PERPETUIDAD
La puerta para entrar al panteón de La Purísima en Zacatecas es pequeña. Estrechas calzadas conducen a terraplenes bordeados por ladrillos de cantera y en estos pequeñímos páramos se yerguen desde grandiosos mausoleos hasta discretas lápidas, unas ya cubiertas por yerba y moho. Un viento frío, reminiscente del crudo invierno, sopla e intenta colarse en alguna tumba abierta, como buscando anidar ahí. Está nublado y se respiran notas entre herbáceas y minerales. De pronto se dejan de escuchar los ruidos de la ciudad; como si el cementerio se hubiese encapsulado en una atmósfera callada y sigilosa, como esperando que entrara alguna procesión fúnebre que deposite su ofrenda humana en las obscuras fauces de algún sepulcro expectante y hambriento. Camino entre montículos de tierra con sus cruces y flores de plástico descoloridas y lápidas con voces ancestrales; una mujer se lamenta: "El Señor lo llamó y yo lo entregué llena de dolor pero resignada con su Divina Voluntad. Su inconsolable esposa le dedica este recuerdo". Inconsolable. Ese estado no puede durar mucho; puede traer graves consecuencias. Espero haya encontrado a otro hombre después. Más adelante encuentro una declaración interesante: "vivió con la virtud de los cristianos, sufrió con la resignación de los mártires, murió con la tranquilidad de los justos y su muerte fue grata a los ojos de Dios". Debo suponer que la mujer que yace en aquella elegante tumba murió de alguna dolorosa y prolongada enfermedad, eso explicaría lo de la resignación y el martirio. Lo de que los cristianos vivan de manera virtuosa no es muy cierto que digamos y que Dios haya aplaudido su muerte me deja pensando sobre el carácter sádico de este ser omnipotente, que pudiendo haber librado a esta piadosa mujer de de una agonía dolorosa, prefiere mortificarla para regocijarse en su sufrimiento. Lo único que aplaudo es que haya muerto tranquila. Continúo mi recorrido. Una lápida rectangular de cantera con un inserto oval de mármol al centro nos informa que "Pedro de Alba espera aquí la resurrección". Fecha de muerte: 1896. Alguien avísele a Pedro que aún no se tiene fecha concreta para la resurreción, por lo que podría convenirle cambiar su agenda e ir a esperar a un sitio menos macabro y decididamente más cómodo. Luego hay otra tumba muy antigua; casi toda la inscripción ha sido erosionada pero alcanza a leerse claramente la frase "sus tristes hijos". Imagino que el del sepulcro es el papá -o mamá-de los tres hijos y, desconsolados, lloran su muerte, o que los que están ahí guardados son los hijos. Quien sabe. A unos metros de ahí se levanta un mausoleo de los años 20. Una puerta de forja con un viejo candado impiden el paso hacia una cripta subterránea. La luz del día solo alcanza a acariciar unos cuantos escalones antes de ser succionada por una obscuridad húmeda y arrebatadora. Doy un grito breve e intenso esperando un eco pero el sonido se desbarata y es absorbido. En aquel laberinto misterioso. Puse mucha atención y quizá alcancé a escuchar algo, una vociferación, un susurro, un mensaje; no me quiero enterar. En mi recorrido veo un árbol de hojas caducas y bajo éste una lápida con una cruz enorme y una inscripción que anuncia que "qui sub umbra crucis hic jacent in aeternum requiescunt", y las hojas secas caen encima de la inscripción y se mezclan con aquellas palabras y generan memorias rotas, silencios palpitantes y perturbadores, recordatorios de un ciclo que jamás habrá de repetirse. Otra tumba me perturba: es de un niño. Se trata de una tumba sencilla; hay flores secas y un osito de peluche abrazando la cruz. Se me cierra la garganta e intento tragar saliva pero no puedo. Los ruidos de la ciudad vuelven a filtrarse al panteón; hay aves de negro plumaje graznando sobre los árboles grises y las nubes van cediendo, rasgándose lenta y dolorosamente para dejar pasar la luz del sol. Emprendo el regreso por una calzada empedrada y las tumbas van como disolviéndose a mi alrededor, como si todo aquello hubiera sido un mal sueño, que no una pesadilla y ellas me observan, ruinosas y sonriendo, como si fuera yo tan solo un espejismo. Muchas de estas lápidas, al final de sus nombres, años de vida y muerte y mensajes de quienes los sepultaron, rematan con una curiosa e impalpable palabra: "perpetuidad". ¿Qué es lo perpetuo aquí? ¿El recuerdo, el ama? Ninguno, nada: somos todo lo contrario, finitud y olvido. Tumbas rotas, erosionadas, tragadas por la yerba; trozos de tierra, roca y madera imposibles de descrifrar. Ya para alcanzar la salida reflexiono sobre esa pequeña puerta para entrar; podrá ser estrecha pero conduce a un mundo tan incomesurable, tan tenebroso e inimaginable. En la calle y al alejarme, me volteo y echo un ultimo vistazo; recuerdo entonces aquella frase de Dante inscrita en las puertas del infierno: ¡Lasciate ogni speranza, voi ch´entrate!











