Mi cerebro tiene grabada la premisa de que vivir cerca del trabajo influye de manera positiva en tu calidad de vida.
Hay países que han peleado desde hace años la batalla de que los trayectos se consideren como parte del horario que debe ser pagado.
Tengo compañeros que tardan cotidianamente una hora y media en llegar a la oficina siempre y cuando no haya un choque en Lázaro Cárdenas.
Vivo con un K cuyo trayecto al trabajo toma unos ocho pasos. Para darlos, no necesita más que terminar de secarse, pasarse el cepillo por la cabeza, ponerse una playera Polo y enredarse la toalla para estar listo para iniciar el laburo. ¡Total!, ya podrá cambiar la toalla por algo más en el descanso de 15 minutos.
Yo estoy en un punto intermedio. Hace años, hacía unos 23 minutos manejando de ida y unos 38 de regreso.
Como el tráfico ha cambiado y yo ya no manejo a la oficina, mis traslados son de un poco más de 50 minutos, que incluyen 2 caminatas leves, aventuras cambiantes cada día y a veces, tiempo y espacio para maquillarme o leer.
Y bueno, con estos lentes de "ya a mi edad..." que empiezo a usar de repente, veo una pequeña grieta en el tema de sufrir los traslados... ¿y si fueran, además, parte de vivir?
Mis compañeros los que tardan tanto han encontrado la manera de transitar juntos parte del camino y la convivencia los ha hecho conocer y entender un poco más al otro; K considera que la toalla es parte del encanto, y yo... yo a veces me encuentro algo que me convierte en delincuente por robarme una foto de aquello que veo desde lo alto del "Tepeyac-Fortín"
Juzguen por sí mismos y cuéntenme que opinan...











