Ojalá solo fuera mal de amores…
“Tanto tiempo me tomó entender que el amor no es ansiedad, no es forzar, no es perder la dignidad, no es un día sí y otro no, no es llorar todos los días, no es preguntarte si te quieren o no, no es ser luz y que te apaguen poco a poco”.
Me ha tomado muchos días comenzar a escribir “la carta”, aquella que te prometí, esa tradición tan mía, que dijiste no querías recibir…
Empezaré por contarte que contigo quería parar, compré el sueño de la vida juntos, del amor desmedido y alocado propio de la adolescencia. Traías una bomba de amor que parecía irreal, al principio dabas miedo y creía que no podría corresponderte igual. Pero el tiempo pasó y te ganaste mi voluntad, mi fuerza y todo el amor que fui capaz de dar. Fui pasando encima de todos y de todo, incluso sobre mí, yo sabía que algo estaba mal, pero como siempre lo dejé pasar. Luego aumentaron las malas rachas y ya no hubo marcha atrás.
No es poner algún pretexto pero mi nula capacidad de sanar en ese momento lo pasado, no permitió que mi amor te alcanzara (o al menos eso pensaba) y aunque me esforcé para que vieras que paso a pasito traté de hacer lo mejor para ti, siempre me hiciste sentir que ningún esfuerzo valía.
Esa madrugada de enero, el diagnóstico cambió de “grave pero estable” a “agonizando”, dos cosas rotas al mismo tiempo, el cuadro y mi corazón, aunque solo se pudiera ver el cuadro. Días de oscuridad, total y absoluta oscuridad, miles de preguntas, de miedos, incertidumbre, rabia, decisiones sobrepensadas, balanzas, pros y contras… y entonces, sucedió… siempre soñé con un amor bonito y real, toda mi vida se había ido en buscarlo, encontrarlo y fallar, puedo hablar de 10 años continuos, sin parar, yendo de un hogar a otro, pero si nos vamos más atrás, las heridas tienen mucho, mucho más. Sin embargo, nunca en mi vida imaginé llegar hasta este punto, hasta este fondo, yo que durante años había salvaguardado esa parte de mí, parecía una broma, una pesadilla… el terror, el dolor físico y el del alma me hicieron pensar que nunca más volvería a sonreír, que la alegría me había abandonado para siempre. Esa noche, algo murió dentro de mí, murió la mitad de lo que fui, se fue. Los días que siguieron fui un fantasma vagando por el mundo, volteaba hacia atrás y solo veía cuervos alrededor de mi cuerpo… y entonces, volviste, y acribillaste una y otra vez mi ser, hasta no dejar casi nada. Y una vez más, volviste, traté de comprender el tamaño del dolor que dijiste que sentías, traté de seguir sintiendo empatía aunque ya no estoy segura si lo merecías. Esa tarde cuando por fin te acurrucaste a lado mío y me abrazaste, pensaba dos cosas al mismo tiempo:
1. ¿Cómo puedo estar en sus brazos después de todo?
2. ¡Ya está aquí, ya todo está bien!
Me recordaba esa escena de la película “Los Otros”, cuando Nicole Kidman confiesa que mató a sus hijos y al día siguiente los oyó correr por toda la casa, creyendo que se le había dado la oportunidad de redimirlo…
Cuatro, cuatro días bastaron para que en un clásico pleito se abriera toda la cloaca, con aquello que ni siquiera se había empezado a sanar. Ese día murió absolutamente todo. Esa noche desde el lodo, desde el suelo, te hice una promesa, costara lo que costara. Esa noche finalmente entendí que lo que ya habíamos vivido y hasta donde habíamos llegado era suficiente, ya no podía pasar nada más grave, ya no había más fondo qué tocar.
Y entonces comenzó a pasar, dejó de tratarse de ti y de cualquiera y empezó a ser solo por y para mí, era quedarme y morir en vida o salir y sufrir por un tiempo.
Cada noche, cuando te he extrañado me he repetido, he leído y escuchado todas las palabras que dijiste y no para odiarte, sino para entender que no eres mi camino. “Un día a la vez”, paso a pasito, lágrimas, ansiedad, llamadas, mensajes, terapia, canciones, los niños, mis amigos, largas noches, larguísimas noches, alcohol, paseos, el parque, Lucas, calles y lugares sin nosotros, eliminar mi otra cuenta de Facebook, bloquear por primera vez a alguien, coraje, miedo, luz, oscuridad, sentir que moría de amor y seguir viva. “¿Existe algo más cercano a la muerte? Sí, estar roto”, te lo dice alguien que pasó noches completas llorando y con ataques de ansiedad… regresaste de nuevo, pero ya de esto no quedaba casi nada, solo resistir y tratar de salir, aprendiendo a extrañar con dignidad.
Sabes bien que no voy a volver. A veces me pregunto qué habría pasado si yo hubiera visto todo esto desde el principio, te habría dejado ir todas las veces que amenazaste con hacerlo, porque habría tenido la certeza que siempre volverías, pero qué bueno que no fue así, porque no tendría la sabiduría que tengo ahora, ni vería las cosas desde afuera, casi es un hecho que allí seguiría. Te di todo el amor que en mi corazón tenía y aun así nunca pudiste ser feliz, quizás debí dejarte antes de que me rompieras el corazón, porque siempre supe que lo harías, pero te quería tanto, que no pude.
Has causado un gran caos y has sido un gran maestro. El caos que necesitaba para parar y comenzar a ordenar, y gran maestro porque los aprendizajes que tengo ahora me servirán para siempre. En el tiempo extra que hemos estado viviendo de aquel “nosotros”, te has encargado de hacerlo muy bien, dicen que lo que ves de una persona al final de una relación, es la realidad, quién es verdaderamente, pero te entiendo, no es fácil perder y menos aceptarlo. Gracias por arrebatarme la venda, gracias también por eso…
El camino es largo pero eso, eso ya solo me toca a mí. Y volveré a reír como quien se ha olvidado que un día le dolía hasta respirar.
Cocodrilo Astronauta 👩🏻🚀🚀💕