STRAY | Gameplay Walkthrough (2022, PC, PS4, PS5)
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STRAY | Gameplay Walkthrough (2022, PC, PS4, PS5)

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Tal cual (David Ramírez)
Tiene narices que me reencuentre con David Ramírez a raíz del Covid-19. Todo empezó con unas tiras cotidianas que David subía a Twitter en las que contaba su experiencia, y la de su marido Iván, en relación al infausto bicho. Atrapado por cómo se desarrollaba la historia, no podía evitar entrar, de tanto en tanto, en su perfil, y ponerme al día de sus vidas. Al mismo tiempo, su aproximación a la enfermedad me resultaba tremendamente cercana ante el aséptico bombardeo de información que por aquellos días nos hacían llegar los medios. De hecho pensé que sus tiras, entonces y todavía ahora, eran y son necesarias, porque al enfoque divulgativo le añadía ese relato humano fruto de la experiencia que no acababa yo de ver presente en los canales informativos oficiales. ¡Ah, y no nos olvidemos del humor!, esa marca de la casa de David que, a pesar de la tremenda situación por la que estaba viviendo, seguía presente en sus viñetas.
Un par de meses después me encontré con el anuncio de la publicación de un tomo recopilatorio de otras tiras de David Ramírez, a cargo de Norma editorial, titulado Tal cual.
Aquí David nos cuenta diversas anécdotas cotidianas, protagonizadas por él, con las que fácilmente nos podremos sentir identificados, sin nigún hilo narrativo a diferencia de sus tiras sobre el Covid, priorizando ahora el componente humorístico. Por cierto, preparaos para reír...¡a carcajadas! Yo ni me acordaba de cuándo fue que lo hice por última vez (es más, reír en mi caso suele ser más bien extraño, así que creo que dice mucho de esta obra).
Con independencia del disfrute que a buen seguro experimentaréis con este tebeo, se debe decir que David nos regala toda una lección sobre narración en este formato. Con un estilo sencillo, muy “cartoon”, el autor es capaz de transmitir mucho, lo cual no es nada fácil, y de paso se permite jugar con las características, recursos y elementos del medio, demostrando así su dilatada experiencia en el mundo del cómic.
Si queréis haceros una idea del contenido de este recopilatorio, Norma Editorial ofrece un avance aquí.
¡Ya tardáis en ir a comprarlo a vuestra librería favorita!
La casa en el confín de la tierra, W. Hope Hodgson
La casa en el confín de la tierra (1908), de W. H. Hodgson, nos recuerda que “los mitos de Lovecraft” tuvieron precedentes literarios cuya calidad no sólo es indiscutible sino que, en casos como este, me atrevería a decir que supera ampliamente al propio Lovecraft en frescura y legibilidad.
De hecho, la novela de Hodgson no sólo recibió en su momento alabanzas del escritor de Providence, sino que se considera como el primer referente de lo que se conoce como horror cósmico, sin renunciar por ello a la tradición del terror gótico. Efectivamente, la sombra de esta obra ha sido alargada, no sólo entre sus autores contemporáneos sino también entre otros más recientes, como Terry Pratchett o China Mieville, y ha sido objeto de numerosas ediciones, adaptaciones (una de ellas una miniserie de cómic dibujada por el maestro Richard Corben) y homenajes, como el de la banda musical de Doom Electric Wizard.
La novela, que no llega a las doscientas páginas en mi edición de Bruguera, se plantea como la lectura de un diario en forma de manuscrito hallado por dos amigos entre las ruinas de una construcción que domina una hondonada parcialmente inundada, en una marginal área de Irlanda. El relato está escrito por un anterior habitante del caserón original, que vivió allí en reclusión, junto a su anciana hermana y su perro Pepper. A través de él nos enteraremos de los extraños sucesos que acontecen en los alrededores de la decrépita y aislada mansión, y que acaban afectando a sus moradores.
No sé si mi sorpresa al leer esta obra se explica por el tiempo que hacía que no disfrutaba de una obra de terror enmarcable dentro de esos mitos cuya mención abre esta reseña o si, por otro lado, se debe exclusivamente a los méritos de una novela donde Hodgson parece comprometido a no dar respiro al lector a base de plantearnos situaciones e ideas muy dispares a lo largo de la narración. Así, del relato de los dos amigos de escapada vacacional, que al poco de empezar ya resulta fascinante en términos de su aventura de exploración en plena naturaleza, pasamos al del maduro habitante de la casa a través de su manuscrito, donde la inquietud inicial ante ciertas situaciones iniciales (donde por cierto se halla presente cierto componente onírico) que relata se troca en pura acción febril. Luego, tras un breve y necesario respiro, la historia da un inesperado giro de 180 grados para entrar dentro de un potente planteamiento de horror cósmico que ocupa una buena parte de la obra, y que se acaba resolviendo de forma quizás no plenamente satisfactoria pero que sin duda dejará ciertamente desconcertado a más de un lector (yo, uno de ellos).
Esta riqueza temática de la novela es, en sí misma, uno de los elementos más atractivos con los que cuenta La casa en el confín de la tierra. Pero más allá de este contenido, para mí el otro puntal de la obra reside en el estilo de Hodgson, diametralmente opuesto al de su más famoso continuador, H.P.Lovecraft. Si en este último el artificio y formulismo priman, a veces lastrando la lectura, Hodgson aboga por reducir recursos estilísticos, obteniendo una sensación de espontaneidad y frescura, no reñida con la consecución de una atmósfera inquietante, potente, muy efectiva, y que resulta en un ritmo intenso donde el interés del lector no se diluye en ningún momento.
En definitiva, una novela a ratos intensa y rabiosa, a otros apocalíptica y turbadora, que a buen seguro entusiasme al lector que venga de leer y disfrutar obras de Lovecraft como La sombra sobre Insmouth o La llamada de Cthulhu.
Os dejo a continuación algunas portadas de otras ediciones e ilustraciones sobre esta gran novela.
Derry Girls (Lisa McGee)
Derry Girls, la serie de Netflix, es una rara avis cuyo éxito, del que me alegro mucho, me resulta un poco difícil de explicar porque no es ni la típica comedia adolescente al uso ni por asomo el drama que a priori alguno podría imaginar del contexto en el que se sitúa, la Irlanda del Norte de la tumultuosa década de los 90, sino que, curiosamente participa de ambos aunque de la forma tan peculiar que sólo Hat Trick, los creadores detrás de la serie Father Ted (una de las mejores comedias británicas de todos los tiempos según un tribunal de expertos de Radio Times), saben darle a algunos de sus productos.
La mención aquí a Father Ted, prácticamente desconocida por estos lares, no es gratuita, pues en esta Derry Girls, que el periódico Times incluyó como una de las diez mejores series del año de su estreno y que tiene un 100% de críticas positivas en Rotten Tomatoes, encontramos, a bote pronto, tres elementos que ambas tienen en común: Irlanda , su humor surrealista e histriónico y la presencia del veterano cómico Ardal O’Hanlon.
