¡Nada puede conmoverte, oh juventud! Pareces poseer todos los tesoros de la tierra; hasta la tristeza te hace sonreír, y el dolor te adorna. Estás segura de ti misma, y, en tu temeridad, clamas: 《Mirad, sólo yo vivo!》. Pero los días transcurren, innumerables y sin dejar rastro; la materia de que uno está formado se derrite, como cera al sol, como la nieve... Y-¿quién sabe?-, es posible que tu felicidad no resida en tu omnipotencia, sino en tu fe. Tu felicidad constituiría en emplear energías que no tienen otra salida. Cada uno de nosotros se cree muy seriamente pródigo y pretende tener derecho a decir: 《¡Qué cosas hubiese hecho de no haber derrochado el tiempo!》.
-Ivan Turguenev, Primer amor(1860).













