Extiendo las manos en la oscuridad y chocan con algo frío y áspero. Una
pared. Me acerco a ella y la recorro deslizando mis dedos en busca de una
salida. Un interruptor. Algo. Camino con miedo a tropezarme. La negrura es
tan espesa que ni siquiera percibo el movimiento de mis manos. Llego a una
especie de plancha de metal fría y noto que sale de ella una protuberancia.
Un tirador. Es una puerta. La salida.
Lo agarro con decisión, empujo y luego tiro de él con la estúpida
esperanza de que puedo abrirla. Pero no sirve de nada. Forcejeo en todas
direcciones, hago fuerza con mi cuerpo, me lanzo a golpear el metal con el
hombro, pero ni siquiera consigo que la puerta baile dentro del marco. Me
arden las manos, me asalta el pánico. Siento que las costuras de mi alma se
rompen por lugares que pensé que estaban sanos, pero en realidad siempre
estuvo hecha jirones. Quiero pedir ayuda, pero, de pronto, caigo en la
cuenta de que no sé qué hay al otro lado. Quizá no pueda hacer ruido.
«¿Acaso he perdido la cordura?».
—Recuerda, Miren —me digo en voz baja—. Piensa si estás en peligro.
No sé responder, no consigo hilar una sospecha con otra, ordenar la
historia, repasar el camino hecho. Me palpo los bolsillos y siento que la
adrenalina recorre todo mi cuerpo cuando noto la forma rectangular del
—Bien. Corre, Miren —susurro con el corazón aterrado—. Llama a la
policía antes de que venga alguien. Pide ayuda. Encuentra una salida.
Lo enciendo y descubro en el fondo de pantalla la imagen de mis padres
junto a mí en una foto que nos hicimos en Bryant Park cuando me visitaron
en Nueva York hace dos meses. Me cuesta desbloquearlo y solo veo el reloj,
que marca las nueve y media de la noche. Me tiemblan las manos, tengo
frío. La humedad se me clava en la garganta, noto en los labios el sabor a
tierra. Marco el 911, pero al instante salta el mensaje de que no se ha
ltima grieta de los muros de mi memoria y hace que todo cobre sentido.
«Recuerda, Miren, recuerda. ¿Cómo has llegado aquí?».
Veo los ojos de Jim en casa. Una cinta de casete. Ayudaba al inspector
Miller a… a encontrar a Daniel. Eso es. Buscaba a Daniel. Su hijo. Perdido
desde hace… ¿cuántos años? Encontraron una bicicleta. Y había cintas de
casete. Sí. Con la última cinta se precipitó todo. ¿O fue aquel ojo que me
observaba? Llamé por teléfono y…, eso es. La llamada. La respiración
gélida…, la pregunta sin respuesta. ¿Qué sucedió después?
Algo me dice que debo darme prisa, que tengo que salir de aquí. Siento
cómo se me acelera el pulso y tengo la sensación de escuchar mis propios
pensamientos demasiado alto. Y tras ellos, de fondo, entre cada palabra,
oigo una voz que me susurra: «No te olvidarás de mí, Miren. ¿Oyes eso?
¿Ese aullido constante de fondo en cuanto se apaga el ruido? Eres tú. Son
tus gritos aquella noche en aquel parque». Anhelo la calma en este mundo
estridente, pero me asusta el silencio absoluto, porque me aterra
enfrentarme a mi voz interior, esa que es guardiana de las historias que he
—Rápido, Miren —me susurro a mí misma—. Piensa. ¿Qué has hecho?
¿Qué te trajo hasta aquí?
Veo a Jim a mi lado en el coche. Se marcha en él decepcionado.
Recuerdo mi reflejo en la pantalla de la redacción del Manhattan Press y
me viene a la cabeza aquella noche de 1997. Reconozco el mismo mareo.
La misma sensación de haber perdido el control. Un puñado de pastillas
sobre una mano delante de mí. ¿Qué me he hecho? Aparece en mi mente el
destello de un incendio iluminando mis ojos. Estaba cerca. Pero… ¿qué