Es precisamente esa teatralidad la que a mí me descolocó inicialmente al considerar que estaba viendo una serie protagonizada por adolescentes. Todo, desde los personajes hasta las disparatadas situaciones en las que se ven envueltos, me parecía exagerado hasta un punto que rayaba la pura parodia, pero después del desconcierto que siguió a los veinte minutos del primer episodio, lo único que tenía claro es que le daría una oportunidad al segundo. Tres días después, obligándome a hacer parones, me había visto las dos temporadas de las que de momento se compone la serie (una tercera está en producción), alrededor de cuatro horas de metraje que dan, puedo decirlo ahora, para un maratón más que satisfactorio.
El argumento de Derry Girls viene dado por sus cinco protagonistas, cuatro adolescentes norirlandesas, estudiantes de un colegio católico, y un chico londinense (por el que pronto sentiréis lástima), que junto con sus familias se verán envueltas en diversas situaciones descarrachantes en una Derry patrullada por el ejército británico en la época final de los Troubles, en plenos años 90. La estructura de cada capítulo gira en torno a una anécdota concreta, irremediablemente ligada a los tópicos de la cultura irlandesa y del momento histórico, que puede ir desde una aparición mariana fraudulenta a un concierto de Take That, y por lo general no hay solución de continuidad argumental entre episodios más allá de ciertos elementos definitorios de los personajes.
Uno de los aspectos por los que Derry Girls pasará a la historia tiene que ver, precisamente, con su ambientación, el conflicto norirlandés, que casi siempre ha sido tratado desde la vertiente dramática y casi nunca desde el humor, tanto en cine como en televisión. Acaso la pionera sea Salvados por los pelos (2000), una cinta bastante desconocida por aquí que salió unos pocos años después de que se declarara el alto el fuego, en 1994, por parte de las organizaciones armadas que protagonizaron buena parte de unos enfrentamientos que datan, en su época contemporánea, de mediados de los años 60, y que nos mostraba a dos peluqueros irlandeses que, en plena década de los 80, acababan haciendo dinero con peluquines que vendían tanto a miembros del IRA como al ejército británico. Desde entonces, el humor parecía vetado hasta que llegó esta Derry Girls que se centra sobre todo en el lado católico del conflicto.
El enfoque humorístico general de la serie es bastante blanco, pero no está exento de cierto tono negro, así como del sarcasmo y sátira que son tan típicas de algunas series británicas. De igual manera, el absurdo se halla presente en todos y cada uno de los doce capítulos que conforman la serie, así como cierto patetismo que suele concretarse al menos en una escena por capítulo donde el espectador seguramente sentirá vergüenza ajena de las situaciones en las que se ven envueltos los personajes adolescentes, brillantemente interpretados por actores y actrices noveles que han sido arropados por otros de veteranía envidiable.
Ahora bien, si el humor es uno de los puntales que cimenta la serie, no lo es menos un evidente componente emocional que radica en dos fuentes: la relación de amistad entre sus protagonistas y la esperanza por hallar una solución al conflicto.
Aquí, la creadora de la serie, la guionista y dramaturga Lisa McGee, natural de Derry, se basó en sus vivencias a la hora de dar forma a este producto valiente que aboga por la concordia y pretende limar posibles asperezas en un conflicto que ha marcado profundamente a la población de Irlanda del Norte y cuyas consecuencias siguen observándose a día de hoy.
Las referencias sociales, políticas, culturales y religiosas comunes a esas coordenadas espaciales y temporales participan a menudo de hechos reales que superan la ficción y que le vienen dados al espectador por noticias y programas que la familia Quinn ve en una televisión que ocupa un espacio central en su comedor y en sus vidas: Atentados con bomba, anuncios de la marcha orangista, declaraciones de políticos (algunas dobladas por imperativo legal), la visita del presidente norteamericano Bill Clinton o la huída de un oso polar del zoo de Belfast nos retrotraerán a una realidad descorazonadora, absurda, hilarante o esperanzadora por momentos, en la línea que parece que McGee quiere transmitirnos.
Por otro lado, es innegable que la serie nos transporta a la cotidianeidad de los 90, haciéndonos recordar, a quienes ya andamos en los cuarenta, nuestra propia adolescencia, ya sea en la moda, las películas que se pasaban por entonces o la música que escuchábamos. Es curioso, a pesar de la distancia que nos separaba de Irlanda ya se intuía la globalidad manifiesta de nuestro tiempo.
Es la música, precisamente, uno de los aspectos más presentes en Derry Girls, que alterna ocasionales riffs punks con abundante sonido pop, tecno, rap y reggae, sin olvidar por ello ritmos más tradicionales. Aquí, la cantera de artistas nacionales es evidente, desde los Cranberries (cuyas canciones salpican toda la serie desde ese memorable principio en el que vemos una tanqueta del ejército británico patrullar una carretera secundaria de la campiña mientras un par de chavales se dedican a tachar con aerosol el “London” que precede a “Derry” de una señal viaria) a los Undertones.
Derry Girls es, para concluir, un soplo de aire fresco con la que probablemente os reiréis un rato y que, quizás, os deje con ganas de más, al tiempo que un necesario y valiente show que aboga por la superación, desde el humor, de los conflictos sectarios que han ahondado, todavía más, en la división de toda una sociedad.

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Cuando falla la gravedad (George Alec Effinger)
Cuando falla la gravedad (1986) es, si hacemos caso a su portada de la edición de Martínez Roca (la única existente en lengua castellana), una novela ciberpunk. En cambio, la ilustración de Luis Royo, utilizada para diversos y varipintos productos de la época (finales de los ochenta), promete más un contenido de ópera espacial que de ciberpunk al uso. Por otro lado, si echamos una ojeada a las portadas de algunas ediciones en inglés, observamos elementos que sí nos cuadran más dentro del género en cuestión. Curiosamente, la novela carece de buena parte de los elementos que siempre han caracterizado el ciberpunk en mi imaginario particular, como una sociedad distópica, implantes biomecánicos o realidades virtuales, por citar los más característicos en mi opinión, y parece cuadrar más con una novela de género negro con implantes neuronales que permiten, tanto la adopción de una nueva personalidad como la supresión de estados naturales (como hambre, dolor, cansancio, etc) o la asimilación inmediata de conocimientos (como el hablar un idioma extranjero).
Aunque en nuestro país la novela y sus dos entregas posteriores me parece que pasaron sin pena ni gloria entre el público lector, en los Estados Unidos sí que gozó de cierta popularidad, que se vio reflejada, incluso, en la publicación de un suplemento homónimo para el mítico juego de rol Cyberpunk 2020 de Talsorian Games (en realidad una guía para directores de juego que quisieran ambientar sus partidas en el Budayeen, el infausto vecindario donde se desarrolla la acción de la novela) y en un proyecto de película que al final no llegó a ver la luz.
