Eligió una de las galletas con forma de hombre de jengibre y se sentó en la mesada a degustar, por décima vez, lo que habían creado. Mientras Bash acompañaba a Agnes a la cama, el músico se quedó mirando la cocina, sólo admirando el ambiente que le rodeaba y guardando en la memoria esa calidez tan característica de aquel hogar que llenaba su pecho. Dentro de la fragilidad y el poco ánimo de los últimos días, la presencia de Bash, Agnes y su familia se había convertido en algo fundamental. Razón de que hubiese mantenido una actitud más bien antisocial con respecto a demás personas. No le gustaba; no era característico de él, pero había preferido no luchar contra ello, pues suponía que iba a ir superando las situaciones de a poco, igual que su amiga porque, de algún modo, sentía que la fragilidad de ambos se transformaba en fortaleza. Por eso sus labios se transformaron en una sonrisa cuando Bash regresó junto a él. Su mirada suave buscó las facciones femeninas y se quedó allí, pestañeando despacio. ‘Sabes que amo Love Actually, pero, no sé, es posible que termine llorando’ respondió con los ojos en forma de medialuna, sabiendo que no sería primera vez que derramase lágrimas frente a Bash por culpa de una película. Su expresión se llenó de ternura con las próximas palabras que pronunció su amiga. ‘No, gracias a ustedes por dejarme ser parte de esto.’ De sus vidas, de su hogar, de todo. ‘¿Un regalo?’ Sus cejas se arquearon con sorpresa. Entonces recordó que él también tenía un regalo para Bash y el mero pensamiento envió un cosquilleo hasta su estómago (cosa que no supo cómo explicar en el momento, así que sólo lo dejó pasar). Lo había estado preparando desde hace meses (sin exagerar) y ahora que estaba finalmente terminado, lo sentía tan personal que le causaba ansias y nervios y expectación por igual. ‘Yo también tengo un regalo para ti. Y uno para Agnes, por supuesto’ le dijo y enseguida se quedó en silencio un instante, luciendo un semblante pensativo. ‘¿Y si hacemos trampa y abrimos los obsequios hoy? Luego podemos volver a ponerlos en las envolturas y nadie se dará cuenta’ ideó, bajándose de la mesada para ir por otra galleta. Esta vez eligió una en forma de estrella con mostacillas de colores.
Con el paso del tiempo se había dado cuenta que tenía sus propias costumbres navideñas, que diferían en exceso de las costumbres que compartía con su abuela, pero eso no implicaba que en cada pequeña acción que realizaba no estuviese reflejada. La receta de las galletas era suya, también era la forma en que preparaba las infusiones o el no poder beber el café con azúcar. Aquella época no le gustaba por lo nostálgica que se sentía, pero al mismo tiempo agradecía no estar completamente sola. Apagó todas las luces de la planta alta, a excepción de las de la escalera, antes de llegar a la cocina para encontrarse con el músico y le dedicó una amplia sonrisa. “En ese caso, quizá debamos ver algo como The Grinch o... ¿Almost Famous es navideña? No lo se, pero creo que es una buena película para esta fecha”; sugirió. Las lagrimas no eran algo extraño en sus interacciones, sobre todo cuando pasaban mucho tiempo viendo películas, pero tampoco estaba segura si deseaba ver una película triste en ese momento. Se acercó hasta la barra de la cocina, robando una galleta del platón en que se encontraba la primera tanda que habían sacado del horno antes de que Agnes tuviese que irse a dormir. Eran justo como las recordaba, ese año habían quedado especialmente bien. “No es nada, sabes que Agnes te adora y yo también, me declaro culpable”; admitió, riendo un poco. Mordió la galleta de nuevo a la par que asentía, confirmando aquella noticia que le había dado antes. “Claro que si, un regalo navideño con todas las letras”; asintió. Había planeado el regalo con semanas de anterioridad, las suficientes como para que llegase a tiempo pese al cargo en el servicio postal, así que estaba bastante orgullosa de su elección para ese año. Sentía que había que dar regalos mucho más pensados, más especiales, sobre todo cuando esos últimos meses habían sido una montaña rusa. “¿Tienes un regalo para mi?”; quiso saber, levantando las cejas brevemente. “Gracias por comprarle algo a Agnes”; sonrió ampliamente. Ella también tenía los regalos de Agnes en el closet de su cuarto, en la parte más alta, porque sospechaba que su hermana era de la clase de niñes que rebuscaban en todos los armarios por una pista de si existía Santa Claus. Estaba frente a él, dedicándole una sonrisa amplia cuando escuchó aquella propuesta y no pudo evitar soltar un par de risas. “Creo que el año lo vale, por supuesto, pero... ¿No estamos rompiendo todas las reglas navideñas?”; cuestionó, mirándole. “Aunque, es cierto, podemos regresarlos a su envoltura y nadie sabrá que hemos traicionado la tradición”; aseguró, sonriendo. “¡Vamos a hacerlo! No puedo esperar a que veas tu regalo”; aseguró, tirando del mayor para que la acompañase a la sala de estar donde este se encontraba. “¿Estas listo?”; cuestionó, esperando una respuesta de parte del más alto.