El vaso de whisky estaba por la mitad, al igual que la botella, lo que no sería un problema sino la hubiese abierto por primera vez esa noche. Se sirvió un poco más hasta que el ambarino líquido comenzó a desbordar y entonces lo empinó bebiendo rápido y sin pausa. Su única reacción fue tomar la botella y servirse más mientras admiraba la vista desde el balcón, recargándose contra la barandilla de acero inoxidable, fría y brillante como siempre. Miró hacia abajo, era una caída corta, rápida, pero lo suficientemente alta como para pintar el suelo de carmesí. Sacudió la cabeza quitándose el pensamiento de encima y bebió un poco más.
Siempre lo tomaba solo, sin hielo, agua mineral o compañía de ningún tipo. Terminó por sentarse en una silla plegable, dejando su vaso en uno de los portavasos incorporado y la botella en el suelo. Pasó la mano por su cabello sucio, necesitaba una buena ducha caliente; luego, con la yema de los dedos palpo su pómulo con suavidad apartándose de sí mismo al instante, el largo hematoma que decoraba su mejilla izquierda dolía como una patada en los huevos, al menos el alcohol estaba cumpliendo su labor de analgésico, aunque en realidad, más que eso, solo lo ayudaba a olvidar que el golpe estaba ahí.
Escuchó una puerta abrirse, no hacía falta que se girara a mirar, sabía de quién se trataba y la mejor opción era intentar pasar desapercibido. Por suerte las luces de la casa estaban apagadas y su silueta apenas sería visible tras el cristal de la puerta corrediza que daba hacia el balcón. Aun así, la puerta se abrió completamente y él salió, una ráfaga movió sus cabellos haciendo que un fino mechón castaño cruzara su rostro y se introdujera en su boca, molesto lo apartó de sus gruesos labios intentando acomodar su cabello y al ver que era imposible con el viento que había esa noche resopló.
No dijo nada, sólo se acercó a tomar la botella de licor sin prestarle mucha atención al otro ser humano que estaba ahí esa noche, se la llevó consigo hasta la cocina, tomó un vaso metiéndole tres cubos de hielo, un tercio de whisky y el resto de agua mineral. Regresó al balcón cargando consigo su bebida, la botella y una silla plegable, la cual colocó junto al otro, tomándose un tiempo para acomodarla y finalmente sentarse, dejando su pálida y diluida versión de whisky en el portavasos integrado.
Hubo silencio, ambos sólo miraban hacia el horizonte, bebiendo un poco de vez en cuando. El pelinegro miró al castaño de reojo observando su figura sobre la silla: delgado, de brazos ligeramente marcados y cintura femenina; un cuerpo que no lo había hecho dudar de su sexualidad, sino que la había terminado de reafirmar. Quizá esa era una de las razones por las que sus relaciones con mujeres no solían funcionar, aunque para ser sinceros: ninguna de sus relaciones —sin importar de qué tipo— solían funcionar.
El castaño intentó decir algo, comenzaba a sentirse incómodo por el silencio, pero no alcanzó a formar pensamiento alguno. ¿De qué se supone que podían hablar? Era obvio que él estaba molesto, su expresión era seria, sus pobladas cejas se fruncían mientras miraba la nada y sus labios eran apretados con tanta fuerza que se habían tornado blancos. La había cagado. La había cagado con ganas, en su afán de obligarlo a mostrar algún sentimiento había urdido un plan para ponerlo celoso y tenerlo a sus pies, pero esta vez no había funcionado. ¿Cómo iba a funcionar semejante estupidez? Después de entrar y salir de su vida por años, enamorándolo, dándole esperanzas para después dejarlo tirado como a un trapo sucio. Esa relación o lo que sea que tuviesen estaba tan erosionada como una roca que había recibido el constante golpe del oleaje marino por siglos.
—Seb —dijo el pelinegro con la voz áspera—, ¿cómo te fue en tu cita?
