[Pt.1] De marinera, yo no tengo nada
Era un día lluvioso, como hace tiempo no se veía. El pueblo más rural, el que estaba preparado para las lluvias, se alegraba de que sus campos se regaran naturalmente con el agua que caía del cielo. En las ciudades la gente con más recursos igualmente celebraba que el agua cayera, como hacía años no se veía. Pero en los lugares menos acomodados, la lluvia representaba un grave problema, ya que aquello que se había conseguido con arduo esfuerzo, lo que se había intentado preservar en hogares de materiales poco resistentes al agua abundante, terminaron siendo inundados y muchas personas perdieron sus posesiones.
En una de estas casas es donde habitaba Ayleen, mujer soltera que arrendaba mediante su propio sustento, trabajando arduas horas en la lavandería de un pequeño pueblo costero. Arrendaba una habitación en una pensión de los barrios bajos. Ayleen luchaba diariamente contra las complicaciones del destino para poder seguir adelante sobreviviendo en la ciudad. Entregaba su esfuerzo día a día para recibir a cambio el dinero que la mantenía con vida. Alejaba a los pretendientes que se le acercaban, puesto que a pesar de todo, era una mujer decente de ropas limpias, cabello negro y largo, pómulos marcados y ojos de sangre. Ella estaba consciente que en sí habitaba una belleza que era como una flor para las abejas. Algunos pretendientes se acercaban a ella con buenas intenciones, dignos de caballeros de corazón puro, pero otros sólo veían en ella la satisfacción que les entregaría a su propia carne. Por lo que ella decidía mantenerse firme en su camino, fiel a sus sueños, hasta llegar a algún día a obtener cada una de las metas que se había propuesto.
Una vez que dejó de llover, casi todas las casas del barrio bajo quedaron totalmente destrozadas. Por lo que muchos de sus habitantes optaron por emigrar hacia pueblos vecinos e intentar crear una nueva vida desde cero. Mientras que otros, como Ayleen, decidieron quedarse. Pero ya en un pueblo más vacío, donde sólo aquellos visionarios verían las oportunidades que el cruel destino les podría presentar.
Un día, el capitán de una pequeña embarcación, atracó en aquel pueblo en busca de tripulantes. Luego de la tormenta que vino desde el mar, y cayó sobre dicho pueblo, muchos de sus tripulantes no lograron sobrevivir. En su incansable búsqueda, decidió poner anuncios por el mercado central, lugar en donde se encontraba la lavandería de Ayleen. Ella, tras ver el anuncio, lo quitó del lugar donde colgaba y se lo llevó a casa para meditar al respecto. No conocía toda la historia, ni por qué aquel capitán solicitaba nuevos tripulantes. Sí había escuchado un poco historias sobre cómo era la vida en altamar. Pero viendo que en aquel pueblo no podría crecer más allá de lo que ya había llegado, viendo su habitación totalmente desgarrada por las húmedas garras del mal tiempo, tomó una pequeña resolución antes de dormir.
Al día siguiente fue a visitar a aquel capitán. Como hombre de mar, desconfiado y cruel, insistió en que ella no podría unirse a su tripulación pesquera de alta mar. Insistió que la fuerza, tanto física como moral, le decaería tras pasar apenas una semana. Que estaría llorando como una niña pequeña rogando para volver a tierra firme. Sobre todo en pleno invierno, en que las grandes olas azotaban con fuerza las naves en altamar. Ayleen era de todos menos una cobarde, sin embargo, escuchó atentamente las palabras de aquel hombre y volvió a su trabajo rutinario sin quitarse de la mente las palabras de aquel hombre. Y así estuvo lavando ropa, colgándola y planchándola todo el día hasta que llegó a casa. Abrió una botella de vino y se sentó junto al fuego a disfrutar de su sabor, a dejarse embriagar de pensamientos relacionados con aventuras. Se dijo a sí misma que eso es todo lo que era navegar, una aventura, en donde su sobrevivencia no estaría asegurada para nada, pero de todos modos, sus sueños se alejaban de ella con cada paso que daba, por lo que una aventura así la animaba incluso a tener ganas de vivir. De enfrentarse a lo desconocido, de alejarse de aquella rutina que había mantenido desde que su madre, quien realizaba el mismo oficio, murió. Ya era el momento de que ella eligiera su propio camino. Ya era momento de que ella decidiera qué quería hacer con su vida, y si aquel hombre de experiencia, cruel y gruñón no la aceptaba como mujer, entonces, no tendría ningún problema en ser aquel hombre que él buscaba.
