- ¿Es que no gana usted dinero todos los dÃas? - preguntó Rodia. Sonia se turbó más todavÃa y enrojeció. - No - murmuró con un esfuerzo doloroso. - La misma suerte espera a Poletchka - dijo Raskolnikof de pronto. - ¡No, no! ¡Eso es imposible! - exclamó Sonia. Fue un grito de desesperación. Las palabras de Raskolnikof la habÃan herido como una cuchillada. - ¡Dios no permitirá una abominación semejante! - Permite muchas otras. - ¡No, no! ¡Dios la protegerá! ¡A ella la protegerá! - gritó Sonia fuera de sÃ. - Tal vez no exista - replicó Raskolnikof con una especie de crueldad triunfante.
Crimen y castigo - Fiódor Dostoyevski