Su torpe lengua hacía tropezar las palabras unas con otras en un mascullo casi incomprensible que fácilmente podría haber sido confundido con los quejidos de un borracho.
—Era un tonto —respondió Sebastián.
—¿Entonces no habrá segunda cita?
—No, Bruno, no habrá segunda cita.
Giró los ojos aprovechando para apartar la mirada. Sintió un pinchazo en el pecho, quizá después de todo su estúpido plan había funcionado.
—Lo siento. Te veías bastante feliz con él.
Bruno se giró con una sonrisa forzada para ver a su interlocutor, olvidando que quería ocultar el moretón en su rostro, o quizá pensó que no sería visible con la poca luz que había en el balcón. No fue así, Sebastián abrió los ojos horrorizado, saltó de su silla y corrió a encender las luces para luego lanzarse de rodillas junto a Bruno, examinando de cerca la marca en su rostro. La palpó con la punta de sus dedos y el pelinegro no pudo hacer más que apretar los dientes y soportar el dolor, quería sentir su tacto, la suavidad de aquellas frágiles manos sobre su piel; quería tomarlas entre las suyas y colmarlas de besos. Tuvo que hacer ahínco de toda su fuerza de voluntad para prohibirse aquel deseo.
Sebastián seguía delimitando el contorno de aquel cardenal cuyo centro de un morado intenso se iba diluyendo hasta convertirse en un extraño verde que se mezclaba con la coloración de la piel, haciendo algo más complicada su tarea de cartografiar el golpe. Con simpatía pasaba las suaves yemas de sus dedos sobre esa áspera mejilla, los pequeños vellos raspaban como si fuesen una lija, quizá si Bruno se hubiese rasurado un par de días antes de cuando lo hizo la sombra de su barba habría crecido lo suficiente para ocultar mejor aquel golpe, pero no se arrepentía de ello, todo lo contrario, sentir aquel tacto le hacía sentir bien. Sebastián negaba con la cabeza incrédulo mientras balbuceaba palabras incompletas hasta que finalmente la pregunta salió de sus labios:
Hubo un pequeño silencio en el que Bruno pensó si debía confesar su pecado. Se preguntaba cómo reaccionaría su compañero de pequeñas y suaves manos, ¿lo tomaría como una ofensa? o quizá no, quizá lo entendería después de todo.
—Me peleé con un tipo —confesó—. Una riña de borrachos, ya sabes.
—¿Con quién? —su preocupación era palpable.
Otro silencio que Bruno ocupó para pensar. Miró los ojos de Sebastián, intranquilos y cerca de las lágrimas, luego su mirada cayó a sus labios, gruesos, suaves y probablemente saborizados con la pálida mezcla de whisky que se había preparado.
—¿Recuerdas al pendejo que te llamó maricón la otra noche? —pausó para ver la reacción del chico y no notó cambió alguno—. Lo encontré, intenté explicarle su error y terminamos a los golpes.
«Lo encontré» escuchó Sebastián. «Lo encontré» repitió en su mente un par de veces. Bruno dijo «lo encontré», no un «me lo topé» o «coincidimos». No, fue un «lo encontré». Ello implicaba una búsqueda activa por un sujeto que borracho lo había insultado. La preocupación se desvaneció de su rostro dando paso a una mirada de completa seriedad, confundiendo a Bruno por el repentino cambio.
—¿Qué? —fue lo único que alcanzó a decir el pelinegro en su confusión.
—¿Buscaste al tipo sí o no?
La respuesta fue silencio; silencio y la mirada que Bruno siempre ponía cuando era atrapado, una mirada culpable bastante obvia, una válvula de su conciencia que se abría cada vez que era consciente de sus faltas.
No hubo necesidad de expresarlo en palabras, esa mirada le bastaba a Sebastián para comprender lo que había pasado y saberlo le disgustaba tanto como el olor a tabaco. Se puso de pie, tomó su vaso y arrojó su contenido por el balcón para luego dirigirse hacia la puerta. Al ver esto, Bruno reaccionó de inmediato, alcanzando al castaño e interponiéndose en su camino, impidiéndole el paso, erguido, amenazante y con una mirada fría.
