“It shall rearrange things”
Este screenshot pertenece a The legend of Zelda Majora’s Mask, un juego que inicié por error a los cinco años y terminé como a los diez, porque a esa edad como que no se me daba el inglés. A consecuencia de esto pasé como dos años dándole vueltas a la misma mazmorra. Dentro del juego, después de obtener las máscaras de los espíritus del bosque, la montaña y el océano, te diriges a Ikana donde debes obtener la máscara del espíritu del desierto y así evitar el colapso del mundo Termina. Dentro de Ikana, enfrentas al maestro Garo, jefe de unos ninjas acusados de espionaje, asesinato y demás cosas horribles, quienes son exiliados al desierto. Nunca se sabe si esas acusaciones son ciertas, todo parece indicar que la máscara Majora tiene que ver con todo acto/suceso injusto y cruel dentro del juego, directa o indirectamente, pero también exhibe el entramado social dentro de ese universo, con todo y sus decadencias (aysi). La imagen se centra en el encuentro entre el jefe Garo y Link. La frase refiere a las propiedades que adquiere la flecha de la luz dentro del laberinto Ikana, la cual permite accionar ciertos dispositivos que provocan que todo de un vuelco al revés, y lo que antes era abajo ahora es un arriba. Me gustaba esto porque suponía romper con la naturaleza dentro del juego.
Durante varios años, que van desde mis quinces hasta mis veintitantos, me obsesioné con encontrar frases, imágenes (como esa), textos, ensayos, objetos, todo lo que me remitiera y ayudara a reafirmar una creencia que me nació desde que iba en la primaria (por dar algún indicio de origen, ya que no recuerdo ni el momento ni detonante exactos, solo se que sí fue por esos años); que la Luna era mala o sencillamente me disgustaba. La razón que encontré gracias a mis minuciosas investigaciones (invenciones), que generé (y que me siguen hasta la actualidad) cuando apenas y me sabía la tabla del siete, fue que la Luna le quitó su lugar a la Noche en el cielo. Para mi la Noche existía como el cielo oscuro, sin mayor exceso de luz, antes que la Luna llegara y con su brillo la extinguiera. Entonces, la Noche (siempre con mayúscula), tomó la forma de un girasol para así no tener que desaparecer para siempre (como un acto de supervivencia) ni perder para siempre la oportunidad de ver/convivir junto al Sol.
Aunque lo que encontraba eran más bien fragmentos que re interpretaba o re acomodaba, yo los utilizaba como evidencia. Siempre indagué en mi necedad de estar en contra de la naturaleza de la Luna, hasta encontrar que mi inconformidad no era para con ese pedazo de roca espacial, suspendida y unida al planeta por ambas interacciones gravitatorias, si no más bien con las múltiples concepciones que se generaron a partir de ella (mejor dicho de una figura idealizada de ella).
La Luna se ha representado hasta el cansancio y adjudicado muchos eventos, algunos tienen que ver con creencias nativas de distintas regiones, como una forma de entender fenómenos naturales, pero también de conceptos colonizadores y arraigados a cosas que consumimos, cuyo origen se encuentra dentro del mercado de las cosas en cuando a políticas neoliberales, que lejos de ser representaciones bellas, armoniosas, que unen o “inspiran”, el objetivo sigue siendo el mismo, un determinado consumo del objeto idealizado. A consecuencia de esto vemos generalidades en sus representaciones y formas de entenderla: que si la Luna trae calma, que es bella, que es quieta como la mujer, que brilla en la oscuridad (aludiendo a un bien que prevalece sobre el mal, haciendo uso del color negro para representar lo negativo, lo malo o la nada, cosa que me tomé personal al ser la Noche negra/oscura, y eso evidentemente la atacaba/excluía, en términos de mi propia creencia. Sonará de no creer a mi edad, pero estas inconformidades se manifestaban en malestares extraños que intentaba entender). Algo que se me hacía muy chocante eran los poemas que la utilizaban para analogías mamonas, tendenciosas, perjuiciosas, que solo exhibían lo que acabo de mencionar, una opinión/concepción generalizada a raíz de lo consumido, como en películas, libros, tarjetas postales, citas fragmentadas, canciones, entre otras fuentes, porque entre más consumas eso, eres más tú. Para empezar la Luna ni brilla, me decía a mi misma, jamás vi el puto conejo hasta apenas un par de años y recuerdo el debraye inmenso que me generó una chica (que amé), quien me dijo que ella no veía un conejo, si no una hormiga.