Dejó la copa de vino sobre la mesa y fue en busca de las tijeras, sabiendo que si cambiaba de esa forma su personalidad, entonces ya no tendría vuelta atrás. El cabello se demoraría en crecer y sus compañeras de trabajo la cuestionarían o la tratarían como una loca si la vieran llegar al día siguiente, cual hombre, con el cabello corto. Pero aquellos pensamientos sólo la animaron a tomar con más fuerza la tijera y empezar a cortar sus cabellos, mechón tras mechón. Dejó de ser Ayleen y se convirtió en Adam. El primero en su clase.
En el antiguo closet de su madre, encontró algunas ropas que pertenecieron a su papá. En aquella habitación habían vivido los tres a pesar del pequeño espacio. El trato que había hecho el padre de ella con las personas que arrendaban habitaciones en esa pensión, había sido dejarles una pequeña herencia tras morir, todo el dinero que pudo reunir, la que no fue mucho, para entregarles a los dueños y que de esta forma, su madre y ella, pudieran mantenerse durante años en aquel lugar viviendo. Con el dinero que ganaba su madre en la lavendería, una vez muerto su padre, pudieron comprar alimentos y ropas, sobrevivir de esa forma hasta que Ayleen tuvo la edad suficiente para dejar la escuela y relevar a su madre, que cada día perdía más fuerza en sus manos, y su espalda, cada vez se encorvaba más y más. Entonces vivieron con el sueldo que Ayleen podía llevar a casa, y que destinaban a alimentos y medicinas. Sus ropas se pusieron viejas y la madre debió comenzar a remendarlas con hilo de pescadores, ya que el hilo común y corriente, era difícil de conseguir. Sin embargo, recordaba Ayleen aquellos tiempos en que la dueña de la pensión, la Señora Milenka le preguntó por sus ropas y cómo hacía para mantenerlas costuradas siempre. Fue entonces que le contó que era su madre quien sabía de costuras y que ella las arreglaba a pesar del tiempo. La señora Milenka entonces golpeó un día la puerta de su habitación buscando aquel servicio, y de esa forma, pudieron mejorar un poco sus ingresos al trabajar la ropa de aquella mujer que pagaba bien y llevaba consigo los materiales que no podían comprar. Con el pasar de los años, pudieron comprar algunos muebles y mantener el arriendo de la habitación. Sin embargo, su madre murió y ella debió arreglárselas sola desde entonces. Conservaba consigo el collar que ella habría usado durante toda su vida y que se lo quitara apenas ella cerrara los ojos en un suspiro eterno. Un collar que su padre le entregó cuando fueron jóvenes amantes, y que representaba el símbolo de su amor, hasta el final de los tiempos. De esta forma, ella llevaría en sí a ambos padres, hasta su propia muerte.