—Hablemos —dijo con tal seriedad que un escalofrío ascendió por la espalda de Sebastián.
Tuvo que alzar la mirada para lograr ver aquellos profundos ojos cafés, cansados de su existencia, pero con el brillo que solo se podía encontrar en la mirada juguetona de un cachorro. Por un momento olvidó la razón por la que estaba molesto y tuvo que hacer un esfuerzo por recordarse a sí mismo que lo estaba.
—No hay nada de qué hablar —zanjó.
Sebastián intentó colarse por un costado, Bruno logró prenderlo por la muñeca apretando con la fuerza suficiente como para hacerle difícil zafarse, pero no lo bastante como para hacerle ningún daño. El chico castaño sabía que no podía liberarse de su agarre, por lo que simplemente lo miró decepcionado.
—Hablemos —repitió Bruno con un tono más tranquilo—, por favor.
No hubo respuesta, pero en realidad no hacía falta una, después de todo Sebastián estaba atrapado. Aun así, Bruno quería escucharlo, quería saber que él le prestaría atención a sus razones.
—De porqué hice lo que hice.
—Yo sé bien porque lo hiciste.
—Lo hice por ti —confesó el pelinegro.
Ninguno dijo nada, sólo permanecieron callados por un momento. El rostro de Sebastián era de completa frustración, estaba a punto de estallar, sus fosas nasales se dilataban y contraían mientras halaban aire con fuerza, haciendo que su respiración fuese audible en la tranquila noche. Cerró los ojos y exhaló, recuperando su serenidad por un momento y entonces, como si hubiese afilado su lengua en esos pocos instantes, atacó:
—No lo hiciste por mí —comenzó con voz pasiva—. Un tipo borracho me insultó en un bar y te pedí que lo dejaras pasar. Te pedí que no le dieras importancia —su tono se iba agravando con cada palabra, volviéndose más severo—. Pero como siempre ignoraste mi petición.
Bruno fue interrumpido por la mano de Sebastián apareciendo frente a su cara, haciéndolo callar pues el chico aún no terminaba todo lo que tenía que decir.
—No sé qué idea tienes de esto, de nosotros —continuó señalando a Bruno y luego a sí mismo con la mano extendida—. Pero ni tú eres un caballero, ni yo soy un lindo príncipe al que debas rescatar y cuidar.
—Déjame terminar —Sebastián se veía cada vez más irritado a pesar de ser el único en realmente haber hablado hasta el momento—. Nosotros no somos nada, nunca lo hemos sido, así que deja de intentar actuar como si fueras mi novio porque no lo eres.
El agarre de Bruno se relajó lo suficiente como para que Sebastián lograra zafarse, talló su muñeca mientras esperaba respuesta del grandullón, que solo lo miraba decepcionado. Bruno llevó una mano hasta su rostro y comenzó a tallar el puente de su nariz.
—No somos nada, pero aun así vives en mi casa y comes mi comida —comenzó su réplica—. Me buscaste después de no sé cuántos años y me tratas con el cariño y mimo con el que no tratas a ningún amigo.
—Ya tuviste tu turno de hablar, ahora es el mío —la voz de Bruno sonaba calma, monótona incluso—. Siempre me has mandado señales confusas y si no quieres que piense otra cosa necesito que, por una vez en lo que llevamos de conocernos, seas sincero conmigo.
