Un nuevo destello verde al final del atardecer.
El tiempo se detuvo y estamos en un espiral infinito, un domingo eterno, no de repetición, sino de estancamiento. El mundo dejó de girar en su conjunto y de manera individual en cada uno de nosotros. Todo lo que conozco era dinámico, movimiento, presión, crecimiento, aceleración; parar no cabía en la boca.
Me encuentro solo conmigo y hacerlo no es fácil. No estoy solo, estoy yo y esos entes que forman mi pasado y mi presente. Entes a los cuales he decidido ver sólo de reojo para darme cuenta que no importa cuánto los ignore, no desaparecerán. Dado el momento, resulta difícil no mirarlos, demonios, sí es difícil soportar su mirada, es cruel no voltear.
Hace poco decidí mirar a uno de ellos, el ente del amor de mi vida, el ente del amor por David. Tal vez el más evidente entre ellos, no sé si el más gordo pero sí el menos amorfo. Al mirar a sus ojos oscuros y reacios sentí el dolor que había ocultado de mí mismo durante el último año. Al verle los ojos vi “su mirada” a través de ellos, me vi a mí mismo y entendí muchas cosas, pero no el sentimiento de amargura y acidez en mi pecho. Era amor seguro, mezclado con un desasosiego brutal.
Intenté plasmar el sentimiento en palabras, intenté explicar como una parte suya seguía dentro de mí y como esa presencia adicional, que me acompañaba y definía en cierta manera a diario, en ese momento era insoportable y como yo seguía buscando más de lo mismo, más de ti en donde no lo había.
Físicamente siempre seremos 1 + 1, almas que siguen caminos propios en busca de lo que sea que busquemos, pero en nuestro ser coleccionamos pedazos de los lazos que formamos con los demás. Siento que me quedé con un gran pedazo de ti, tal vez de los más pesados que cargo.
Carlos me dijo que me entendía y que pensaba en lo afortunado que soy de poder sentir amor y sólo me aconsejó disfrutarlo, con todo y el dolor que implicaba, sin hacerlo a un lado. Sonará simple, pero para mí fue toda una epifanía: en ese pequeño momento, eso que parecía ser una maldición que me obligaba a cargar una pesa atada a mi pierna con una cadena para la eternidad se convirtió en una especie de alegría melancólica. Parece que las maldiciones son autoimpuestas, y eso que en un inicio fue un deseo sincero, hoy volvía a serlo. “Te voy a amar para siempre” y tengo la certeza de que lo haré y no seré más un esclavo de ello. Gracias por seguir conmigo.
Escribo esto el día de hoy por un motivo particular, creo que estoy experimentando amor genuino por alguien más. Me siento inquieto e intranquilo y lo único que alivia esa emoción es la imagen de su rostro o la ilusión de otro encuentro. Con David aprendí mientras veíamos pokémon lo que era el destello verde al final del atardecer, esta situación es lo más parecido a esa escena. Eres mi destello verde al final del atardecer.













