SUTIL
Fue una modalidad repetida por siete u ocho años, los últimos de primaria y los primeros de la secundaria. Llegábamos con mi viejo a la librería enorme de la Avenida Nazca esquina Álvarez Jonte, en el barrio de Villa Santa Rita. Retirábamos el numerito del artefacto, de esos troquelados que siempre se cortaban mal, de lo que agarrabas dos seguidos sin querer, para después dárselo a la persona que llegaba a la fila.
Era un lugar con atención personalizada y mucha variedad de productos con precios accesibles antes de la crisis del 2001. Yo era el hijo que acompañaba a hacer las compras porque me gustaba hacer cuentas, comparar precios y tachar listas. Era prolijo y muy atento. Mi viejo siempre se encargó de halagar éstos dotes en los supermercados, vacaciones o en ésta librería llena de estantes.
Desplegábamos la lista de compras sobre el mostrador de vidrio, donde un cartelito escrito a mano pedía: “No apoyarse sobre el vidrio. Gracias”.
Lo primero que hacía mi viejo era encorvarse y depositar sus dos antebrazos en el vidrio que bancaba, estoico, sus pasados cien kilitos.
Lo segundo que hacía era pedir los lápices negros. Si eran Fabel Castell o Staedtler de punta media, mejor. Tenían letras y números, que no recuerdo bien, pero había de todo tipo de puntas y trazos, de los amarillos y negros, o de los rojos y negros.
Inmediatamente, se ponía un lápiz detrás de la oreja y seguía pidiendo los demás útiles escolares.
Ese lápiz, el elegido, quedaba estático y firme gracias al tamaño de su oreja que, cual verdulero, lo usaba para ir tachando lo comprado y al finalizar, lo volvía a poner detrás de la oreja, con un movimiento eficaz. Un movimiento que se repetía hasta que nos íbamos.
El lapicero que estaba en el mueble del living de casa estuvo siempre lleno de lápices y nunca nos faltaron. Los sacapuntas sí, siempre fue un útil que se perdía mucho y era caro reponer.
Muchos febreros o marzos fui cómplice y testigo de su hurto, sutil, que se encargaba de vanagloriar. Recuerdo que sacaba el lápiz de la oreja y esputaba sonriente: “Miren, uno más para el lapicero…”
Nunca le pregunté porqué lo hacía pero mañana se lo voy a preguntar.