La firme creencia de que la Luna brillaba más que el Sol, en términos de metáforas o analogías, me tenía hasta la coronilla. La Luna brilla gracias al Sol y el Sol es mucho más rico en propiedades, pensaba, partiendo del hecho de que nadie sabe nada de él. Esto me recordaba un poco a la frasesilla medio mamona que estuvo muy de moda en aquella época (por los dos miles): “para qué quiero pies si tengo alas para volar”, que ni siquiera se si está completa o en qué contexto fue dicha. Me molestaba escucharla o leerla porque en su mayoría, quienes hacían uso de ella, eran personas que se quejaban del Sol, de las caminatas (aunque fuesen minúsculas) para llegar de un punto a otro, quienes daban por sentados los hechos sin cuestionar sus fuentes, quienes bulleaban a unos compas en el salón de clase por comportarse distinto, quienes se reían de los que querían llorar, quienes normalizaban actos de discriminación por complacer a otra mayoría. Yo pensaba que si no sabían valorar el “caminar” mucho menos iban a valorar el “volar”. Claro que estas quejas eran con respecto a la propia metáfora, tampoco es que yo haya sido muy estúpido para creer que podrían volar con alitas brotadas de la nada (o sí o no o sí). Estamos hablando de que yo iba en secundaria y todo era difícil, extraño y creía que todo esto era producto de “la etapa”, pero claramente no fue así. No era la famosa etapa, tampoco que siempre quisiera llevar la contra. Estas nimias soluciones que se me daban querían desviar una pulsión genuina; yo quería mi espacio. Un espacio mío, propio, que no tuviese que ceder a estos conceptos que para mi eran carentes de sentido, de alma o que solo eran aburridos, absurdos dentro de su propio juego, pero también, la libertad de elegir y aceptar o no aceptar lo exterior. Jamás podremos escapar a determinada manipulación y ya en ese sentido nosotros elegimos qué dejamos y no entrar.
Cuando cumplí como veinte años descubrí “An Oak Tree” de Michael Craig, obra que me voló la cabeza en ese entonces. Esa obra dialoga con la idea de transformar la materia (en términos ontológicos), en otra cosa a partir de su concepto, fundamentado desde su matriz (ora sí que con el corazón), esto con el propósito de cuestionar en qué está cimentado nuestro conocimiento sobre las cosas, los conceptos, en el cómo los símbolos, el lenguaje, ayudan a conformarlo, la serie de argumentos y hechos que establecemos en conjunto como una determinada verdad y hasta qué punto es posible decir que las cosas son o dejan de serlo, en la forma en cómo lo vemos, percibimos, interpretamos (buscando la muy sonada deconstrucción). La obra formó parte del hilo conductor de mi serie de necedades que me ayudaron a entender porqué me ensañé con la Luna y con otra serie de cuestiones que me molestaron y me siguen molestando. Es porque dentro de los pilares que constituyen nuestro conocimiento, existen redes y más redes de nociones y pensamientos engendrados a partir de otros que son muy cuestionables al momento de analizar sus orígenes. Para mi era (y es) ridículo que estas creencias generalizadas a la luz de percepciones muy superfluas eran aceptadas, mientras que a mi se me excluía por auto nombrarme Max, por referirme a mi como “él” o como “ella” (teniendo mis propios motivos), por decir que la Luna no me agrada, porque me guste la pizza hawaiana, por usar libros como tablas para cortar verduras o papel cascarón, o por mis tiempos (muy lentos) para conocerme y entenderme a mi mismo. Claro que no estoy en contra de cuestionar, todo lo contrario, ayuda a enriquecer opiniones y fundamentos, pero sí estoy en contra de las exclusiones y dobles discursos, que se disfrazan de razones, buenas intenciones y exclusividades.
La frase “it shall rearrange things, in which the earth is born in the heavens and the moon is born in the earth”, antes de conocer la pieza de Craig, significó el guiño para demostrar la necesidad que tenía de cambiar el entendimiento de las cosas, al menos, en mi propio espacio con respecto a quienes me rodeaban. Fue un respiro y motivación en ese entonces, yo entendía la frase como si fuese la introducción a la obra de Craig.
La luna (y sigo haciendo hincapié del concepto común, romántico quizá), nació aquí entre nosotros, no brilla, no es mágica, no es un ente inalcanzable y puro, son quienes la han idealizado en el mundo, nuestro mundo, quienes la han dotado de dichas cualidades por encima de otros fenómenos, relegándolos a términos inferiores. Por tanto establecemos los parámetros para conseguir que la luna lo sea, así surge y se sustenta, como la vemos suspendida allá arriba, somos quienes la mantenemos ahí; la luna emerge de nuestro mundo, la tierra (con “t” minúscula), anochece cuando la luna “sale” del Este. Pero, en cambio, el mundo puede estar aún más elevado que la propia luna, siendo que lo creado propiamente por él, proyecta otras visiones generadas por aquellos que vivían debajo de ella, las minorías y otras que no pueden (o no quieren) ni clasificarse o buscan una voz propia. Cuando la orientación cambia y se exhibe al “otro” origen de las cosas, son ellos quienes están arriba y no abajo. “It shall rearrange things”.