Adam pensaba en todo aquello mientras caminaba hacia el muelle, en donde se volvería a entrevistar nuevamente con el capitán. Tras no encontrarlo en el mismo lugar del día anterior, pero al ver su barco atracado, decidió consultar a otros hombres el lugar donde podría encontrarlo. Estaba lista para cualquier palabra de desagrado que aquel hombre pudiera decirle. Estaba lista para levantar la voz si era necesario, utilizar la voz ronca que había practicado frente al espejo, luego de probarse la ropa de su padre. Estaba listo para todo tipo de escenario. Excepto por uno: El capitán estaba ebrio. Cuando lo encontró, apenas si podía moverse de la silla en la que estaba y la cantinera le dijo que había estado todo el día bebiendo, que ya no lo quería ver más en su taberna puesto que ni siquiera sabía si él le pagaría. Además decía que era un hombre de “mal agüero”, pues ella sí se había enterado de los sucesos que habían ocurrido en alta mar y de todos los cadáveres que cargaba consigo y que lo acompañaban esa noche. En medio de delirios, el capitán escuchó aquella conversación que tenía Adam con la tabernera, respondiendo que le pagaría “por todos”, así que sacó un pequeño paquete de su chaqueta y se lo entregó a Adam. Adam recogió el paquete, lo abrió y vio que dentro había varias monedas de oro puro, que brillaban como luciérnagas en la oscuridad. Así que sin mostrar ninguna emoción externa, manteniéndose firme y férreo a su propósito, preguntó a la mujer cuanto debía “su capitán”. La mujer escupió al suelo y le dijo que habían sido 50 monedas de bronce. Para sorpresa de la tabernera, Adam sacó una moneda de oro del saco y se la dejó en la mesa. La miró a los ojos y le dijo que no volviera a insultar a su capitán. Entonces, volvió con este y lo arrimó a sus hombros para poder sacarlo de la taberna.
Si bien Ayleen nunca tuvo una mala condición física, el capitán le resultó agotador de transportar, hasta que finalmente pudieron llegar al muelle. Una vez llegado al barco, había ya un tripulante arriba que le ayudó a subir al capitán. Pero ante la desdicha de no haber podido encontrarse al hombre sobrio como para solicitarle su admisión en la embarcación, decidió que lo mejor que podía hacer era volver al día siguiente y preguntarle otra vez. Sacó el saco con monedas de oro con la intención de entregárselo al tripulante que mantenía en pie a su capitán sobre el barco, sin embargo, en pleno acto de estirar el brazo hasta aquel, el capitán le agarró fuertemente y le habló con voz ebria y grave:
“Has sido un hombre fiel. Tú vales más que dos de estos imbéciles” Le dijo, mirando al tripulante, quien en al verse insultado, soltó al viejo de sus hombre y se entró a la nave. El capitán, tambaleándose, recogió el saco con monedas de oro y le dijo a Adam que zarparían esa misma noche. Por lo que él debía decidir si subiría o no en ese momento para ir al siguiente pueblo. Entró a la nave y dejó a Adam solo en la oscuridad del cielo nocturno.
Adam, pensó un momento en el capitán y vio ante sus ojos a un hombre que había sido traicionado muchas veces. A un hombre que era capaz de reconocer una virtud. Y se dijo a sí misma, una vez que se dejó guiar por las estrellas, que subiría a aquella embarcación y que sería una tripulante más de aquella nave. Adam, el primero en su clase, despaviló cuando vio que el tripulante que había entrado hace un momento, volvía a salir, pero esta vez, con la orden de soltar las amarras para liberar la embarcación. Entonces, Adam saltó a la nave y se quedó esperando instrucciones. El otro tripulante, al ver que Adam no se movía, le dijo que imitara lo que él hacía con los cabos de la otra esquina. Entonces, se encendió el motor de la nave, y tras vibrar un poco y comenzar a emitir ruido de motores, comenzó a despegarse lentamente del muelle, mientras Adam y el otro tripulante (que luego sabría, llevaba de nombre Jack), soltaban las amarras para alejarse cada vez de la costa, y a su vez, de la vida de aquel pueblo. Es cierto, la Señora Milenka se extrañaría de su desaparición. Es cierto, la buscarían un par de semanas. Pero eso no llegaría a más. Para ella sería una suerte que Ayleen desapareciera, puesto que al fin podría arrendar a un precio más cara aquella habitación. “Después de remodelarla por completo” Se dijo para así, Ayleen.