumanas si están funcionando de acuerdo con la voluntad de Dios, porque ellas se imponen sobre la gente e influyen sobre sus vidas cotidianas. Si un gobierno que es capaz de librar de la pobreza a una cantidad enorme de personas en África falla en hacerlo, entonces los cristianos deberían confrontarlo para que haga la voluntad de Dios; en especial cuando el gobierno de nuestro propio país es de aquellos que consume recursos del mundo para hacer posible nuestro estilo de vida de clase media próspera. Los gobiernos han sido creados, según dice Romanos 13, para hacer el bien a sus ciudadanos, y tenemos derecho a resistir a los gobiernos que no hacen lo que es bueno para su pueblo. También tenemos la responsabilidad de alentar a los gobiernos que actúan de maneras beneficiosas. En Mateo 25.31–46 leemos que Dios juzgará a las naciones según la manera en que cada nación se haya ocupado de los pobres y de aquellos que están en prisión y por la forma en que hayan aceptado a los extranjeros. Notemos que Dios responsabiliza a las naciones, y no solamente a la iglesia, por el cuidado de los pobres. Ese pasaje de las Escrituras responde a aquellos que cuestionan si existe o no una responsabilidad nacional en cuanto al cuidado de los necesitados. Dado el tiempo en el que vivimos y las grandes necesidades que tienen los pobres tanto en España como en todo el mundo, se requiere que la iglesia y el estado trabajen juntos para que aquellos que se encuentran en situación de pobreza reciban el bien que necesitan. Mi esperanza es que los Cristianos trabajen juntos con esa finalidad, para conseguir una transformación social donde se erradica la injusticia y el Evangelio cambia las ciudades haciendo descender la corrupción, la delincuencia y la desigualdad.