Volviendo a la novela, que a pesar de formar parte de una trilogía se puede leer de forma completamente autónoma, ésta tiene lugar en una ciudad musulmana cuyo nombre nunca se menciona en un mundo donde occidente ha caído (los antaño poderosos bloques constituídos, respectivamente, por los Estados Unidos y la Unión Soviética se han fragmentado en multitud de pequeños estados, y Europa es apenas un vago recuerdo de lo que fue) y el Islam vuelve a pasar por una edad dorada que atrae a turistas de todos los lugares. Dentro de esa ciudad, en el Budayeen, un gueto amurallado donde se reúne la más peligrosa calaña de los bajos fondos de la sociedad, vive Marîd Audran, una especie de agente independiente y consumidor habitual de sustancias psicotrópicas varias que se verá envuelto, después de presenciar un asesinato cometido por un moddy, un usuario conectado a un módulo de personalidad que le permite encarnar al famoso personaje de James Bond, en una trama política de alcance internacional de la que nadie en la ciudad parece librarse.
Aunque la historia en sí no tiene una especial complejidad como se podría esperar de los referentes propios del género negro norteamericano clásico que a priori el lector podría creer que encontrará en la obra después de leer sus primeras páginas (existen rasgos de Audran que recuerdan a los personajes creados por Hammett o Chandler y una cita de este último aparece nada más abrir el libro), sí que es cierto que la novela posee cualidades que la hacen atractiva e interesante en mi opinión.
Por un lado, el relato en primera persona del protagonista, con su estilo rápido y a veces sucio, a la altura del ambiente de prostitutas y traficantes de drogas en el que se mueve, y que participa de un envidiable sentido del humor (a menudo negro) puede capturar el interés del lector. Y es que Audran, además, es un personaje sumamente interesante por la multitud de facetas que contiene y que nos irá desvelando junto a alguna que otra arista, poco a poco, a medida que la acción se vaya desplegando, llegando incluso a sorprendernos.
Junto a él, la galería de secundarios, compuesta principalmente de prostitutas y bailarinas transexuales, pintorescas dueñas de locales de baile y de alterne y asesinas modificadas que parecen salidas de Faster, Pussycat!, de Russ Meyer, componen un estrambótico conjunto cuando lo comparamos con todo ese mundo de tradición islámica en la que Effinger nos sumerje nada más dar comienzo su obra, con multitud de referencias tanto culturales como lingüísticas (el número de expresiones transcritas del árabe así como fórmulas de cortesía empleadas en las conversaciones es abrumador), que constituyen en sí mismas uno de los elementos que más atractivos y originales me han parecido. De hecho, parece que el contraste se encuentra en la base detrás de Cuando falla la gravedad: tradición contra modernidad, integridad física contra modificación neural, devoción contra irreligiosidad.
Otro de los aspectos que a mí personalmente me han convencido de la historia es la equilibrada relación entre géneros, que me ha recordado al tono de una de mis películas favoritas, Días extraños, de Kathryne Bigelow (1995), con la que comparte otros elementos, desde la existencia de personajes conectados a módulos neuronales a la trama policíaca de conspiración.
En conclusión, Cuando falla la gravedad no será una novela redonda, pero apenas tengo duda alguna que el vibrante relato de primera mano de Audran, al incesante ritmo marcado por un cóctel de baratas drogas de diseño y puntuado por las llamadas al rezo del muecín, nos atrapará desde el principio y arrastrará con él a lo largo de sus pesquisas, a menudo desafortunadas, en una peligrosa carrera contrarreloj que, después de todo, le valió el derecho a su autor a optar al Premio Hugo en 1988 por ella.
Nosotros, los ahogados (Carsten Jensen)
Siempre he acostumbrado decir que soy más de leer un libro sólo una vez habida cuenta de que existen demasiados libros y tan poco tiempo. Es una máxima que he seguido al pie de la letra con muy pocas excepciones que pueden contarse con los dedos de una mano. Y he aquí que llego a este Nosotros, los ahogados, un volumen en torno a las setecientas páginas, y a lo largo de este periplo de varios meses en los que me ha acompañado he llegado a la conclusión de que volveré a sus páginas. Y es que este libro ha conseguido emocionarme hasta ese punto que no creía posible para un libro.
Nosotros, los ahogados, de Carsten Jensen, es, si he de hacer caso a crítica y público, el libro más importante surgido en Dinamarca en los últimos veinticinco años, y todo un súperventas (en torno a más de medio millón de ejemplares vendidos en todo el mundo, que se dice rápido), al que le acompaña el honor de haber recibido el premio más prestigioso de ese país, el Danske Banks Litteraturpris.
Hechas ya las presentaciones, ¿de qué va esta novela?
En ella, Jensen se inspira en la historia de Marstal, una pequeña población costera danesa que se erigió como un importante centro de construcción naval, situada en la isla homónima, una de las muchas que componen Dinamarca, entre 1848 y 1945, para narrar las vidas de distintas personas relacionadas con el mar a lo largo de varias generaciones.
Diré que Nosotros, los ahogados ha sido una lectura intensa para mí, sobre todo desde un punto de vista emocional. En efecto, el título ya nos previene sobre el hecho de que no será una lectura amable, y aunque también es cierto que contiene numerosos elementos simpáticos y que un humor peculiar salpica sus páginas, no lo es menos que la novela se antoja dura, casi tanto como las gentes que pueblan ese microuniverso que es Marstal, hombres y mujeres que miran al mar en su día a día. Precisamente uno de los elementos más interesantes es la contraposición entre géneros: Por un lado el hombre, que se gana su jornal en el mar, ya sea pescando, ya sea enrolado en un barco mercante, y por otro el de la mujer, enfrentada al hecho de tener que sacar adelante a su familia en ausencia del marido. Sin embargo, y a pesar de que una de las líneas argumentales más potentes se centra en una mujer, es indiscutible que el protagonista de la novela es el hombre, de forma que su esencia intrínseca confiere a la novela un tono duro, áspero, violento, que es a la vez un reflejo de la forma de vida que han elegido vivir. Esto no sólo se observa en los episodios centrados en la vida abordo, ya sea de un velero como de un vapor (cien años da para mucho en evolución naval, como deja patente la novela), sino en aquellos donde la guerra se constituye en la protagonista indiscutible, y creedme cuando os digo que aquí Jensen es muy crudo. He leído otras novelas donde la guerra naval es una pieza angular de la acción, pero aquí las cosas se muestran de forma entre hiperrealista y absurda: La guerra es muy fea y no tiene ningún sentido (por mucho que nos intenten vender lo contrario). Esto se traduce en escenas que, creedme, me van a perseguir durante mucho tiempo y que evidencian la labor documental, que se adivina ingente, que llevó a cabo el autor para dar vida a su obra. Ahora bien, en Nosotros, los ahogados este realismo, que tiene una buena carga fatalista, se da junto a cierto leve aire entre fantástico y sobrenatural. No me malinterpretéis, la novela es básicamente realista, pero de tanto en tanto algunas cosas se cuentan desde una perspectiva fantástica, ya sea velada o manifiesta que considero muy efectiva a nivel emocional.
