aún sigo pensando en aquella semana en la que perdí a mi mamá.
cuando la dieron de alta del hospital y la enviaron a casa para pasar ahí sus últimos días, yo ya sabía que era cuestión de tiempo. estaba delirando, veía cosas que no estaban ahí y el dolor la consumía cada día más. su cuerpo estaba cansado de luchar y parecía estar esperando el momento en que dios decidiera que podía descansar.
ese día, a las siete de la mañana, mi mamá le pidió a mi hermana que la llevara al hospital para que terminaran con su sufrimiento. ya no podía más. los tumores habían invadido su cuerpo y sus pies soltaban una cantidad de líquido imposible de contener. la habitación permanecía húmeda, con cartones en el suelo para soportar todo aquello. ya no iba al baño, ya no comía. durante semanas apenas había tomado pequeños sorbos de agua y unos cuantos bocados de fruta o comida licuada.
yo no pude acompañarla esa mañana, aunque ella quería que estuviera ahí. mi hermana me llamó para decirme que fuera al hospital porque mi mamá me estaba pidiendo. no alcancé a llegar. unas horas después volvió a casa y entonces pasé el resto del día junto a ella.
hasta el final intentó protegerme, tal como lo había hecho toda mi vida.
ella siempre había sido quien me protegía de las cosas malas y aun en sus últimos días, quería protegerme de verla sufrir. me dijo que no me preocupara si comenzaba a delirar o a decir cosas sin sentido. yo le respondí que la iba a amar hasta el final, sin importar cómo fueran las cosas.
más tarde me pidió que la sacara a dar una vuelta en su silla de ruedas. y eso hice. recuerdo que sus pies arrastraban por las calles de la colonia mientras yo empujaba la silla. estaba delirando, estaba muy enferma, y moverla me costaba trabajo, pero no me importó. quería regalarle ese momento. quería darle una última vuelta por las calles que conocía.
cuando regresamos a casa, ella me reclamó por haberla sacado. había olvidado por completo que me lo había pedido apenas unos minutos antes. me dolió ver como poco a poco, el cancer le arrebató su forma de ser.
más tarde llegó mi padrastro junto con la doctora para aplicarle una dosis de morfina que le permitiera descansar. verla acostada en la cama, dormida por efecto de la morfina, me rompió el alma. ver a la mujer que me cargó en brazos, que me alimentó, que me cuidó y me entregó todo su amor, cerrando lentamente los ojos para poder soportar el dolor, fue algo que jamás voy a olvidar. sentí una ansiedad tan fuerte que pensé que el mundo se me venía encima.
lloré como nunca había llorado. terminé vomitando una y otra vez en el baño mientras mi tía y mi padrastro intentaban tranquilizarme. recuerdo tener la cara sobre el escusado mientras ellos me hablaban para calmarme.
cuando logré tranquilizarme, serenarme un poco, intenté distraer mi mente con videojuegos. pero antes decidí avisar a todas las personas que alguna vez habían sido importantes para mi mamá. quería que supieran que su estado era muy grave y que probablemente estaba viviendo sus últimas horas.
todos respondieron, menos ella.
la mujer a quien alguna vez le confié mis miedos, mis heridas y mis traumas. la mujer que conocía mi historia de vida mejor que nadie. no le escribí buscando lástima. no le escribí esperando que volviera. le escribí porque mi mamá le tenía cariño hasta el final de sus días y pensé que merecía saberlo.
nunca respondió. simplemente me bloqueó. y fue ahí cuando entendí que había perdido a las dos mujeres que más amé en mi vida. pero lo que más me dolió fue comprender que el ego y el orgullo habían sido más grandes que todo lo demás.
llegaron mis tíos y familiares desde temprano para despedirse de ella. mi papá también viajó desde otra ciudad para estar conmigo porque la noche anterior le había dicho que mi mamá estaba recibiendo morfina y que probablemente no sobreviviría mucho más.
todos estaban ahí por ella. nadie quería que se fuera. pero nadie quería verla sufrir tampoco.
aquella mañana la doctora volvió para aplicarle otra dosis de morfina. cuando despertó de la anterior, ya no hablaba. ya no decía nada. mi mamita ya no podía hablar.
yo quería volver a llorar, pero tenía que ser fuerte. le había prometido que no iba a sufrir más por ella. durante el día, mi padre me llevó a otro lado para despejar mi mente. intentó distraerme, alejarme un poco de aquella realidad que nos estaba aplastando.
regresamos por la noche. eran aproximadamente las 11:20 cuando llegué a casa. mi padre subió a descansar porque ya era tarde. yo me quedé abajo unos minutos. me lavé la cara, me cepillé los dientes y me asomé a la habitación para verla, ella seguía respirando.
quise darle un último beso, pero tuve miedo de despertarla, entonces simplemente le dije cuánto la amaba. tomé mis cosas y subí a mi habitación.
cinco minutos después, mi teléfono sonó. era mi tía.
mi mamá se había ido. en ese instante sentí que el mundo se derrumbaba. la mujer más fuerte que he conocido. parte de mí siente que tal vez, su amor por mí era tan grande, que sabía que yo estaba en la calle, y no quería irse aún, sin asegurarse de que su hijo, ya había llegado a casa. como toda su vida lo había hecho, como siempre había sido conmigo, una madre linda, que se preocupó siempre por mi.
la persona que más he amado.
la razón por la que seguía de pie.
nadie va a entender jamás todo lo que sentí aquella noche.
aunque estaba rodeado de familiares y personas que me querían, nadie podía comprender exactamente lo que mi mamá significaba para mí.
ese fue el día en que mi vida cambió para siempre.
algo dentro de mí murió junto con ella.
mi forma de ver el mundo cambió.
mi forma de entender el amor cambió.
mi forma de vivir cambió.
por eso la llevo siempre conmigo. por eso nunca me quito el collar que guarda sus cenizas. lo llevo desde aquel 8 de febrero, el día de su cremación. desde entonces, ella y yo seguimos juntos.
y sé que jamás volveré a ser el mismo hombre después de su partida.
mientras, yo caminaré y cargaré con las cenizas de su amor, a donde sea que vaya, nunca te dejaré, madre.