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Estaba a punto de irse aún con mal humor, hasta que vio que no le habían dado bien el cambio. Molesto se regreso y vio al que estaba detrás de él hablando con la cajera. Parecía que le estaba pidiendo disculpas por lo ocurrido. —Si ya terminaste de hablar con tu noviecita, supongo que puedes irte.—Después de esto miró a la cajera molesto y se acerco a esta. —Creo que no sabes contar bien, o tu maquina no sirve. —Le dio el ticket y le mostro el dinero que le había dado esperando a que la chica reaccionara.
Al momento de escuchar la voz del muchacho que creía había abandonado el recinto, no pudo evitar sobresaltarse pues, debía admitir, su presencia le daba una mezcla de sentimientos que fluctuaban entre la sorpresa y el temor. Nervioso, se apartó con la intención de que el joven pudiese realizar tranquilo sus trámites, sin interés alguno de molestarlo. Lamentablemente sus piernas no estaban de acuerdo con sus decisiones, por lo que en vez de hacerse a un lado suavemente, terminó enredándose con su propio cuerpo y empujando ligeramente al chico. Si bien no fue más que un pequeño toque, tuvo la fuerza suficiente para desatar una cadena de reacciones que no podían tener un buen resultado para Thomas: en primer lugar, las monedas que el desconocido tenía en sus manos terminaron rodando por el suelo de todo el recinto y, en segundo lugar, su botella de agua, a penas abierta, golpeó el suelo con la fuerza suficiente para terminar de abrirse y desparramarse por todos lados, incluyendo el calzado de ambos muchachos involucrados. Sintió como los latidos de su corazón aumentaban a medida que el tiempo se detenía. Alzó la vista intentando mantener la calma y evitar el contacto visual con el joven, mientras balbuceaba algo que sonaba como una disculpa pero que, en realidad, no eran más que un montón de sonidos ininteligibles. Estaba completamente mudo.
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Niklaus esperaba en la fila para pagar un refresco que había comprado. La cajera era tan lenta que llego a frustrar al chico. Rodó los ojos una y otra vez molesto. Se cruzo de brazos con el rostro aparentando enojo. Si la persona no se apuraba arrojaría su refresco que aún no pagaba a la cabeza de esa cajera. Descanso los brazos, y miró con enojo la caja. —Querida si no quiere terminar golpeada por esta botella será mejor que te apures. —Dijo en voz alta dirigiendo aquello a la persona que se encargaba de cobrar.
Había salido de su hogar con la intención de tomar un poco de aire, pero el calor del ambiente no lo acompañaba así que decidió cambiar ligeramente su rumbo y dirigirse a la tienda a comprar algo para calmar su sed. Una vez allí, no tardó mucho en elegir una botella de agua y ponerse en la fila. Notó que la cajera se tardaba bastante, pero no se hizo mayor problema pues no tenía apuro alguno. Sin embargo, parecía que el muchacho que estaba delante suyo no opinaba lo mismo. Observó el alboroto un poco avergonzado y preocupado por la integridad de la muchacha. No era de aquellas personas que intervenían frente a cualquier situación problemática, por lo que esperó a que fuese su turno para dirigirse a la cajera. —Uhh... lamento... lo que ha ocurrido. —se disculpó, mientras realizaba la transacción y esperaba que el joven que se encontraba antes en su posición no lo escuchase.
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Su cuerpo se relajó inmediatamente al notar como el chico tranquilizarse y dejar los temores a un lado. Tenía una especie de conexión con él, y siempre notaba cuando su cambio de humor pasaba. Al menos cuando estaba a su lado.
Andrew era una persona reacia al contacto humano, pero como con muchas manías y miedos que tenía solo, parecía buscarlo cuando estaba con Thomas. Su piel cosquilleaba y dolía cada segundo que no pasaba con la del rubio tocándola. Por eso, no le importó que el chico cogiera sus manos, de hecho un peso que no sabía que tenía en sus hombros desapareció. Su impresión de que Thomas estaba enfadado con él o no quería seguir con aquello ya no era tan real, y eso le hizo todo lo feliz que podía estar en un lugar como aquel.
“No importa, vamos a mi casa.” suspiró. Ahora que Imperia no estaba, vivía solo hasta que le reasignaran una nueva pareja, y le venía increíblemente bien. Tener la casa vacía para él y ocasionalmente el rubio era una cosa que quizá solo tendría una vez en su vida y no iba a desaprovecharla. Si alguien les veía, solo tenía que decir que eran amigos. Todos se creían eso.
Su corazón pareció explotar cuando sus labios entraron en contacto, abrazando al chico por la cintura y bebiendo del beso como si no volviera a besarle nunca más. Emitió un quejido casi imperceptible cuando el chico se separó pero al escuchar el susurro besó el cuello del rubio, que le había quedado tan convenientemente expuesto, con cariño. “Lo sé. Pero pensaba que te ibas a ir. Parecías tan dispuesto a dejarme…” susurró con voz cansada. “No puedes hacerlo. Por favor.”
