Historias del Limen
El estreno de Backrooms ha puesto (aún mas) de moda la palabra “liminal”. La encontramos ahora asociada a un terror molesto y pulsante de pasillos de hotel mal iluminados, oficinas vacías, centros comerciales desiertos y estética de VHS granulado. En sendos y estupendos textos, Alberto Corona y Jorge Loser han escrito estos días sobre ese nuevo terror liminal, un terror de inquietud difusa, la que producen los espacios de tránsito cuando no hay nadie que los atraviese. Lo liminal no nació en internet, ni en 4chan, ni en YouTube, claro. Jorge hace una muy buena etimología cultural del concepto, que le lleva hasta el surrealismo y el cine mudo. Pero para dimensionar su alcance hay que volver al origen del término. Limen viene del latín y significa “umbral”. Arnold van Gennep lo introdujo en la antropología en su perfecto librito Los ritos de paso (1909). Victor Turner lo retomaría después para designar una fase de tránsito: ese momento en que alguien ha dejado de ser lo que era, pero todavía no se ha convertido en lo que será. Lo liminal, además de un espacio raro, es una condición. Es un estar entre dos mundos. Por eso el terror liminal no empezó en los pasillos vacíos de la cultura digital. Mucho antes de que imagináramos dimensiones alternativas detrás de una pared mal renderizada ya existían relatos sobre quienes veían lo imposible en los márgenes del mundo habitado. Eran visiones que se aparecían a pastores y adolescentes: figuras que viven, literal o simbólicamente, en el umbral. Es, por ejemplo, el caso de la llamada virgen de Fátima, que se aparece en 1917 a tres niños pastores (en la foto) que estaban dando de pastar al rebaño a pastar. Su relato acabaría fagocitado por una maquinaria devocional de santuarios y peregrinación, de secretos y milagros, pero en su centro hay una escena mucho más extraña: tres críos solos en el campo, en un lugar de tránsito entre lo civilizado y lo salvaje, ante una figura luminosa, pequeña, difícil de mirar, mucho menos mariana y mucho más ufológica de lo que el relato posterior nos haría pensar. La historia ya se había producido en Lourdes en 1858. Tres adolescentes que recogían leña junto a una gruta ven a una señora vestida de blanco., De nuevo, un espacio liminal, una hendidura en la roca, un espacio liminal que abre el paso al mundo subterráneo. Y se volvería a producir en Garabandal, ya en los años sesenta, cuando el arcángel San Miguel se aparece (presuntamente) a cuatro niñas de once y doce años en los caminos y cuestas de aquel pueblo cántabro. Los pastores salen del pueblo hacia el monte, cruzan cada día del orden humano al natural. Los adolescentes, por su parte, habitan el tránsito de la niñez al mundo adulto en el que todavía no han sido admitidos; no son nada sino pura posibilidad, un medio camino entre lugares sociales . No es casual que tantas apariciones los elijan a ellos. Ni que los lugares donde se producen estas visiones son grutas, campos, cruces, márgenes del pueblo. Allí donde el espacio social empieza a deshacerse. En la frontera. En las tradiciones finesas y del norte de Rusia , la condición liminal del pastor aparece de una forma todavía más explícita. Es una figura con la que hay que guardar distancias, contaminada por su trato con el otro lado. El contacto físico con el pastor era tabú. No estrechaba la mano de nadie ni aceptaba nada directamente de las manos de otra persona. Si alguien quería darle algo, debía dejarlo en el suelo para que él lo recogiera. Tenía incluso prohibido pisar las huellas de los demás. La razón era que el pastor había contraído un pacto de intercambio con personas no humanas , con los habitantes del bosque. Al aceptar su oficio durante la temporada de pastoreo, aceptaba también ciertas prohibiciones. No debía maldecir, hacer ruido, dañar los árboles ni comportarse de manera irrespetuosa. Tampoco podía matar los animales que allí vivieran, pescar, recoger setas o bayas. El bosque tenía sus propias leyes y los seres humanos debían obedecerlas. Según las creencias vepsias , hay amos y amas del bosque a los que hay que pedir permiso antes de entrar, descansar, encender un cigarrillo o pasar la noche allí. Quien no respetaba esas normas podía sufrir las consecuencias: apariciones aterradoras, extravío o enfermedad. Por eso el pastor debía negociar con el amo del bosque en una zona liminal. Ese encuentro podía ser una conversación o acabar en combate. La llegada del amo del bosque venia acompañada de fenómenos sobrecogedores: fuertes vientos, árboles que se doblan hasta el suelo, señales que exigen del representante de la comunidad humana una extraordinaria valentía. Cuando un pastor no podía cerrar por sí mismo el acuerdo, podía recurrir a un vidente, a un chaman, a alguien cuya profesión era mantener contacto con las fuerzas no humanas. La relación del pastor con el bosque era opuesta a la del cazador. Aunque este también debía guardar respeto por el amo del lugar y observar ciertos tabúes sexuales, su relación con ese espacio era distinta. El cazador atravesaba el limen. Penetraba en esa esfera ajena para alterar temporalmente su equilibrio, matar a su presa y restaurarlo después mediante los ritos adecuados. La caza era una transgresión periódica de los límites, una incursión en un dominio extraño, una actividad marcadamente masculina. El pastor, en cambio, permanece en la frontera. Mantiene abierto, durante meses, un acuerdo precario entre la aldea, los animales domésticos y las potencias del exterior. Es un mediador, pero un mediador sospechoso. Alguien necesario para la comunidad y, al mismo tiempo, separado de ella. Alguien que protege el ganado porque sabe tratar con aquello de lo que los demás prefieren no saber demasiado. Quizá todo esto no son más que racionalizaciones de algo que nos funciona a un nivel mucho más atávico. No es casual que en mi propia novela sobre apariciones numinosas haya dos familias de pastores: una de cabreros, gente que vivía en contacto diario con el monte, y otra de pastores trashumantes, que entraban y salían de la civilización siguiendo a los animales y las estaciones. No los puse ahí pensando en Van Gennep ni en Turner, claro. Surgieron solos porque eran los habitantes naturales de una historia así. Es curioso que la propia novela viva ahora en su estado liminal. Está entre el cajón y la publicación. Existe porque la he escrito, pero no existe porque todavía no ha salido al mundo. Powered by beehiiv

















