Cena en el palacio de la discordia (Tim Powers)
Cena en el palacio de la discordia es una obra atípica dentro de la producción de Tim Powers: acostumbrados como nos tiene a extensas novelas de ritmo pausado detrás de las cuales se esconde una exhaustiva labor de documentación histórica, un poco en la línea que definió su Las puertas de Anubis, esta otra obra sorprende por tratarse de una narración breve (alrededor de las doscientas páginas), intensa y con ambientación postapocalítica que, pese a haber sigo galardonada con el premio Philip K. Dick, no parece haber recibido el mismo eco mediático o la repercusión de otras obras suyas merecedoras del mismo premio y de otros similares dentro del ámbito fantástico.
Por el puesto que ostenta dentro de la producción literaria de Powers casi parece que el autor estadounidense estaba indeciso todavía sobre hacia dónde orientar su trabajo creativo. ¿Acaso quiso retomar con esta obra el formato más corto de sus obras primerizas? Ahora mismo me viene a la memoria Esencia oscura , una novelita ambientada en el asedio turco de una Viena en cuya defensa participaron unos mercenarios vikingos, cuyo ritmo recuerda a esta. Aquí, en cambio, prescinde de la ingente documentación que está presente en otras novelas que le han dado más fama entre los aficionados, como su ya mencionada Las puertas de Anubis, En costas extrañas o Declara. O, por otro lado, quizás esta novela que tengo entre manos sea tan sólo un mero capricho, acaso un divertimento personal, que cabría situar, de forma mucho más clara, dentro de la ciencia ficción más al uso, sin renunciar por ello a ese componente weird, raro, que siempre preside la obra de Powers.
Así, se ha de tener en cuenta que en los años previos a su publicación (1985), el género postapocalíptico había dado a luz, en la pantalla grande, a la saga de Mad Max, el icónico guerrero de la carretera interpretado por un joven Mel Gibson, así como a la cinta de culto 1997: Rescate en Nueva York, dirigida por John Carpenter y protagonizada por un Kurt Russell en pleno estado de gracia. La sobreexplotación del género no se haría esperar en los años siguientes, cuando aparecerían numerosas producciones cinematográficas de similar ambientación y dudosa calidad. ¿Es Cena en el palacio de la discordia un intento de aprovecharse del tirón entre el lector aficionado a lo fantástico? Lo único que os puedo decir es que las rugientes motocicletas y otros delirantes vehículos a motor diseñados para fagocitar galones de gasolina que el género popularizó se transforman, en la obra de Powers, en bicicletas y oxidados descapotables dispuestos sobre carromatos de tracción animal.
Pero vamos con el argumento: En la novela conoceremos a Gregorio Rivas, un músico canalla aunque entrañable que goza de una fama paralela como uno de los mejores “redentores” vivos. En el universo post-nuclear de Powers, el redentor es un profesional que se gana la vida devolviendo a sus familias (con un secuestro de por medio) a personas que han caído en las redes de una peligrosa secta destructiva, la liderada por el infame y misterioso Norton Jaybush. En su nuevo contrato Rivas tendrá que traer de vuelta a Urania, la hija del potentado local, un fabricante de brandy (el alcohol es la moneda de uso), con la que tuvo una vergonzosa historia cuando apenas era un muchacho y de la que no ha podido olvidarse a pesar del paso de los años. A partir de aquí seguiremos a Rivas en su búsqueda de Uri a través de desiertos radioactivos y decadentes ciudades de pesadilla, enfrentándose a mil y un peligros, desde adictos a la droga comúnmente conocida como Sangre, cultistas idos, fanáticos pastores, despreciables traficantes de mujeres, sanguinarios saqueadores sobre ruedas o siniestras criaturas moradoras de las arenas entre otros, hasta llegar al mismísimo Norton Jaybush, el pavoroso líder del culto.
Rivas obedece al estereotipo del héroe según Powers, que no es sino un pobre desgraciado que pesca un pez que acaba siendo demasiado grande para él; en el fondo un mindundi cuyos defectos empiezan a relucir al poco de iniciarse su calvario. Porque los héroes de Powers vienen a este su universo a sufrir, física y emocionalmente, y a ver como sus cuerpos y psiques se van escarificando a medida que recorren su camino, una senda que no les deparará sino dolor, angustia y desesperación, si bien en última instancia acaba por transformarlos y hasta liberarlos en cierto sentido.
No es este el único rasgo típico del autor estadounidense que podemos encontrar en Cena en el palacio de la discordia. La figura del doble, del doppelgänger, presente en otras obras, tiene también cierto protagonismo en esta novela, y viene dada por un “simpático” antagonista que, a pesar de su carácter secundario, tiene un papel fundamental en la narración. Y ya que ha salido a relucir este “villano”, por llamarlo de alguna manera, la novela cuenta con otro adversario genial, como los que suelen poblar las páginas de los libros de Powers, uno sobre el que gira toda la acción, el mismísimo Norton Jaybush, cuya premisa inicial obedece a un planteamiento interesante y que sorprenderá a más de un lector.
Finalmente, el atractivo componente weird, una constante en la obra de Powers, está igualmente presente en esta novela, en la forma de localizaciones (como la enigmática Ciudad Santa, centro del culto de Jaybush o la envilecida Venecia, aquí un trasunto de fantasmagórica Nueva Orleans, ambos emplazamientos situados en los alrededores de una postapocalíptica Los Angeles), personajes (la galería de cultistas conocidos como jaybirds es de traca) y planteamientos (cierta participación del horror cósmico heredado de H.P.Lovecraft y que encontramos en otras novelas suyas, como Declara).
Si la ambientación de la novela es, sin lugar a dudas, fascinante o cuanto menos sugerente, el ritmo no se queda atrás. La reducida extensión de la novela posiblemente ayuda a que la acción se dispare, a partir de ganchos consistentes en alusiones enigmáticas que meten al lector en la historia a poco de empezar, en un ritmo trepidante de los que no dan tregua, aligerado aun más por el recurso humorístico al que recurre Powers habitualmente.
Para acabar, una novela corta, a caballo entre varios géneros, definida desde una ciencia-ficción postapocalíptica pero con pinceladas noir y cierto regusto western, muy entretenida y que he disfrutado sobremanera. Quizás se quede corta en lo que respecta a riqueza de planteamientos si la comparamos con otras obras del mismo autor, pero a cambio sale mejor parada en términos de frescura, ritmo y diversión.