Se sentía vulnerable pero por alguna razón no le importaba que Thomas le viera así. Quería compartir todas las cosas de su vida con el chico, y sus diferentes modos de ser eran parte de esas cosas.
—¿Estás seguro? —preguntó, temeroso. El parque no era el mejor lugar para estar juntos, pero tampoco lo era la casa de ninguno de ellos. Había tres cosas en el mundo de las que Thomas estaba totalmente seguro: uno, daría su vida por Andrew; dos, La Sociedad tiene ojos en todas partes y tres, odiaba a La Sociedad. La odiaba por no dejarle vivir su vida en paz y plenitud, la odiaba por sus estúpidas tradiciones y, por sobre todo, la odiaba por no permitir que él y su amado pudiesen realizar las actividades más comunes del mundo.
Ansiaba poder salir a caminar de la mano de Andrew como lo hacían todos sus vecinos y amigos. Ansiaba poder acurrucarse junto a él en las butacas del cine y dejarse llevar por lo que veían en la pantalla sin temor a que alguien les increpara. Después de haberse sentido incompleto y ajeno al mundo por tantos años, por fin había encontrado un espíritu afin con quien compartir hasta el lugar más recóndito de su alma y su mayor temor era que por un descuido se lo arrebataran de los brazos. No podía permitirse el lujo de si quiera pensar en perder a Andrew.
Hizo a un lado estos pensamientos rápidamente y se obligó a volver a la realidad, esforzándose por recordar la sensación de las manos del muchacho a su alrededor y disfrutar del suave cosquilleo que el contacto con ellas producía en lo más profundo de su ser, que se hizo notorio cuando, al notar los labios del castaño posarse sobre su cuello, respondió con un suave estremecimiento.
—No lo haré. —prometió— Lo nuestro es algo que ni La Sociedad puede eliminar. —declaró mientras se aferraba al brazo del muchacho, emprendiendo la marcha hacia el hogar del castaño.
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No sabía porque pero aquel chico le agradaba. Además de que su sonrisa le daba confianza. Tal vez si se lo volvía a encontrar se harían buenos amigos. Kimberly no era de tener amigos. Ya que su humor solía cambiar constantemente. Y había veces donde trataba mal a las personas. Pero con él no sentía la necesidad de ser mala. Aquellas actitudes se debían a que por mucho tiempo las personas la habían hecho sentir mal. Y sentía que era su tiempo para demostrar que nadie podía hacerla sentir así. Aunque notaba que su amabilidad aquella semana había estado muy presente. —Sería bueno si lo hicieras. —Respondió y le dio el ramo de flores para que así la ayudara. —Yo soy Kimberly, un gusto.—Le daría la mano pero ambos las tenían ocupadas.
No tuvo problemas al aceptar las flores de la chica, había notado que tenía un carácter particular y no tenía intenciones de alterarlo, por lo que al momento de verse requerido, asintió sin vacilar. Recogió el ramo con una mano y lo acomodó entre sus brazos.— ¿Estás segura de que no necesitas ayuda con alguna otra cosa? —inquirió— Puedo cargar más de un racimo, Kim... berly —añadió, con cautela, no quería sonar irrespetuoso.

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Al moreno el rechazo repentino le hizo daño, lo admitía. Había echado mucho de menos a Thomas todo ese tiempo y solo quería besarle y pasar toda su vida con él. Extrañamente, también se sentía un poco orgulloso de sí mismo por haber conseguido ser silencioso y haber asustado al rubio. En su trabajo siempre decían que era demasiado ruidoso cuando tenían que entrar en la casa de alguien. Hacía muy bien su trabajo, así que no podían decirle nada sobre eso. “Te echaba de menos” admitió Andrew, respondiendo al chico. Era verdad, no se lo podría negar a sí mismo. Había pasado toda su vida engañándose a sí mismo sobre su sexualidad, y ahora que había conseguido encontrar a una persona con la que no tuviera que esconderse, no podía encontrar la manera de seguir haciendo eso. El chico le liberaba de una manera que nadie podría haberlo hecho. “Claro que podemos, nadie nos puede encontrar ahora, créeme. No podía estar sin ti ni un minuto más, necesitaba saber que no estabas muerto. Que todo había salido bien en el simulacro.” expresó con tono preocupado, dejándose llevar hasta debajo del árbol. Besó ligeramente a Thomas antes de que el chico empezara a quejarse, cogiéndole por sorpresa. “Vamos, Tommy, no tengo a nadie más. No puedo perderte.”
Escuchó atentamente las palabras del muchacho y notó la amargura en su voz, conocía esa expresión en carne propia y no le fue difícil identificarla en su compañero, haciendo que el peso de lo que había dicho anteriormente se posara sobre sus hombros y llegase a entender lo que había sido su reacción para Andrew.
No hicieron falta más que esas cuatro palabras para que todo el temor y preocupación que había sentido hace unos minutos abandonara su cuerpo y fuese reemplazado por otras emociones más agradables. No estaba tranquilo, jamás iba a estarlo, no hasta que el funcionamiento de sus realidades cambiase, pero eso era imposible.