Ambos se miraron a los ojos, recordando sus encuentros pasados. La primera vez en que pusieron la mirada el uno en el otro, ese fugaz momento de placer potenciado por el miedo a ser descubiertos y, al menos para Bruno, el gusto encontrado en algo nuevo, grabando a fuego el rostro porcelánico de Sebastián en su cabeza, generando en ambos sentimientos indelebles, pero al mismo tiempo imposibles y contradictorios. La segunda ocasión siendo más extensa y melancólica, funcionando Bruno como un hombro en el que llorar y Sebastián como una válvula de escape para dejar salir todo el estrés acumulado en varios sentidos posibles. Ambas ocasiones marcadas por un mismo evento, la huida del castaño cuando las cosas se tornaban un poco más serias de lo esperado.
—¿Sabes qué? —dijo Sebastián—. Si no me quieres aquí simplemente puedo irme.
—Claro que sí, lárgate de nuevo. Huye como siempre.
—Al menos no soy un cobarde incapaz de ser sincero por una vez en su patética vida.
Las palabras, sin duda alguna, son curiosas; carecen de forma física alguna, no tienen peso ni ocupan espacio, pero aun así golpean, cortan, duelen y dejan marcas que pueden tardar en desaparecer o simplemente no lo hacen nunca. Para Sebastián, Bruno era diferente a otros chicos: donde otros solo veían un cuerpo atractivo, él veía una belleza cuasi mítica; donde el resto buscaba un revolcón de una sola noche, Bruno buscaba algo para toda la vida; pero el pobre Sebastián no se sentía merecedor de sus besos, de sus caricias y mucho menos de su amor. Se sentía manchado, indigno de estar cerca de él, lo veía como a alguien superior, alguien que había logrado sus metas, alguien quién merecía algo mucho mejor. Por esa razón esas palabras calaron fuerte en él, si Bruno, la persona que más lo hacía sentir merecedor de afecto le recordaba su patetismo, entonces qué le quedaba.
Bruno a pesar de conocer el valor de las palabras estalló dejando salir sus frustraciones en una frase que en realidad no pensaba, pero para cuando se dio cuenta de lo que había dicho ya era tarde. Solo se mantuvo ahí, estoico e inamovible, observando al chico que lo volvía loco contener las lágrimas mientras su carnoso labio temblaba con impotencia. Con «patética vida» no se refería a otra que la suya, siempre enclaustrado en su castillo sobre la colina, viendo la vida pasar frente suyo y sin poder atraparla y hacerla suya, al menos no hasta que cierto chico aparecía y por un momento lo hacía disfrutar de estar vivo, razón por la cual quería mantenerlo cerca, no le importaba que sus razones fueran egoístas, ese chico le daba color a su vida.
Pero ninguno de los dos podía ser sincero, actuaban siempre sin decir sus razones, lastimándose mutuamente, desgastando lo que sea que tuvieran.
—¿Eso es lo que piensas de mí? —preguntó Sebastián con un hilo de voz a punto de quebrarse.
—No —respondió Bruno con el corazón en un puño al darse cuenta de lo que había dicho.
—Entonces… ¿por qué lo dijiste?
No hubo replica de ningún tipo más allá del suave ulular del viento. Ambos muchachos se miraban esperando que el otro interviniera de alguna manera, que se pusiera fin a la agonía que sentían en ese momento; se encontraban tensos y sus respiraciones eran pesadas, sus pechos se inflaban y vaciaban de forma arrítmica.
Bruno sabía que, si no intentaba algo, cualquier cosa, estaría más cerca de perderlo. Esa fue la razón por la que se lanzó sobre el menudo muchacho, rodeándole la cintura con sus toscos brazos impidiéndole escapar. Por su parte, Sebastián intentó dar un paso hacia atrás, pero ya era tarde, aquel bruto lo tenía a su merced, lo siguiente que sintió fueron los ásperos labios de Bruno presionando con fuerza contra los suyos, intentó resistirse, golpeó su pecho y lo empujó todo lo que pudo, pero sus fuerzas ya se habían desvanecido, a final de cuentas eso era lo que buscaba, se dejó llevar, quería pertenecerle de nuevo, toda la finalidad de su estúpido plan era esa, entregarse a él de la única manera en que se podía sentir útil.
