Leyendo sobre Sor Patrocinio y el contexto en el que vivió, al mirar atrás empiezo a entender la grieta de la que venimos. Una grieta que tiene que ver con cómo se entendió la libertad, con la relación entre espiritualidad y poder, y con el lugar imposible que se le dejó a la mujer.
Es un momento en el que, en España, se enfrentan el absolutismo y el liberalismo, y donde la palabra “libertad” empieza a tomar forma… pero no para todos, ni en todos los planos.
La Iglesia se había apropiado durante siglos de lo simbólico, lo sagrado, el lenguaje del alma…Lo convirtió en dogma, en jerarquía, en poder…Y frente a eso, los movimientos liberales y después los anarquistas reaccionaron con fuerza: rechazando todo lo que viniera de la religión, símbolos sagrados,o rituales. Se volvieron iconoclastas. Y es comprensible.
Pero en ese gesto también se perdió algo más antiguo.
Porque lo simbólico no pertenecía originalmente a la Iglesia. Venía de una sabiduría mucho más antigua, ligada a la tierra, al cuerpo, a los ciclos, a la intuición, a lo invisible. Y esa sabiduría había estado, durante siglos, muy vinculada a lo femenino.
Ahí aparece una brecha que todavía arrastramos.
La libertad empezó a entenderse como razón, política, pensamiento ilustrado. Y lo espiritual quedó fuera del campo de lo legítimo, marcado como superstición o algo sin lugar. La mujer quedó atrapada entre dos modelos: o la mujer religiosa, obediente y silenciosa; o la mujer libertaria, racional, iconoclasta, despojada de lo simbólico.
No había lugar para una espiritualidad libre, propia, vivida desde dentro. No había espacio para una mujer que pensara, sintiera y explorara lo sagrado sin someterse a una institución ni renunciar a su autonomía.
Y esa misma grieta la viví en mi propia historia. Nací en un entorno profundamente religioso, donde la fe era norma, obligación, dogma: ir a misa, hacer la comunión, cumplir. Un mundo donde lo espiritual estaba completamente ligado a la autoridad y a la obediencia.
Y más tarde, cuando salí de ahí siendo muy joven, entré en otros espacios que se definían como libres, libertarios, punkis, anarquistas, antisistema, iconoclastas... Lugares donde cualquier cosa que oliera a religión o a espiritualidad generaba rechazo inmediato. Cuando empecé a nombrar el alma generó algo que luego se desarrollaría a más.
Fue un choque fuerte entre dos mundos.
Y en ninguno de los dos terminaba de encontrar mi lugar.
Hay algo en lo que esa intransigencia de ambos mundos se hace especialmente visible, y es en la forma de vestir.
Cuando vivía con mi familia yo me cambiaba en las escaleras de mi casa cada vez que salía a la calle y me volvía a cambiar antes de entrar a casa. A mis padres siempre les ha horrorizado mi manera de vestir, que con el tiempo han ido aceptando… lo de las trenzas, capuchas o los pañuelos en la cabeza, que llevo desde principios de los dos mil, les ha costado muchísimo y para mí todo ello se ha convertido en símbolo.
Luego ya libre e independiente, recuerdo, por ejemplo, un concierto que hicimos en aquella época, en el norte. Una chica cercana al grupo se me acercó y, mirándome de arriba abajo, me dijo algo así como: “Pero llevas un pañuelo en la cabeza, una camiseta con letras árabes, un chándal de Lacoste y un tanga rojo?”
Yo en ese momento pensé: ah, se me ve el tanga, intentando situar en qué momento había pasado, y la miré sonriendo, sin saber muy bien qué contestar.
Pero ese momento se me quedó muy marcado. Porque ahí entendí que incluso en esos entornos que se decían libertarios, iconoclastas, también había cosas que no encajaban. Que también existían códigos, y formas “correctas” de presentarse, de vestirse…
Da igual que sean espacios punk, anarquistas o raperos: siempre hay una estética esperada y una manera determinada que cada uno estipula adecuada de ser. Y yo, con mi Flow, que siempre he sido muy mía a la hora de vestir y de expresarme, tampoco terminaba de encajar ahí.
Con el tiempo he ido viendo que muchas posturas que se presentan como libertarias reproducen otras rigideces. Cambian las palabras, pero no siempre las estructuras. Nuevas ortodoxias, nuevas normas, nuevas formas de exclusión.
Quizá por eso figuras como Sor Patrocinio siguen resultando incómodas, porque encarnan una grieta antigua. Mujeres que, en contextos muy distintos, se atrevieron a unir espiritualidad y acción, interioridad e influencia. Y eso, ayer como hoy, sigue siendo difícil de comprender.