Miró al chico a los ojos y, sujetando sus manos, emitió una breve pero sincera disculpa.— Lo siento mucho... —dijo, con suma cautela. No quería entregarle una impresión equivocada al castaño, como si no le importasen sus sentimientos, pero le parecía difícil expresarse verbalmente. Lo suyo era el contacto físico, sentir a su acompañante y sentir que lo que ocurría era real.
Debía reconocer que en un momento la cercanía con el rostro de Andrew lo sobresaltó. Habían pasado días sin haberlo sentido tan... suyo, y le parecía agradable, pero mantenía la convicción de que no se encontraban en el mejor lugar para un reencuentro romántico.
Sin embargo, decidió confiar en las palabras de Andrew y, bajo la seguridad de la noche y la intimidad que les brindaba el pequeño bosque a su alrededor, intentó dejarse llevar por las acciones del chico. Entendía sus sentimientos porque él también los había vivido. Redujo el espacio entre ellos y aferrándose al muchacho como no lo había hecho en tanto tiempo, decidió corresponder el beso que anteriormente había evitado.— No te preocupes, —dijo, alejando su rostro y acercando su boca al oído del castaño— aquí me tienes. —susurró, casi imperceptiblemente.
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—Yo soy un poco fan de la fotografía, pero me gusta auto fotografiarme y a cosas lindas que vea. La verdad mi cámara está llena de fotos mías y de mis amigos.—Confeso al mismo tiempo que reía un poco. —Eso está bien, supongo.—Asintió estando de acuerdo con el rubio. Escucho al chico y miró los lirios. —Oh, se ven muy lindas. La pared de donde las quiero poner es blanca, cualquier color resaltaría muy bien. —Comentó pensando si en llevar aquellos también. —Creo que iré muy cargada a casa. —Sonrió y tomo el ramo de flores que el chico le mostraba.—¿Tú piensas llevar algo?—Preguntó sonriendo.
No pudo evitar reír ligeramente ante la honestidad de la chica.— ¡Está perfecto! —comentó, entre risas. No sabía por qué, pero había algo en la muchacha que le provocaba una sensación de tranquilidad, especialmente al escuchar su risa. Así, no tardó en sentirse cómodo frente a la presencia de esta nueva interlocutora, cuyo nombre aún desconocía.— Pues... no, la verdad. —dijo— sólo estaba dando un paseo. —comentó, pensando un par de segundos en lo descortés que estaba siendo.— ¡S-Si quieres puedo ayudarte! —balbuceó, estirando los brazos, listo para recibir un par de racimos de flores de manos de la chica.— Uh... soy Thomas, por cierto.

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Asintió levemente dirigiendo su vista hacía la cámara del chico que no había notado. Curiosa decidió preguntar. —¿Eres fotógrafo? Quizá sea un hobbie. —Se respondió a si misma mostrando una sonrisa ligera. —¿Éstas? Son para adornar una mesita que está en la entrada de donde vivo. Creo que los colores animaran el lugar. —Dijo ladeando la cabeza mientras observaba las flores que llevaba en sus manos. Desearía poder comprar más pero no podría cargar tantas ya que había ido caminando.
Escuchó atentamente las palabras de la chica, asintiendo con su cabeza.— Así es. —confirmó los pensamientos de la muchacha, al tiempo que le enseñaba su cámara.— Me gusta pensar que es tanto un trabajo como un hobbie. —sonrió.— Hmm... Siento que su color me tranquiliza más que darme energía... —comentó, mientras observaba el resto de flores del lugar.— ¿No te parece que podrías usar algún color un poco más fuerte? —preguntó mientras tomaba un ramo de lirios anaranjados.— ¿Qué te parecen éstas? —dijo, con un poco de nerviosismo en su voz, mientras se acercaba a la chica. Esperaba no sonar imprudente.
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Aquel viernes la chica de cabellos rojizos claros, decidió ir a una tienda para comprar flores para adornar el lugar donde vivía. No sabía mucho sobre estas, solo lo básico. Pero al acercarse a unas de color rosa claro que venían junto a otras moradas, sus ojos se abrieron y las miro animada. Le habían gustado. Pero se preguntaba si podían tenerse dentro o a fuera. Tomo en sus manos las flores y camino hasta donde estaba la persona encargada. Pero antes de llegar observo a una persona viendo unos tulipanes. —Hey, esos son lindos. —Comentó con una voz más animada de lo normal y mostrando una grande sonrisa, aquel día se encontraba de buen humor.
No tenía mucho que hacer ese día, así que decidió ir a pasear por el mercado de flores, uno de sus lugares favoritos de la ciudad. Después del cielo nocturno, las plantas y flores eran sus cosas favoritas para fotografiar. Llevaba unos cuantos minutos de caminata cuando se detuvo a retratar un par de tulipanes especialmente bellos. Estaba en eso, cuando escuchó una dulce voz a su lado. Se volteó con curiosidad y le brindó una sonrisa ladina a la joven. —¿Tu crees? —preguntó, dirigiendo la mirada a las flores de la joven.— Las que llevas allí también son muy bonitas. —dijo, sonriendo nerviosamente.