Otro de los puntos fuertes de esta obra es la caracterización de los personajes que pueblan sus páginas, desde sus protagonistas indiscutibles a esos secundarios que nos dejan con ganas de más. De ellos se nos proporcionan complejos retratos psicológicos que, en algunos casos, evolucionan con la trama y se completan con la percepción que de estos personajes tiene un narrador plural, ese “nosotros” que vemos en el título, anónimo y, a veces, inquietante. Con ello conseguimos una implicación emocional con esos personajes, a veces fruto también de haberlos visto crecer o de que nos hayan desnudado sus más oscuras emociones, implicación que en mi caso recorrió el espectro emocional y me proporcionó un “villano” del que me acordaré largo y tendido.
Por otro lado, la ambientación es tremendamente efectiva, y el autor, no contento con retratar un asentamiento costero como Marstal a lo largo de diversas épocas, se maneja con soltura con una amplia variedad de localizaciones, explicables por la naturaleza de la forma de vida propia del marino, desde islas en el océano Pacífico al Ártico, pasando por innumerables puertos.
Finalmente, la novela está muy bien escrita, abundando en diversos recursos narrativos (la alternancia de narradores diferentes, la utilización ocasional del formato epistolar, etc) que ponen de manifiesto la voluntad del autor de ir más allá del simple relato.
En definitiva, Nosotros, los ahogados es una novela tan intensa a nivel emocional que me obligó a dejarla reposar de tanto en tanto, pero con la que he disfrutado y aprendido mucho, y que recomendaría a cualquiera interesado en el mar y en las gentes que se han relacionado con él, así como creo que también pudiera atraer a los aficionados a la temática histórica o a los que gustan de leer sagas de carácter familiar. Ahora bien, avisados estáis, si os atrevéis a subir a cubierta, sabed que la travesía no será placentera.
El ciclo del hombre lobo (Stephen King)
Curiosamente, después de haber leído diversas novelas de Stephen King, no recuerdo cuándo fue la última vez que abrí un libro suyo. Creo que no exagero si digo que a buen seguro ha pasado más de una década desde entonces.Tampoco recuerdo por qué dejé de leerlo, aunque sospecho que fue más por la aparición de otras lecturas que por un motivo intrínseco al estilo de un autor que ha sido más que criticado y hasta vilipendiado por lectores y críticos por igual.
Pero bueno, El ciclo del hombre lobo:
Esta novela corta es una de las menos conocidas y editadas en nuestro país, lo cual no deja de llamarme la atención, pues en su momento fue adaptada a la gran pantalla en 1985 como Silver Bullet (Miedo azul se llamó aquí por alguna incomprensible razón) en una producción detrás de la cual estaba ni más ni menos que Dino De Laurentiis y que se acabó convirtiendo en una película de culto, y que, en mi opinión, se podría comparar con productos coetáneos como Los Goonies (1985) o Jóvenes ocultos (1987), en tanto que el protagonista principal es un niño. Como fan de las películas de hombres lobo diría que mis recuerdos de Miedo azul son muy vagos, moviéndose entre la simpatía y la decepción, pero mejor vuelvo al libro del señor King.
Lo primero que me llamó la atención de la que creo que es la novela más breve escrita por King hasta la fecha fue la inclusión de numerosas ilustraciones del maestro Bernie Wrightson, que tienen un papel esencial en la concepción de la obra y que le proporcionan un encanto especial. Así, Wrightson nos regala, antes de cada uno de los doce capítulos que componen la obra y que se corresponden con los meses del año, una ilustración en blanco y negro y a doble página representativa del escenario exterior donde se desarrollará la acción de ese mismo capítulo, y que por otro lado evidencia el paso del tiempo y de las estaciones. Luego, otra ilustración, ahora en color y ocupando una página completa, nos muestra la escena principal del capítulo, donde generalmente aparece el verdadero protagonista de la novela, el hombre lobo. Finalmente, cada capítulo se cierra con una pequeño dibujo que representa un objeto relacionado con una de las víctimas del monstruo.
A nivel argumental, El ciclo del hombre lobo no reviste ninguna complicación: uno de estos monstruos llega una fría noche de enero a la pequeña población de Tarker’s Mills donde se cobra una víctima. A partir de ese infausto día la criatura volverá a matar, mes a mes, coincidiendo con la luna llena, sembrando el terror en un pueblo donde nunca pasaba nada digno de mención más allá de la festividad del cuatro de julio, que acaba suspendiéndose, para consternación de Marty Coslaw, un niño postrado en una silla de ruedas, que pronto se sentirá atraído por desentrañar el misterio detrás de la identidad del hombre lobo.
Más allá del thriller con elemento sobrenatural de harto previsible resolución, me gustaría pensar que el autor estaba más interesado en realizar un retrato entre individual y colectivo de Tarker’s Mills, que bien podría ser el escenario de muchas de sus otras novelas. Allí, el lector casi parece adoptar el papel de mirón o voyeur, al exponérsele los más íntimos y postreros pensamientos de varios de sus habitantes, condenados a perecer a manos de la sanguinaria criatura. Así, el lector es testigo de los anhelos, las ambiciones, los sueños rotos y las miserias, comprimidas en apenas un puñado de párrafos, de un variado elenco de secundarios, a priori arquetípicos pero en el fondo dotados de una indudable individualidad: Posiblemente en estos breves y simples retratos psicológicos (a los que no es ajeno el mismo hombre lobo) se encuentre uno de los mayores atractivos de la novela. Acaso pudiera parecer que tan efímera presentación de personajes encierra una truculenta voluntad por parte del autor, si bien este acostumbra a hacer gala de un incisivo humor negro como colofón a las atroces muertes con que cada capítulo suele finalizar, que podría ponerse en relación a la fórmula definida por el maridaje entre terror y humor que podíamos encontrar en aquella ya mítica revista donde Wrightson partipara, el Creepy, así como en la película Creepshow, cuyo guión es del propio King.
La obra es evidentemente menor dentro de la prolífica producción del autor, y casi da la impresión de ser un boceto en lo que a desarrollo de trama o personajes si la comparamos con otros libros suyos, pero no deja de ser una lectura fácil, entretenida y simpática, construida a partir de escenas breves cuya descripción Wrightson complementa pictóricamente a la perfección, y donde el mayor atractivo quizás resida en asistir al paso del tiempo y las estaciones para una pequeña comunidad del estado norteamericano de Maine.
