Hay una frase que Gabriel García Márquez repetía como un apodo cariñoso y un poco feroz: la llamaba “la Mamá Grande”. No se refería a una madre de carne y hueso, sino a Carmen Balcells, la agente catalana que en 1960, con un escritorio prestado y una tozudez de campesina, decidió que los escritores merecían vivir de sus libros y no de las sobras que les dejaban los editores. A su alrededor crecieron, con los años, Vargas Llosa, Cortázar, Donoso, el propio Gabo. Y, más tarde, una periodista y novelista argentina que firmaba sus libros como María Eugenia Eyras.
En el fondo de ese mismo paisaje editorial estaban, casi siempre invisibles, las revistas femeninas. Durante buena parte del siglo pasado, publicaciones como Vosotras, Brigitte o L’Officiel no vendían apenas moda: eran el lugar donde se discutían ideas, donde debutaban plumas que después firmarían novelas, ensayos o columnas políticas, donde una directora decidía, semana a semana, qué leían y qué pensaban millones de mujeres en sus cocinas y en sus oficinas. Dirigir una de esas revistas, mucho menos ocho, en dos países, era ejercer un poder cultural que hoy resulta difícil de medir con las categorías livianas del periodismo de tendencias.
La entrevisto para @lanacion en exclusiva.
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