El síntoma es producto de la “ilegitimación”, es consecuencia de un falso amor. Quien ama acepta, le alegra la felicidad del ser amado aunque ésta no coincida con las expectativas del amador, entonces la persona se entrega, se encuentra, hay intimidad; en cambio, el síntoma es la escafandra que nos protege del que dice amarnos cuando en realidad ama lo que espera de uno, no acepta, condiciona, plasma sus expectativas anulando la existencia auténtica. El dolor es insoportable, se busca refugio en alguien, al no encontrarlo el individuo construye un absurdo: el falso dolor, el síntoma. Salpica entonces esa especie de sangre plástica que cual ácido sulfúrico quema la piel de quien no sabe amar, es en ese momento que la familia busca ayuda.
Suele suceder también que el síntoma protegió a la persona del dolor, una vez resulta la situación, se da una especie de enamoramiento por el síntoma, el mismo no es útil, pero se instala silencioso en el ser, se lo usa en situaciones diversas, o se manifiesta aunque no se quiera. Muchas veces el paciente dice: “no es por mi voluntad, me viene, ocurre”; palabras que hacen pensar en el síntoma como una entidad con vida propia e independiente. ¡Qué difícil entender que es preferible el síntoma al dolor infame! El celoso prefiere vivir con la idea del control absoluto de su pareja a asumir que no puede controlarse a sí mismo, el adicto prefiere luchar contra la droga que mirar su profunda soledad, el fóbico achacarle al objeto fóbico por todos sus pesares que asumir su cobardía, la anoréxica refugiada en su cuerpo antes que continuar creciendo, etc.