Un punto de inicio, no lo tengo. Creo fielmente en que cada vez que llego allà voy a encontrar algo distinto, sólo me basta con ver una casa de estilo inglés o un edificio de aquellos con no más de cuatro pisos, ventanales amplios y uno que otro apartamento con una luz amarilla, baja pero acogedora en su interior.
A veces el devenir me complace con mostrarme más que un recinto a la espera del retorno de su dueño; una pequeña bestia gatuna desperezándose, un cuadro, una calcomanÃa. Elementos simbólicos para mÃ, pues sin tener idea de ello, el dueño me ha permitido imaginar.
Crecà al lado del mar, crecà con la sal corroyendo todo aquello que encontrara a su paso: el metal, la pintura, el alma. La brisa cartagenera trae consigo una melancolÃa habitable, palpable en cada partÃcula de arena chocando contra el rostro de un habitante. Era como si la brisa se convirtiera en una oportunidad para sentir lo que siente el otro, un cansancio interno, un suspiro del corazón, el llanto de la alegrÃa; la brisa para mà habÃa abandonado su papel botánico, para adquirir uno completamente distinto.
Me acostumbré a la sal, a la brisa inclemente, al calor invasivo; pero en cierto momento todas esas cualidades del dÃa a dÃa fueron arrebatadas de mi ser. La sal fue cambiada por un olor a monte, no siempre perceptible; en vez de aquel calor, sentÃa frÃo en los huesos, temblaba, las articulaciones se me congelaban, los pies se me enchiquecian y la piel se me resecaba. Si bien muchas veces pude sentir la fiereza de una brisa tropical, ya no acarreaba consigo el sabor salado de la proximidad del océano. Me sentà fuera de mÃ, me habÃan quitado lo que constituÃa mi hogar; me negué a la posibilidad de habitar esta ciudad, me negué a quererla, a sus habitantes con semblantes hostiles, a sus calles con casas lejanas casi inhabitadas; esta no era mi ciudad, me repetÃa.
Sin embargo como ser viviente y andante debÃa andar. Una noche recuerdo encontrarme caminando sus calles, no tenÃa idea de dónde estaba, yo seguÃa a mis acompañantes. De repente fijé la mirada en cual magnÃfica escultura arquitectónica: era una casa azul con acabados amarillos, en vez de acabar en punta, continuaba su recorrido con una curva marcada. Sus ventanas seguÃan la misma curvatura junto con unas rejas horizontales blancas, previniéndose de cualquier maleante deseoso de asaltar el hábitat. Recuerdo la impresión, recuerdo haber sacado mi teléfono enseguida para tomar una fotografÃa a la vez que preguntaba dónde estábamos, porque realmente no lo podÃa creer. Esa casa probablemente encerraba en si las historias más magnÃficas.
Poco o nada pensaba en lo que habÃa sucedido en ese lugar, pensaba más bien en los acontecimientos vividos por sus dueños para luego llegar a esta edificación a recordarlos y descansarlos. ¿Dónde estamos? Estamos dos cuadras encima de la estación Flores. ¿Ese lugar tan horrible? Resuenan mis pensamientos sobre la relación inexistente en mi cabeza sobre este lugar incomparable junto con la estación de Flores.
Allà no terminó mi sorpresa. Seguimos caminando, veÃa más casas. Siempre me ha dado la impresión de que son varias casas superpuestas y fundidas en una misma. Hay una especie de casa basa, ancha, la cual recibe a otra estrecha encima suyo, a la vez que se apoya en una un poco más baja y menos estrecha. Realmente todo es una misma construcción, pero ante mis ojos costeros era esto toda una novedad. Al subir un poco más, a eso de la carrera décima con 67, vi varios edificios, ventanas grandes en espacios de reducida altura. Divisar lo que contiene en su interior es lo que más me llena de placer, plantas opulentas, candelabros antiguos, una fila de libros recostados contra el vidrio. De nuevo, me permitÃa pensar en quienes habitaban el lugar, en sus dÃas de fatiga, en los preparativos antes de encontrarse con un amante, fugaz o duradero; en las risas fraternales, en los llantos ahogantes. El barrio es un laberinto, con pasadizos repletos de recintos: a veces semblantes tranquilos, tristes, pensativos, ocupados; otras veces simplemente felices, sin razón o con razón. De dÃa invita a entrar, de noche a contemplar
A partir de esta experiencia se despertó en mà un nuevo hábito, un nuevo deseo, una atadura a esta ciudad que tanto detestaba. Andar y andar, andaba, me detenÃa, iba lento o rápido. No siempre tenÃa tiempo de detenerme a pensar cada lugar pues en ocasiones suelo concentrarme en sólo uno: sentirle y pensarle. El andar se ha vuelto un encuentro con mi imaginación, una peregrinación, una danza. Este lugar tiene una musicalidad única, creada por el pasar de los carros en una calle cercana, la risa desde un balcón o el murmullo tÃmido de los pájaros. Andar Chapinero, Chapi, Chapinero bajo. Un pedazo de tierra encerrado entre dos grandes vÃas. Ni bullicioso, ni en silencio perpetuo. Un lugar donde cambia el tiempo, todo se ralentiza al observar a los transeúntes o clientes de comercios; tiempo inmensurable ¿cómo se mide algo en constante movimiento? ¿Existe alguna manera de medir mis pensamientos? Supongo que he perdido infinitas cantidades de tiempo en la contemplación del espacio. Entonces perderme, perder mi punto de referencia pero encontrar un nuevo rincón, una nueva puerta, un nuevo portal, perder el tiempo divagando en la memoria.
Chapinero, barrio con esa aura mÃstica y nocturna aun siendo de dÃa. Como si el cielo me encerrara, las paredes me hablaran, las tiendas me gritaran, los pasos me susurraran. Este frenesà de estÃmulos me hacen sentir en calma, una calma la cual no comprendo de dónde proviene, tal vez de un recuerdo de infancia o una idea vendida en cierto momento; una calma comparable al empuje de la brisa marina, pero con el frÃo haciéndome tiritar. Andar, mi nueva práctica estética e imaginativa, el despertar de mis sentidos, la aclaración de mis ideas, la transición de una ciudad a otra, finalmente lograba encontrarme de nuevo, cómo lo habÃa hecho entre la sal.