Tropiezos
El muchacho corrÃa estruedosamente por las ahora ocupadas calles del parque, habÃa tropezado y caÃda quién sabe por qué. Cuán importante era esta noche que habÃa recogido camomilas frescas.
Aunque el joven vivÃa cerca del palacio, nunca habÃa visitado. Sus tareas estaban lejos de la rigidez que mostraban estas personas.
—¡Eh!, ¡Por aquÃ! —Una mano llamaba entre la gente—Pensé que no vendrÃa, acaso... ¿lo ha olvidado? —sonrió al sudoroso joven que se le quedó viendo. Una jovencita vestida al igual que su alrededor pero a su vez, tan diferente. Aguantó la respiración por un momento y dudo en darle las flores, incluso de hablarle.
—Itzé, yo no —lo interrumpió.
—Es hora de entrar —estrechó su mano —disfrutemos la noche, Sebastián.
Cómo podÃa el joven refurfuñar, cuando la voz de un ángel llamaba su nombre.