Rechicero (Terry Pratchett)
Ojalá hubiera hecho caso a la recomendación de Terry Pratchett de comenzar su saga de los magos por Rechicero y no por su El color de la magia, que publicó primero. Si así lo hubiera hecho, posiblemente llevaría leídos muchos más libros del Mundodisco de los que ahora cuento en mi haber. En fin, qué se le va a hacer, al menos con el tiempo me he convertido en un devoto lector de este autor.
Siempre es refrescante volver al mundo y a los personajes creados por sir Pratchett. Y eso que con este tenía mis reservas, porque Rincewind, su protagonista, nunca había sido santo de mi devoción, ni en la anteriormente mencionada El color de la magia ni en sus cameos en otras novelas que me había leído. Su torpeza e inutilidad innatas siempre conseguían ponerme de los nervios, y su lastimero aspecto, rematado por su sombrero con la palabra “echicero” bordada, me incomodaba. Así que mis perspectivas en relación a la lectura de este volumen no eran muy halagüeñas. Pero como finalmente estaba dispuesto a hacerle caso a Pratchett en su sugerencia sobre leer Rechicero como comienzo de la mencionada saga de los magos, hice de tripas corazón y volví, eso sí, con ilusión, a la ciudad de Ankh-Morpork.
Rechicero es una novela (a diferencia de El color de la magia que traía varias historias cortas) equiparable a las otras que inician sagas dentro del universo literario del Mundodisco y que me he leído recientemente (Ritos iguales, Mort y ¡Guardias!¿Guardias?). Así, dentro de su concepción humorística tiene una sorprendente y envidiable epicidad que, en mi opinión, supera a la que encontramos en las anteriores.
El argumento gira en torno a la llegada a la ciudad de un rechicero, el octavo hijo de un hechicero que era, a su vez, otro octavo hijo. Coin, que así se llama aquel, respira magia de forma natural y pone en jaque mate al gremio de ociosos magos, lo cual no está nada mal para tratarse de un niño de sólo diez años. Ahora bien, sus ansias de poder absoluto pasan por hacerse con el simbólico sombrero de archicanciller que, desafortunadamente para él, ha sido robado por Conina, una joven bárbara que parece condenada a seguir los pasos de su afamado padre, el legendario Cohen, y en cuya huida se dará de bruces con nuestro quiero-y-no-puedo Rincewind, que no ha aprendido nada de magia en todos los años que lleva en la Univerdad Invisible y se ve arrastrado, muy a su pesar, a toda una serie de aventuras que les llevarán a la ciudad de Al Khali, una especie de Bagdad de las mil y una noches. Mientras, Coin pone patas arriba Ankh-Morpork y planea derrocar a los mismísimos dioses del Disco, lo cual tiene visos de desencadenar el Apocrilipsis (sí, habéis leído bien).
Rechicero es una novela que cuenta con numerosos personajes que cualquier lector de la saga reconocerá al instante, desde el mismo Rincewind, eternamente acompañado de su Equipaje (un baúl dotado de decenas de patitas, apetito voraz y pendenciero carácter) pasando por tantos otros, como el Patricio (maquiavélico gobernador de Ankh-Morpork), el Bibliotecario de la Universidad Invisible (en realidad un entrañable orangután) o la Muerte (que en esta ocasión viene acompañada de unos amigos). Después de haber leído cuatro novelas previas del autor ambientadas en su universo tan particular y estrambótico, esta Rechicero se ha caracterizado por una familiaridad refrescante, aunque me atrevería a decir que la novela, concebida de forma independiente, es igualmente disfrutable para el lector recién llegado al Mundodisco y sin duda una de las mejores por donde empezar a leer a Pratchett.
En mi caso, leer la novela me ha ayudado a superar mi inicial animadversión a su indiscutible protagonista, ese perdedor y patán de Rincewind, que no sólo me ha acabado convenciendo sino que además se ha granjeado mi simpatía. Por otro lado, la trama me ha arrastrado prácticamente desde el principio, y su final es de los más climáticos y épicos que he leído en una novela del Mundodisco (y ya he leído unos cuantos que encajan en este perfil).
En definitiva, una novela muy divertida sobre los magos del Mundodisco que puede ser, también, un buen punto de partida para iniciarse en este universo tan delirante cuya creación catapultó a la fama a su autor, Terry Pratchett.
El hombre menguante (Richard Matheson)
No sé qué debió pasarme por la cabeza para leerme El hombre menguante, de Richard Matheson, durante un desconfinamiento que, en mi caso, participaba todavía de muchas de las condiciones de su periodo previo. El tema de la obra debió resonar con mi situación particular, definida por el enclaustramiento, de forma que ha sido una lectura especialmente intensa y perturbadora por momentos, al tiempo que muy alejada de lo que esperaba encontrarme en ella, pero, a pesar de todo, también ha sido suficientemente reconfortante como para afirmar, sin duda alguna, que vale mucha la pena.
Con anterioridad a esta novela sólo había leído de Matheson Soy Leyenda (una obra que, por cierto, comparte elementos con esta otra, como los sentimientos de pérdida y de soledad, así como el tema de la lucha por la supervivencia), lo cual ahora me resulta curioso al constatar la gran variedad de productos audiovisuales que he consumido y que están basados en sus historias (donde él mismo participó adaptando los guiones en algunos casos), desde El diablo sobre ruedas de Steven Spielberg o La Leyenda de la casa infernal a The Box de Richard Kelly pasando por episodios de la serie clásica de ciencia-ficción The Twilight Zone.
Mi aproximación a El hombre menguante se debe a la película de Jack Arnold, convertida hoy en día en clásico de culto de la ciencia-ficción. Aun así, admito no haber visionado la película de forma íntegra (uno de estos días me decidiré a hacerlo ahora que he leído el libro), pero las icónicas escenas donde Grant Williams interpretaba a Scott Carey, el protagonista de la obra, en su lucha contra una araña y huyendo de un gato creo que fueron las que acabaron decidiéndome por comprar este volumen en una tienda de segunda mano.
El argumento de fondo de El hombre menguante es bastante conocido: Un hombre, Scott Carey, padece los efectos de haber estado sometido, durante unos breves instantes, a un vapor radioactivo (la típica amenaza propia de la ciencia-ficción de los 50 junto a las invasiones alienígenas, producto de la Guerra Fría). Desde entonces, su tamaño se ve reducido en unos milímetros a cada día que pasa. A partir de este momento, Scott hará lo posible por encontrar una cura a su extraña condición al tiempo que trata de adaptarse a una situación en constante cambio.