Se apartaron jadeantes y con el sabor del otro en sus bocas, sus miradas habían cambiado a unas más melancólicas, pero al mismo tiempo anhelando más. Bruno dio un paso hacia atrás, dejando libre a Sebastián, el castaño dio un paso hacia adelante colocando su cabeza contra el pecho del pelinegro, metiendo sus manos por debajo de su camisa y acariciando su cuerpo, buscando con desespero su calidez. Pronto su cintura se vio rodeada de nuevo, acercándolo aún más y no pudo resistirse al momento de sentir esos secos labios sobre su cuello, dándole pequeños y torpes besos.
—Estás borracho —mencionó Sebastián más como una observación que un reproche.
—De ti… —dijo Bruno en un burdo intento de coqueteo.
Sebastián guardó silencio, tanteando el cuerpo de Bruno por debajo de su ropa regalándole una sonrisa tensa, para justo después rodear su cuello con ambos brazos. Bruno le devolvió la sonrisa con desgana, presionó su cuerpo contra el suyo y le plantó un delicado beso en los labios, en cuanto se apartó del muchacho lo miró a los ojos esperando una reacción positiva, pero no fue eso lo que obtuvo, sino un rostro que se encontraba con un atisbo de decepción.
Sin más, Bruno volvió a besarlo, en esta ocasión siendo más tosco, presionando con fuerza sus labios, agarrándolo por la cintura, con firmeza. Para sorpresa de Sebastián, el pelinegro forzó la entrada de su lengua, dominando el juego mucho antes de que si quiera comenzara. Volvieron a separarse por un momento, jadeando con fuerza, mirándose a los ojos, Bruno seguía con la esperanza de obtener alguna reacción, sus manos seguían sobre la cintura de Sebastián, tomándolo como a un polluelo indefenso, fue entonces cuando las manos de Sebastián tomaron las de Bruno, haciendo que sus ojos se iluminaran al sentir aquel suave tacto, perdiendo el brillo en cuanto fue guiado hasta el trasero del chico, no había nada más que decir.
Los ojos de Bruno permanecían apagados, al mismo tiempo que apretaba aquellas nalgas como si fuesen un trozo de carne cualquiera, obligando a Sebastián a restregarse en el pelinegro, soltando pequeños quejidos en cuanto aquellos ásperos labios se posaron una vez más sobre su cuello, con la diferencia de que habían dejado de lado los delicados toques, volviéndose más posesivos, marcando al muchacho con una ligera capa de saliva.
Parecía que la temperatura había comenzado a subir, ambos jadeaban sin apartar sus cuerpos, tomándose un pequeño descanso para recuperar el aliento, con sus cabezas unidas por la frente, sintiendo el vaho del otro, sin querer apartar la mirada, los ojos de Sebastián daban a entender que deseaba más; mientras que los de Bruno eran iguales a los de un animal salvaje a punto de lanzarse sobre su presa, deseoso de seguir probando aquella carne, marcándola como suya, dio un paso hacia atrás, chocando con el marco de la puerta, anticipando el caótico avance que tendrían. Sebastián dio un paso hacia adelante, intentando despegarse lo menos posible del calor que aquel robusto cuerpo emanaba. Comenzaron así su desordenado baile, chocando por todos lados a la vez que sus labios no se despegaban y sus ojos se mantenían cerrados; una mordida por aquí, un arañazo por allá, algunos moretones, una decoración estrellándose contra el suelo y haciéndose añicos, y un sinfín de muebles ligeramente fuera de su lugar fueron los testigos de aquel viaje accidentado hacia la habitación de Bruno, terminando por chocar contra la puerta.
El pelinegro intentó abrirla, cayendo en cuenta con bastante rapidez que hacerlo de espaldas era una tarea cuando menos complicada, por suerte, Sebastián se dio cuenta de ello y aprovechando su posición giró la perilla, entonces ambos se perdieron en la oscuridad de aquella habitación.