Una de mis primeras sorpresas con El hombre menguante fue descubrir que no es una lectura de ficción de naturaleza escapista como a priori podría parecer. Las penalidades y vicisitudes a las que se enfrenta Scott Carey pueden retrotraer al lector a su realidad, en tanto que su lucha por la supervivencia se enmarca en la universal relación del hombre con la muerte, omnipresente a lo largo de toda la obra desde el mismo momento en que para cuando comienza la acción el protagonista se ve inmerso en una cuenta atrás de siete días al término de los cuales su tamaño se verá reducido a cero milímetros. Independientemente del hecho constituido por la existencia de todo un mundo microscópico que Scott parece desconocer u obviar, lo cierto es que esta última semana en su vida está presidida por la penuria física: la enfermedad, el frío, el hambre, la sed y su maltrecho cuerpo le ponen en una situación muy comprometida que se ve agravada por el hostigamiento del que es objeto por parte de una tarántula en el sótano, de colosales dimensiones, que ambos comparten. Así, no es de extrañar que el protagonista se vea arrastrado por funestos pensamientos donde el suicidio es de recurrente aparición.
Otra de mis sorpresas en relación al libro es la propia figura de Scott, un personaje cuya débil posición podría predisponernos como lectores a sentir lástima o simpatía hacia él, pero cuyas acciones a menudo le granjean nuestra antipatía. Con todo, Matheson lo describe dotándolo de complejidad y riqueza en matices, de manera que el resultado es de un evidente realismo que contrasta con la naturaleza de la obra. Casi da la impresión que el objetivo del autor era ponernos en la piel de un hombre enfrentado a un destino inevitable, la muerte, a la que parece abocarle una larga enfermedad de origen desconocido (y por tanto aun más terrible si cabe). Aquí la respuesta del protagonista hacia su ineludible sino es la de una lucha obstinada, desesperada, si bien no carente del fatalismo asociado a la derrota. De hecho, es muy interesante asistir a la cambiante perspectiva que Carey adopta para abordar su desafortunada condición, desde la negación, pasando por la ira y la depresión hasta llegar a su aceptación, que en su caso se haya imbuida de una vaga esperanza. Como también lo es constatar cómo evoluciona la visión del personaje en su relación con el mundo y las personas que le rodean. En efecto, el resultado es de una profundidad psicológica envidiable.
Siguiendo la línea definida por un planteamiento realista, la obra gira en torno al tema de la pérdida. Si bien ya he aludido al declive físico del protagonista, que aquí es doble (por un lado su tamaño menguante y por el otro el de la enfermedad fruto de la privación de sus necesidades materiales), también deberían considerarse sus consecuencias en el plano personal. Así, Scott perderá su trabajo y con ello su dependencia de otras personas se verá incrementada; le pasará factura en su relación con su mujer y su autoridad respecto a su hija pequeña desaparecerá con el tiempo. Scott acabará viéndose como un monstruo, una percepción que la sociedad reforzará y que le obligará, tras despojarle de su dignidad, a esconderse y aislarse con su familia.
Matheson aprovecha la delicada posición del protagonista de su novela para proporcionarnos un duro retrato de la sociedad norteamericana, perfilado por un capitalismo inmisericorde que, en un irónico giro hacia el final de la obra, acaba vislumbrándose como una posible solución a las penurias económicas por las que Scott y su familia atraviesan. Pese a ello, el pesimismo que el volumen supura en lo que se refiere a la naturaleza humana es descorazonador, y algunas de las escenas resultan muy perturbadoras, más por lo que intuimos como lectores que por lo explícitamente narrado, como aquella en que Carey, con la estatura de un niño, se ve obligado a hacer autoestop y es recogido por un hombre ya mayor y que resulta ser un pedófilo; aquí también se incluirían algunas escenas donde Matheson aborda la sexualidad de su protagonista en relación a su tamaño menguante y que a más de uno le recordarán a la ya clásica Lolita de Nabokov.
El hombre menguante se nos presenta como una obra plagada de acción, que viene definida por la lucha por la supervivencia de Carey en un ambiente que le es claramente hostil y que ocupa la línea narrativa principal, marcada por esa angustiosa cuenta atrás de una semana a la que me he referido con anterioridad. Sin embargo, esta narración se ve a menudo interrumpida por flashbacks que se desencadenan por elementos concretos con los que Carey se encuentra o por sentimientos que le asaltan y recuerdan a escenas pasadas de su vida, que Matheson indica por escuetos encabezados alusivos a la altura en centímetros del protagonista. Este esquema se mantiene durante toda la obra y resulta muy efectivo en términos narrativos.
En definitiva, me atrevería a decir que El hombre menguante es una novela de terror psicológico con cierto componente aventurero y envoltorio de ciencia-ficción, que se desarrolla a muy buen ritmo y que a buen seguro no nos dejará indiferentes por su temática universal y su aproximación realista e introspectiva, pero ¡ojo!, que no es ni una lectura agradable ni cómoda. Avisados estáis.

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Ojalá hubiera empezado a leer a Heinlein con este Estrella doble y no con su Tropas del espacio. De haber sido así estoy seguro que habría leído más libros suyos. Pero no, el fan de Paul Verhoeven que hay en mí se decantó en su momento por el segundo y ahora, un año más tarde, a punto estuve de pasar por alto, mientras buscaba algo para matar el tiempo del confinamiento, este otro librito que descansaba al lado de su hermano en mi estantería.
Estrella doble es una novelita corta (no llega a las doscientas páginas) que Heinlein escribió en sólo tres días y que le reportó un premio Hugo en los 50.
La obra está protagonizada por Lorenzo Smythe, un actor de segunda fila en horas bajas, que es contratado para encarnar temporalmente, como doble, a John Joseph Bonforte, ex Ministro Supremo, jefe del partido de la oposición y Presidente de la Coalición Expansionista, que ha sido víctima de un secuestro como parte de un complot para menoscabar su posición política dentro del Imperio Interestelar. Smythe, que se autodenomina “El Gran Lorenzo”, se verá así enfrentato a un reto interpretativo excepcional a la par que arrastrado por una operación política de cuyo resultado dependen las vidas de millones de personas y alienígenas.
Admito que a priori la naturaleza política del argumento no me atraía especialmente, pero nada más empezar a leer la persona de Lorenzo (o el artista de talla universal que diría él) se ganó mi simpatía, y eso a pesar de su petulancia (por lo que se refiere a sus habilidades interpretativas) y xenofobia (constatada, desde un principio, al afirmar que no soporta el olor que desprenden los marcianos). El relato en primera persona de los problemas a los que tiene que enfrentarse el actor así como de los pormenores del juego político en sí, explicados estos de forma clara y sucinta (prueba de la experiencia de primera mano que el propio Heinlein tenía en este ámbito) contribuyen a que el lector se vea inmerso en la trama.
La obra, a pesar de su tono ligero y marcadamente humorístico, cuenta con una carga ideológica incuestionable que contrasta con la que observé en Tropas del espacio, que Heinlein escribió posteriormente. Aquí, en Estrella doble, asistimos a un despliegue de teoría liberalista y juego democrático, donde la igualdad de derechos de la ciudadanía detenta un papel central, concretado por la entrada de los clanes marcianos dentro de la cámara de representantes interplanetaria. Este último aspecto ha de ponerse en relación con la lucha por la igualdad de los derechos civiles en Norteamérica, que en el tiempo en que Heinlein escribía esta obra estaba en pleno auge (sólo un año antes de su publicación tenía lugar el boicot de autobuses en Montgomery, en Alabama, con Rosa Parks como figura clave). ¿Podríamos interpretar, como lectores, que Heinlein defiende que sólo la validez y bondad de los postulados igualitarios son capaces de cambiar a un hombre como Smythe, quien acaba abrazando el ideario de Bonforte como si fuera propio? ¡Él, al que conocemos como un racista recalcitrante nada más empezar la obra!
Estrella doble tiene, para mí, cierto componente teatral que creo que se debe a la importancia que tienen las escenas con diálogo por encima de las meramente descriptivas. De hecho, veo el marco space opera de su ambientación como testimonial desde el mismo momento que los elementos propios del género se conciben como simple atrezzo (transportes espaciales) o como metáfora de la realidad (la representación política de los marcianos), y nunca como parte sustancial de la historia que nos cuenta el autor.
En definitiva, una obra ligera y divertida, dotada de muy buen ritmo y que se lee muy fácilmente, que nos regala un Heinlein mucho más optimista que el que firmaría Tropas del espacio sólo unos años más tarde. Toda una agradable sorpresa.
Devoradores de cadáveres (Michael Crichton)
Para motivos peculiares para rescatar un libro de la estantería, los míos. La semana pasada me enteré que la película El guerrero número 13, una producción de John McTiernan y protagonizada por Antonio Banderas de la que guardo un muy buen recuerdo, pudo perder entre 106 y 198 millones de dólares de recaudación en taquilla: el mayor fracaso en la historia para un film de Hollywood. Eso me recordó que todavía tenía sin leer esta Devoradores de cadáveres (Eaters of the Dead) de Michael Crichton, en la que se basa la película, así que decidí satisfacer mi curiosidad nacida de la morbosidad asociada a aquel descalabro cinematográfico, en el que, además y para más inri, ¡el propio autor había participado tanto en el guión como en la producción!
De Crichton sólo me había leído una novela con anterioridad, El gran robo del tren, a la que llegué en las mismas circunstancias, después de haber visto su genial adaptación a la gran pantalla, protagonizada por dos de mis actores preferidos, Sean Connery y Donald Sutherland, lo cual me llevó a reflexionar sobre las numerosas obras del escritor norteamericano que han acabado como películas, algunas de ellas auténticos pelotazos taquilleros (la saga de Parque Jurásico) y que, por lo general, siempre he disfrutado en mayor o menor medida.
Devoradores de cadáveres es una novela tirando a corta (alrededor de las doscientas páginas) que podría definirse como un juego entre la realidad y la ficción, característica ésta aplicable a otras de las obras del mismo autor. A partir del personaje histórico de Ibd Fadlan, un cronista y viajero árabe que actuó como embajador del califá de Bagdad en la corte del rey de los búlgaros del Volga, Crichton escribe una obra de ficción que concibió como homenaje al Beowulf, el célebre poema épico anglosajón anónimo que es uno de los primeros documentos escritos en inglés antiguo.
Ese juego entre hechos reales e imaginarios es puesto en evidencia por el propio escritor en un epílogo que es, según él, la única sección del libro que merece ser tomada en serio, mientras que el resto de la novela, bibliografía incluída, obedece a la ficción y, como tal, debe ser puesta en duda por el lector. Una muestra inequívoca de este planteamiento juguetón la encontramos, precisamente, en el último libro listado en el apartado de obras de referencia general que cierra la sección dedicada a las fuentes que el autor ha consultado para crear su obra: el Necronomicón, de Abdul Azhared, que se pone así a la misma altura que clásicas referencias bibliográficas existentes sobre temática vikinga.
Se entiende que la novela se mueve entre distintas aguas: por un lado, la historia y la literatura; por el otro la más absoluta de las fantasías; entre ambas, sólo cabe recurrir a la especulación.
Para quienes no estén familiarizados con el argumento, éste se despliega entre las tierras que separan Bagdad, la Ciudad de la Paz, de las brumosas islas danesas, el escenario principal de la acción, que acontece a principios del siglo X dC. El lector asiste al viaje de Ibd Fadlan como emisario del califa, con el mandato original de instruir al rey de los búlgaros del Volga en la religión del Islam, si bien a los pocos capítulos el diplomático es obligado por un grupo de guerreros vikingos liderados por el caudillo Buliwyf a embarcarse en una peligrosa aventura que tiene por objeto ayudar al rey Rothgar, cuyos dominios son objeto de sangrientas incursiones protagonizadas por los temidos wendol, misteriosos demonios que acostumbrar a mutilar y devorar los cadáveres de sus víctimas.
El libro presta una especial atención al choque cultural entre dos sociedades diametralmente opuestas, del que da fe Ibd Fadlan como viajero en tierra extraña. Su crónica me recuerda inicialmente al Libro de las maravillas, de Marco Polo y Rustichello de Pisa, en tanto que descripción de lugares, gentes y sus costumbres, aunque aquí el elemento narrativo acabe imponiéndose a partir de que la expedición llega a su destino, la corte del rey Rothgar. Así, la mera relación de peculiares e incluso desagradables hábitos a ojos del árabe (donde el humor desempeña un papel esencial) se troca en simpatía hacia sus compañeros de viaje y batalla, que acaba por concretarse en una franca amistad.
Crichton construye un relato de apariencia verídica, a pesar del peso fundamental que detenta en él el componente fantástico. Sin embargo, estos elementos se justifican dentro del marco de la especulación histórica, resultando una lectura muy creíble y coherente en términos generales.
La novela tiene un ritmo narrativo envidiable una vez supera los primeros capítulos,que son los más fieles a los hechos históricos y se produce el encuentro entre Ibd Fadlan y la partida nórdica en tierras del Volga. Ahora bien, reconozco que me decepcionó el desarrollo de alguna escena, supongo que por comparación con la película, que recuerdo como más memorable. Así, por ejemplo, el enfrentamiento con la madre de los Wendol, que en el libro se despacha en un abrir y cerrar de ojos; en mi opinión, un desenlace poco satisfactorio en relación a la tensa atmósfera que Crichton construye en los momentos inmediatamente previos a esta lucha.
Esta escena me hizo reflexionar sobre la adaptación de la película, donde creo que el escritor, encargado del guión, hizo un buen trabajo. Grandes escenas en el libro, como el combate con escudos entre Herger y Ragnar se transforman en memorables en el film, mientras que otras, que no vienen a aportar gran cosa en el primero, como la visita a las cuevas de los enanos, un pasaje extraño por cuanto es puramente fantástico al tiempo que está desprovisto del contexto histórico a que nos tiene acostumbrados el autor (quizás sea un guiño a la mitología escandinava), fueron eliminadas. Parece que Crichton priorizó el componente de acción, una decisión sabia por el formato cinematográfico y en el que su director, John McTiernan, siempre se ha movido con comodidad. Complementariamente, me atrevería a decir que la épica, que ya se halla presente en el libro como homenaje al poema de Beowulf, adquiere un grado más elevado en la película.
Para concluir, una más que entretenida novela fantástica de aventuras, con leve trasfondo histórico, muy fácil de leer y que reporta al lector momentos muy divertidos partiendo de la a priori improbable relación entre un árabe y unos vikingos a finales del primer milenio.

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Cena en el palacio de la discordia (Tim Powers)
Cena en el palacio de la discordia es una obra atípica dentro de la producción de Tim Powers: acostumbrados como nos tiene a extensas novelas de ritmo pausado detrás de las cuales se esconde una exhaustiva labor de documentación histórica, un poco en la línea que definió su Las puertas de Anubis, esta otra obra sorprende por tratarse de una narración breve (alrededor de las doscientas páginas), intensa y con ambientación postapocalítica que, pese a haber sigo galardonada con el premio Philip K. Dick, no parece haber recibido el mismo eco mediático o la repercusión de otras obras suyas merecedoras del mismo premio y de otros similares dentro del ámbito fantástico.
Por el puesto que ostenta dentro de la producción literaria de Powers casi parece que el autor estadounidense estaba indeciso todavía sobre hacia dónde orientar su trabajo creativo. ¿Acaso quiso retomar con esta obra el formato más corto de sus obras primerizas? Ahora mismo me viene a la memoria Esencia oscura , una novelita ambientada en el asedio turco de una Viena en cuya defensa participaron unos mercenarios vikingos, cuyo ritmo recuerda a esta. Aquí, en cambio, prescinde de la ingente documentación que está presente en otras novelas que le han dado más fama entre los aficionados, como su ya mencionada Las puertas de Anubis, En costas extrañas o Declara. O, por otro lado, quizás esta novela que tengo entre manos sea tan sólo un mero capricho, acaso un divertimento personal, que cabría situar, de forma mucho más clara, dentro de la ciencia ficción más al uso, sin renunciar por ello a ese componente weird, raro, que siempre preside la obra de Powers.
Así, se ha de tener en cuenta que en los años previos a su publicación (1985), el género postapocalíptico había dado a luz, en la pantalla grande, a la saga de Mad Max, el icónico guerrero de la carretera interpretado por un joven Mel Gibson, así como a la cinta de culto 1997: Rescate en Nueva York, dirigida por John Carpenter y protagonizada por un Kurt Russell en pleno estado de gracia. La sobreexplotación del género no se haría esperar en los años siguientes, cuando aparecerían numerosas producciones cinematográficas de similar ambientación y dudosa calidad. ¿Es Cena en el palacio de la discordia un intento de aprovecharse del tirón entre el lector aficionado a lo fantástico? Lo único que os puedo decir es que las rugientes motocicletas y otros delirantes vehículos a motor diseñados para fagocitar galones de gasolina que el género popularizó se transforman, en la obra de Powers, en bicicletas y oxidados descapotables dispuestos sobre carromatos de tracción animal.
Pero vamos con el argumento: En la novela conoceremos a Gregorio Rivas, un músico canalla aunque entrañable que goza de una fama paralela como uno de los mejores “redentores” vivos. En el universo post-nuclear de Powers, el redentor es un profesional que se gana la vida devolviendo a sus familias (con un secuestro de por medio) a personas que han caído en las redes de una peligrosa secta destructiva, la liderada por el infame y misterioso Norton Jaybush. En su nuevo contrato Rivas tendrá que traer de vuelta a Urania, la hija del potentado local, un fabricante de brandy (el alcohol es la moneda de uso), con la que tuvo una vergonzosa historia cuando apenas era un muchacho y de la que no ha podido olvidarse a pesar del paso de los años. A partir de aquí seguiremos a Rivas en su búsqueda de Uri a través de desiertos radioactivos y decadentes ciudades de pesadilla, enfrentándose a mil y un peligros, desde adictos a la droga comúnmente conocida como Sangre, cultistas idos, fanáticos pastores, despreciables traficantes de mujeres, sanguinarios saqueadores sobre ruedas o siniestras criaturas moradoras de las arenas entre otros, hasta llegar al mismísimo Norton Jaybush, el pavoroso líder del culto.
Rivas obedece al estereotipo del héroe según Powers, que no es sino un pobre desgraciado que pesca un pez que acaba siendo demasiado grande para él; en el fondo un mindundi cuyos defectos empiezan a relucir al poco de iniciarse su calvario. Porque los héroes de Powers vienen a este su universo a sufrir, física y emocionalmente, y a ver como sus cuerpos y psiques se van escarificando a medida que recorren su camino, una senda que no les deparará sino dolor, angustia y desesperación, si bien en última instancia acaba por transformarlos y hasta liberarlos en cierto sentido.
No es este el único rasgo típico del autor estadounidense que podemos encontrar en Cena en el palacio de la discordia. La figura del doble, del doppelgänger, presente en otras obras, tiene también cierto protagonismo en esta novela, y viene dada por un “simpático” antagonista que, a pesar de su carácter secundario, tiene un papel fundamental en la narración. Y ya que ha salido a relucir este “villano”, por llamarlo de alguna manera, la novela cuenta con otro adversario genial, como los que suelen poblar las páginas de los libros de Powers, uno sobre el que gira toda la acción, el mismísimo Norton Jaybush, cuya premisa inicial obedece a un planteamiento interesante y que sorprenderá a más de un lector.
Finalmente, el atractivo componente weird, una constante en la obra de Powers, está igualmente presente en esta novela, en la forma de localizaciones (como la enigmática Ciudad Santa, centro del culto de Jaybush o la envilecida Venecia, aquí un trasunto de fantasmagórica Nueva Orleans, ambos emplazamientos situados en los alrededores de una postapocalíptica Los Angeles), personajes (la galería de cultistas conocidos como jaybirds es de traca) y planteamientos (cierta participación del horror cósmico heredado de H.P.Lovecraft y que encontramos en otras novelas suyas, como Declara).
Si la ambientación de la novela es, sin lugar a dudas, fascinante o cuanto menos sugerente, el ritmo no se queda atrás. La reducida extensión de la novela posiblemente ayuda a que la acción se dispare, a partir de ganchos consistentes en alusiones enigmáticas que meten al lector en la historia a poco de empezar, en un ritmo trepidante de los que no dan tregua, aligerado aun más por el recurso humorístico al que recurre Powers habitualmente.
Para acabar, una novela corta, a caballo entre varios géneros, definida desde una ciencia-ficción postapocalíptica pero con pinceladas noir y cierto regusto western, muy entretenida y que he disfrutado sobremanera. Quizás se quede corta en lo que respecta a riqueza de planteamientos si la comparamos con otras obras del mismo autor, pero a cambio sale mejor parada en términos de frescura, ritmo y diversión.